Por qué los efectos secundarios de AstraZeneca nos asustan tanto (y no deberían)
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Marta García Aller

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Por qué los efectos secundarios de AstraZeneca nos asustan tanto (y no deberían)

Los riesgos que matan a las personas y los riesgos que las alarman son a menudo completamente diferentes

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Foto: EFE.

Como aquel que entra en el estanco a pedir tabaco y reclama que le cambien la cajetilla por otra que no ponga que fumar causa impotencia: “Prefiero de las que matan”. El chiste refleja que la manera de percibir socialmente el riesgo tiene poco que ver con un frío análisis coste/beneficio.

Tener más miedo a la vacuna de AstraZeneca que a contagiarse de covid no es racional. Pero el miedo no suele serlo. En la percepción social de los riesgos, no solo entra en juego la razón, también las emociones. De ahí que la desconfianza no se calme con simples estadísticas, por irrefutables que sean.

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¿Es segura la vacuna de AstraZeneca? | Descifrando el virus. Episodio 14
Á. Villarino A. Villarreal Vídeo: Ernesto Torrico

Está comprobado que los riesgos que matan a las personas y los riesgos que las alarman son a menudo completamente diferentes. A esta conclusión llegó mucho antes de la pandemia un célebre estudio de los expertos en comunicación de crisis Vincent Covello y Peter M. Sandman: “Hay muchos riesgos que enfurecen a la gente aunque causen poco daño, y otros que matan a muchos, pero sin enojar a nadie”. Atendiendo a cómo funcionan los mecanismos del miedo, se entiende mejor por qué han crecido los temores de la vacuna AstraZeneca en las últimas semanas, aunque su beneficio para combatir la pandemia sea enorme y su peligro sea mínimo.

Podemos destacar tres sesgos fundamentales que explican que haya aumentado la desconfianza en la vacuna de AstraZeneca y ninguno tiene que ver con el aval que la ciencia da a su eficacia. Están entre los que Covello y Sandman llaman “factores de indignación”, es decir, los que interfieren en que a menudo exista una escasa correlación entre el nivel de riesgo físico de una situación y la cantidad de preocupación que suscita.

El riesgo político de poner nombres y apellidos

Uno radica en la distorsión del riesgo que juega la información. Tanto escuchar que la vacuna AstraZeneca provoca coágulos hace que este riesgo, aunque remoto (de uno entre un millón), esté más presente que otro riesgo mucho más temible y frecuente: el de los coágulos en caso de padecer covid-19. En la pandemia, hemos aprendido que este coronavirus causa una enfermedad grave en cerca del 4% de los contagiados y la muerte en el 1%. Y una cuarta parte de los hospitalizados por covid desarrolla coágulos provocados por el virus, por más que esto no se haya repetido hasta la saciedad en los telediarios de la última semana.

También está más que demostrado que el riesgo de coágulos en gente que haya pasado el covid-19 también puede aparecer meses después de haber recibido el alta. Es decir, quien tema los coágulos, lo mejor que puede hacer es vacunarse. Reducirá el riesgo de tener un coágulo y, por supuesto, de morirse. Pero el miedo irracional a una consecuencia negativa a corto plazo, por remota que sea, puede interponerse a la solución para frenar un peligro diez mil veces más probable y mortal.

Tanto escuchar que la vacuna provoca coágulos, hace que este riesgo esté más presente que otro más temible: el de los coágulos por covid

No solo hace mella en la credibilidad de una vacuna el bombardeo de información sobre sus infrecuentes efectos secundarios, sobre todo al no contraponerlo a la gravedad muy superior (y mucho más frecuente) de contagiarse de covid-19. También deforma la percepción social del riesgo la manera de comunicarlo. Los medios prestamos más atención a los riesgos más temidos que afectan a una minoría, que a los riesgos que afectan a más personas de forma habitual y por tanto menos dramática (diabetes, enfermedades cardíacas, etc.). Es decir, el telediario no lo abre un riesgo frecuente, sino uno infrecuente. Lo habitual no suele ser noticia.

Así que los centenares de personas que han muerto por covid en España en las últimas semanas ya no son portada porque desgraciadamente estamos habituados a convivir con esta causa de mortalidad después de más de un año de pandemia. Sin embargo, un caso extraordinario entre un millón, al que encima se le pueden poner nombre y apellidos, llama mucho más la atención a la audiencia.

