Elecciones Cataluña 2017: ¿Crucifixión o libertad? Y Cataluña eligió crucifixión . Blogs de Desde fuera

¿Crucifixión o libertad? Y Cataluña eligió crucifixión

Los catalanes han elegido también el camino del dolor. Lo han hecho, conviene admitirlo sin paños calientes, en las circunstancias más inhóspitas para el independentismo

Foto: Carles Puigdemont tras conocer los resultados electorales. (Foto: Reuters)
Carles Puigdemont tras conocer los resultados electorales. (Foto: Reuters)

Uno de los momentos más desternillantes de 'La vida de Brian' es cuando uno de los cristianos que esperan pacientemente su turno, ante la disyuntiva que se le ofrece, elige libertad en lugar de crucifixión. “¿Cómo?”, pregunta incrédulo el guardián romano. “No hombre, es una broma. Por supuesto que prefiero crucifixión”, aclara el cristiano.

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Los catalanes han elegido también el camino del dolor. Lo han hecho, conviene admitirlo sin paños calientes, en las circunstancias más inhóspitas para el independentismo: con la autonomía intervenida por la aplicación del art. 155, la mitad del Gobierno autonómico cesado en la cárcel y la otra en Bruselas, con la unidad independentista hecha añicos y todo ello después de haber culminado el fracaso sin paliativos de la vía unilateral durante la pasada legislatura.

La histórica victoria de Inés Arrimadas queda ensombrecida por dos contrapuntos: uno, que las fuerzas independentistas conservan la mayoría absoluta. Y dos, la sorpresa de la noche: la fortaleza de JxCAT, el primer partido entre los soberanistas. Ya decíamos hace un par de semanas que a Puigdemont se le estaba poniendo cara de Donald Trump. Ha culminado su remontada electoral. El 'Puig-return'.

Los resultados electorales ni tienen significados ni mandan mensajes. Hay quienes argumentan, con una especie de fundamentalismo democrático, que las elecciones son como el bálsamo de Fierabrás, que resuelven todos los problemas. En realidad, las elecciones tienen una utilidad decisiva en una democracia, aunque limitada: sirven para formar gobiernos. Son los gobiernos los que resuelven (o empeoran) los problemas. Es en estas coordenadas donde debe medirse el valor del 21-D.

La primera pregunta tras el 21-D es hacia qué Gobierno vamos. Es la pregunta más importante, aunque también la más difícil de responder. Las elecciones del 21-D se convocaron con una premisa imposible: que los ciudadanos, como por arte de magia, encontrarían la combinación de escaños que desbloqueara la situación política. Y los catalanes han preferido dos tazas de soberanismo. La complejidad del resultado se resume en que, pese a conocer el reparto de escaños, desconocemos quién será el próximo presidente de la Generalitat.

La segunda pregunta es tal vez menos importante, aunque su valor es terapéutico. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué los catalanes han insistido en adentrarse en el mismo pedregoso camino que casi acaba con ellos?

¿Crucifixión o libertad? Y Cataluña eligió crucifixión

En 'The Undoing Project', Michael Lewis repasa la fascinante historia de dos premios Nobel de Economía: Kahneman y Tversky, pioneros en la llamada económica del comportamiento. Los seres humanos, argumentan, no somos las máquinas perfectamente racionales que la economía clásica siempre tomó como punto de partida. Somos, por el contrario, seres que no solo nos equivocamos a menudo, sino que lo hacemos de forma sistemática, a través de los llamados sesgos cognitivos. Uno de ellos es el sesgo de la confirmación. Se trata de la tendencia a buscar la información que confirma nuestras posiciones de partida. Imaginemos, por ejemplo, que estamos a favor de las armas. Buscaremos las noticias de los medios más próximos, nos rodearemos de amigos en la misma longitud ideológica (con el resto, tal vez, dejaremos de comunicarnos) y seguiremos en Twitter a los más fervientes partidarios del derecho a portar armas. Nuestro universo actuará como un embudo de la realidad, filtrándonos los hechos hasta confirmar lo que ya sabíamos. Huelga decir que este mecanismo funciona exactamente igual para los partidarios de la posición contraria.

