El votante "Trader Joe’s": a vueltas con la izquierda española

¿Y si el problema de la izquierda en este país es que sus tres líderes –Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Alberto Garzón- son simplemente políticos mediocres?

Foto: Los líderes de Podemos, Pablo Iglesias (3i) y del PSOE, Pedro Sánchez (2d), se saludan durante la reunión mantenida el pasado julio. (EFE)
Los líderes de Podemos, Pablo Iglesias (3i) y del PSOE, Pedro Sánchez (2d), se saludan durante la reunión mantenida el pasado julio. (EFE)

Durante las últimas semanas, han aparecido diversos artículos (de Víctor Lenore, Esteban Hernández y, el más reciente, aunque en mi opinión bastante por debajo de los dos anteriores, de Alberto Garzón) que se hacen una serie de preguntas comunes que podrían resumirse en una sola: ¿qué le pasa a la izquierda española?

No aspiro a participar en el debate de fondo, por dos motivos. En primer lugar, lo digo sin imposturas, porque estoy lejos de considerarme un intelectual, sino más bien un “piernas” que pedalea por la actualidad política (eso sí, tampoco diría que soy un “piernas absolutamente desconocido”; tengo algunos amigos, que me conocen bien, y las columnas de El Confidencial también tienen algunos lectores, quizás más, por decir una referencia al azar, que la revista 'Temas para el debate', tal vez incluso acumulando sus lectores de la última década). Mi segundo motivo es más pragmático: después de que Alberto Garzón escribiese que “la clase social es también un constructo social”, y que la pregunta que debe hacerse la izquierda es si “nuestro objetivo es representar a las clases populares o ser las clases populares”, sinceramente, poco más creo que pueda aportar al debate de las ideas.

PP y Cs son consistentes entre lo que “son”(cuáles son sus votantes) y lo que “quieren ser” (a quiénes se dirigen). PSOE y Podemos no lo son

Así que lo que me propongo es mucho más pedestre: invitar a los participantes en el debate (y de forma más general a los interesados en el futuro de la izquierda) a dar un paso atrás y hacerse una sencilla pregunta: ¿y si la (enésima) crisis de la izquierda española no es un problema de políticas sino de políticos? Es decir, ¿y si la crisis no es de fondo (ni sociológica, ni económica, ni cultural), sino de foco?

Eso sí, como simplemente pedaleando no se venden artículos, y por aliñar la atención del lector (no me vaya a ocurrir lo que a la revista Temas), utilizaré tres referencias poco convencionales: un programa de televisión, una cadena de supermercados y a Luis Companys.

Empecemos por el concurso de televisión. Un presentador (imaginario) entrevista a los líderes de los cuatro principales partidos nacionales: Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera. El concurso consiste tan solo en dos preguntas: ¿cómo eres –se entiende, políticamente-? ¿Cómo te gustaría ser? Hagamos un esfuerzo por recrear las respuestas:

Rajoy: “El PP representa a los ciudadanos con sentido común. Los que no quieren aventuras imposibles. A nuestros mayores, que quieren una jubilación tranquila después de una vida de trabajo y sacrificio.

Rivera: “Ciudadanos representa a los emprendedores, a los autónomos, a todos aquellos cansados de la parálisis de la vieja política, que quieren reformar nuestro país sin arriesgar la convivencia de la que hemos disfrutado durante los últimos cuarenta años”.

Iglesias: “Podemos es la voz de los más jóvenes, de los perdedores de la crisis, los que alzaron su voz el 15M para protestar contra el régimen caduco del 78, los que quieren construir uno nuevo”.

Sánchez: “El PSOE es el partido de las mujeres, de los jóvenes que buscan nuevas oportunidades, de los desempleados y de todos aquellos que se oponen a las políticas del PP y quieren construir un proyecto progresista”.

Es la franja intermedia, la de los “adultos”, la que los partidos de izquierda ha dejado huérfana

¿Cuál es la diferencia más destacada entre estos cuatro testimonios? Dos partidos (PP, Ciudadanos) son consistentes entre lo que “son”(es decir, cuáles son sus votantes) y lo que “quieren ser” (a quiénes se dirigen). Dos de ellos (PSOE y Podemos) no lo son, sino que sufren una disonancia cognitiva: sus electores son unos, mientras su discurso se dirige a otros distintos.