Covello y Sandman advierten de que los riesgos en los que la identidad de una víctima es identificable se perciben como superiores a los perfiles estadísticos. Poner cara a los que ganan la lotería también incrementa la percepción de que podíamos haber sido nosotros. Si del Gordo solo se informase cada Navidad atendiendo solo a criterios matemáticos, no jugaríamos tanto.

Si del Gordo se informase cada Navidad atendiendo solo a criterios matemáticos, no jugaríamos tanto

Cuanto más personalizado esté un riesgo y más cercana se muestre una víctima, más se empatiza con ella. Por eso los periodistas nos inclinamos especialmente por las historias que involucran a personas en situaciones inusuales y dramáticas. Los miles de muertos por covid raramente aparecen en las noticias con nombres y apellidos, pero sí que lo hará el caso de una persona entre un millón que puede haber tenido un efecto adverso tras administrarle una vacuna. Y eso no solo magnifica el efecto social de esta noticia, también el político.

Muchos gobiernos europeos están restringiendo el uso de AstraZeneca por edades pese a que la Agencia Europea del Medicamento no lo considere necesario. A su evaluación política del riesgo, que no a la científica, añaden el temor del escándalo en la opinión pública que un solo muerto por efectos secundarios de una vacuna pueda provocar, aunque causar un retraso en la vacunación por ese temor provoque una mayor mortalidad colateral por covid (pero anónima, al fin y al cabo).

¿Va a vacunarse? Cuidado con el coche

Otro factor de indignación que explica la distorsión en la percepción del riesgo es la familiaridad. Cuanto más desconocida o infrecuente es una actividad, más arriesgada parece. Si atendiéramos a las estadísticas, el mayor riesgo que corremos por ponernos una vacuna sería ir en coche hasta el centro de vacunación. La de los accidentes de tráfico sí que es una causa de muerte frecuente. Sin embargo, es un peligro tan cotidiano que lo tenemos interiorizado. Y uno de los factores que disminuyen la percepción social de un riesgo, por mucho que mate, es la familiaridad. Pero las vacunas contra el covid aún son una novedad.

Pasa también con las drogas. Conozco gente que le tiene miedo a las vacunas de AstraZeneca pero no a meterse una raya de coca de dudosa trazabilidad. Muy racional no parece, desde luego. Pero cuanto más habituados estamos a algo, por peligroso que sea, menos desconfiamos de ello.

Foto: Pedro Sánchez en Angola. (EFE)

En esta misma línea, en nuestra capacidad de percibir la magnitud real de un riesgo también se interpone la desconfianza. Los desacuerdos entre expertos, las rectificaciones y los errores de portavoces, y en el caso de AstraZeneca hay múltiples ejemplos de esto, han hecho mucha mella en su credibilidad. Los errores en la gestión política, sin embargo, por más que no interfieran en la seguridad científica, sí perjudican la percepción de esta.

Por último, en nuestra percepción del riesgo influye el factor de la decisión. Uno no decide voluntariamente contagiarse de covid, pero sí ponerse la vacuna. Y ante estas dos situaciones, el cerebro puede engañarnos con una valoración del riesgo erróneo para eludir una responsabilidad. El contagio de covid se percibe como una posibilidad fortuita, algo que puede suceder o no, que no es lo mismo que la elección directa de subirse la manga para recibir un pinchazo de la vacuna.

Esto se explica porque los riesgos que se consideran bajo el control de otros (como la seguridad de las vacunas) se aceptan con menos facilidad, según Covello y Sandman, que las actividades que parecen bajo control del individuo (una reunión familiar en tiempos del covid). Además, en el peligro de contagiarse de covid tomando una cerveza con amigos suele entrar en juego otro sesgo, el del optimismo, el que nos lleva a pensar que a nosotros eso no nos va a pasar, y menos estando con gente cercana. La percepción del riesgo aumenta ante lo desconocido, de ahí que pasar la tarde en el bar de la esquina haya a quien le dé menos miedo, por irracional que parezca, que hacer cola en el Zendal para que le pongan la vacuna que le puede salvar la vida.

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