Este mecanismo psicológico se acelera cuando los individuos se enfrentan a soluciones binarias: independentistas o constitucionalistas, blanco o negro, crucifixión o libertad. Por eso un referéndum es un mecanismo tan imperfecto para resolver soluciones complejas. Por eso, precisamente, pienso que fue un error mayúsculo la forma en la que el presidente Rajoy aplicó el art. 155 (por supuesto que esta es una afirmación ventajista; lo que no le quita valor a la misma, sino mérito a quien la formula, por no haberlo hecho antes). No me refiero a la aplicación en sí misma, sino al modo de hacerlo. Rajoy es un maestro de la procrastinación. Su 'modus operandi' es hacer demasiado poco y llegar demasiado tarde. Exactamente así fue la aplicación del art. 155: tarde, porque debía haberse producido tras la aprobación de las leyes de desconexión y del referéndum por el Parlament catalán a principios de septiembre. Porque se aprobaron en manifiesto desacato de la legalidad vigente y las resoluciones del Tribunal Constitucional. Pero también por una cuestión táctica: porque nos hubiese ahorrado el 'show' soberanista del 1-O, cuya torpe gestión han exprimido hasta la última gota.

Tras meses de monopolizar el debate político, Cataluña sigue en el mismo sitio, y es en cambio España la que se mueve hacia el cambio político

Rajoy no solo llegó tarde con el 155, también se quedó corto. Su naturaleza conservadora le hizo elegir la solución que, aunque pareció la más audaz, era en el fondo la más cobarde: la convocatoria inmediata de elecciones. Así se evitaba el suplicio de tener que controlar a distancia una Administración autonómica, un escenario cuyas dificultades prácticas le debían provocar un nudo en la garganta. O intentar formar un Gobierno de concertación, un proceso parturiento en la Cataluña actual. Al llamar a las urnas, Rajoy volvió a colocar a los catalanes enfrente del mismo espejo, de la disyuntiva imposible para una sociedad dividida en dos mitades: agua o fuego. Y la naturaleza humana, que es obstinada, se encargó del resto. Si me apuran, hasta la letra pequeña del art. 155 estuvo mal formulada: la intervención autonómica se extingue, según el acuerdo aprobado por el Consejo de Ministros, con la “toma de posesión del nuevo Gobierno de la Generalitat”. ¿No hubiese sido más prudente dejar al propio Gobierno de la nación, o al Senado, apreciar la extinción de las causas que habían motivado la intervención de la autonomía?

El otro gran error de Rajoy fue externalizar la respuesta al desafío catalán en el sistema judicial. De nuevo, fue el efecto de la misma dinámica: al hacerlo, ganaba tiempo, evitando las respuestas políticamente más arriesgadas. Pero la maquinaria judicial tiene sus propios ritmos. Cuando se puso en marcha, mandando a los líderes independentistas a prisión en plena precampaña electoral, ya no había forma de pararla, aunque objetivamente era agua de mayo para el relato soberanista.


El segundo gran perdedor de la jornada electoral es, en mi opinión, Pablo Iglesias. Arriesgó mucho en Cataluña, manteniendo una forzada ambigüedad, a cambio (argumentaba) de que la incomprensión del votante español se vería recompensada por el apoyo de los catalanes. O apostando, al menos, a medida que las encuestas evidenciaban que algo no funcionaba en esta estrategia, a que Podemos se convirtiese en la fuerza decisiva, la que decidiría la balanza a favor de uno u otro lado. Ni lo uno ni lo otro. Podemos no solo ha retrocedido en apoyo en Cataluña, sino que ha dejado de ser decisivo salvo para sustituir a la CUP en un Gobierno independentista.

Y el tercer naufragio es el de Pedro Sánchez. Su apoyo al Gobierno en el art. 155, matizado tras arrancar la promesa de una reforma constitucional (cada vez más licuada por el frio apoyo del PP y Ciudadanos), no le ha servido tampoco ni en España ni en Cataluña. Con un agravante: no es solo que el PSC se haya quedado en la tierra de nadie electoral, por debajo de los 20 escaños, sino que además emerge una fuerza que ofrece un proyecto alternativo al del Gobierno de Rajoy: Ciudadanos, el gran triunfador de la noche. Un partido que no solo ha devorado al PP, sino que le ha pegado un mordisco emocional (y otro electoral) al discurso del cambio de los socialistas.

Así que, tras varios meses de monopolizar el debate político, la gran paradoja es que Cataluña sigue en el mismo sitio, y es en cambio España la que se mueve hacia el cambio político. Eso sí, un cambio que no viene desde la izquierda sino desde el centro del tablero. Quién le iba a decir a Rajoy que, esta vez, su tímida manera de actuar no solo sería insuficiente para acabar con el fantasma de Flandes, sino que además haría aparecer otro fantasma en Madrid.

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