Dividamos la población en tres franjas: “jóvenes” (de 18 a 30 años), “adultos” (30 a 50 años) y “mayores” (más de 50 años). Una clasificación, como todas, arbitraria. Pero si pensamos en un formato de familia convencional tal vez cobre más sentido: serían los pre-padres, los padres y los post-padres (aquellos cuyos hijos ya han superado la mayoría de edad).

Es la franja intermedia, la de los “adultos”, la que los partidos de izquierda ha dejado huérfana. Como “adultos” es una palabra un poco hueca, déjenme bautizar a este grupo como los “votantes Trader Joe’s”. Más adelante explicaré por qué. Electoralmente, es el colectivo de votantes más estratégico. Y la izquierda no le está haciendo ni caso.

¿De quiénes estamos hablando? No son los jóvenes del 15M (en general estos, universitarios cuando salieron a la calle en 2011, están todavía por debajo de la treintena) sino la generación inmediatamente anterior. Seguramente es la que más sufrió la crisis económica, bien porque acababa de incorporarse al mercado laboral al explotar la crisis (los que tienen ahora entre 30 y 35 años), o bien porque durante los años de bonanza muchos trabajaban en sectores directa o indirectamente dependientes del tsunami constructor (los que ahora tienen entre 35 y 50 años). A menudo se ha dicho que esta generación será la primera que vivirá peor que sus padres, y es cierto que algunos indicadores así lo indican (una publicación reciente, El Muro Invisible, ofrece varios en esta dirección).

Pero en mi opinión el problema más grave de esta generación es de otra naturaleza: es de expectativas. Se trata de una generación que pensaba vivir mucho mejor de lo que finalmente lo está haciendo. Es, de alguna manera, la generación Trader Joe’s. Para quien no lo conozca, Trader Joe’s es una cadena de supermercados de EE.UU. (propiedad de la cadena alemana Aldi). Es un concepto sin una comparación exacta en España: es un supermercado urbano (algo bastante inusual en EE.UU.). Según la propia compañía, el 80% de sus clientes tiene estudios universitarios. Se trata de un supermercado “barato” pero con una idiosincrasia muy particular: los empleados llevan tatuajes, ponen música de moda (sus playlists en Spotify son muy populares) y parecen encantados de trabajar allí. Trader Joe’s compite en precio no a base de reducir sus costes, sino con una agresiva política de rotación de artículos y de marcas blancas. Para entendernos, Trader Joe’s es una especie de Mercadona, solo que más cool, con trabajadores mejor pagados, clientes más guapos y artículos más exóticos en los estantes.

El éxito de Trader Joe’s es precisamente este: sus clientes encuentran artículos a un precio asequible, pero sin sentirse miserables por ello. Es decir, no solo se ajusta a la capacidad adquisitiva de sus clientes sino que también mima sus expectativas. Les hace sentirse satisfechos en lugar de recordarles constantemente que su vida es peor de lo que creyeron que iba a ser. En mi opinión, la clave para ganar las próximas elecciones pasa por construir este mismo mensaje en clave política: abandonar el discurso cenizo tan propio de la izquierda del club de Roma, y construir un mensaje no solo más luminoso, sino también más realista: porque, efectivamente, el futuro está lleno de oportunidades y los grandes retos de la izquierda (instrumentar una fiscalidad justa para las multinacionales o salvaguardar unas condiciones laborales mínimas compatibles con los modelos de negocio de la economía colaborativa) tienen más que ver con la abundancia que con la escasez de oportunidades.

Podemos tuvo a tiro el corazón de los Trader Joe’s, pero prefirió envejecer convirtiéndose en la vieja izquierda de siempre (para entendernos, se convirtió en otro tipo de supermercado, en un Día). Al PSOE le gusta ser El Corte Inglés cuando gobierna y el chino del barrio cuando está en la oposición, y claro, no resulta creíble. ¿Y Ciudadanos, el partido de moda? Siguiendo con la analogía, Ciudadanos es una especie de Carrefour exprés: su público es otro, el acomodado que llega tarde a casa y no le importa pagar más por los mismos productos. Tal vez Rivera acabe gobernando, pero será más por una carambola que porque Ciudadanos reproduzca fielmente el retrato de la sociedad española; para entendernos, Ciudadanos es un poco más pijo y más de derechas que el votante español mediano.

En el año 2000, la franja más joven representaba cerca del 30% del electorado. En 2016, el 20%, y su peso real en las elecciones está por debajo del 15%

¿Les parece demasiado poco fact-based este último párrafo? A mí también, así que ahí van algunos datos:

-En el año 2000, la franja más joven representaba cerca del 30% del electorado. En 2016, apenas el 20%. De hecho, su peso real en las elecciones está por debajo del 15% debido a que tradicionalmente la abstención entre los jóvenes es mayor. Podemos y PSOE pueden seguir peleándose por representarlos (hace unas semanas, Pedro Sánchez dijo que la reforma constitucional debía convertir nuestra carta magna en la “Constitución del 15M”), pero electoralmente los jóvenes han perdido su potencial como una “fuerza de cambio” político.

-Si comparamos las elecciones de 2016 y 2011 (podría tomarse 2008 como referencia, con conclusiones parecidas): el PSOE perdió apenas 500 mil votantes entre los “jóvenes”, y cerca de un millón entre los Trader Joes, y prácticamente ninguno entre los “mayores”. Además existe una diferencia clave: los votantes “jóvenes” ya no existen, En 2016 hubo alrededor de 700 mil votantes jóvenes menos que en 2011 por una pura cuestión demográfica. El PSOE puede seguir lamiéndose las heridas por haber perdido votantes jóvenes; varios años después, estos votantes no solo siguen sin ser socialistas, también han dejado de ser jóvenes.

¿Y si el problema de la izquierda es que sus tres líderes –Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Alberto Garzón- son simplemente políticos mediocres?

-En las elecciones de 2016, Podemos obtuvo alrededor de 1 millón de votos entre los “jóvenes”, 2.5 millones entre los “adultos” y 1.5 millones entre los “mayores”. Es decir, la franja intermedia fue precisamente la que explicó el éxito de Podemos. Y los jóvenes, la menos importante.

Así que volvemos al principio: ¿y si el problema de la izquierda en este país es que sus tres líderes –Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Alberto Garzón- son simplemente políticos mediocres? No me entiendan mal: no les faltan méritos. Sánchez ganó unas primarias con todo el establishment socialista en contra. Iglesias tomó un movimiento ciudadano desorganizado y lo convirtió en un fenómeno político. Y Garzón… bueno, digamos que cogió un partido en estado catatónico y al menos sigue apareciendo en los telediarios. Pero, ¿y si los tres políticos son como tres jinetes del apocalipsis de la izquierda, y tienen la mirilla desviada sobre dónde late el pulso social, sobre cómo ganar elecciones? Iglesias no ha dejado de patinar políticamente desde las elecciones de 2015. Sánchez no encuentra el tono, y según sea el día oscila entre vestirse de Espartaco o de Churchill. Y Garzón, en fin, cuando se tiene la oportunidad de aparecer en el telediario debería aprovecharse para decir algo, y no solo para reclamar salir más en el telediario.

Y así es como llegamos a Companys. Al día siguiente de tomar posesión como Presidente de la Generalitat, en 1936, Luis Companys le dijo al periodista Chaves Nogales: “Mi opinión es que no solo en Cataluña sino en toda España, el cuerpo social está en carne viva, palpitante, llagando”. “Y nuestro deber es el de suavizar, calmar ese prurito, pero sin cauterios que hagan perder la sensibilidad al pueblo. En esto último, en considerar esencial el mantenimiento de la sensibilidad popular, es en lo que nos diferenciamos esencialmente de las derechas”. Ochenta años después, no me parece mala definición de la diferencia entre izquierda y derecha. Pero que históricamente haya sido así no significa que cualquier líder político de izquierdas, por el simple hecho de serlo, sepa leer la realidad social. ¿Y si, simplemente, la izquierda española ha perdido su olfato para entender qué colectivo social está “llagando” y por qué lo está haciendo?

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