Las venas abiertas del socialismo español

¿Qué le ocurre al PSOE? ¿Es Pedro Sánchez víctima o responsable de la división de su partido? ¿Tiene esta arreglo? ¿Cómo condiciona su futuro político, el de los socialistas?

Foto: El líder del PSOE, Pedro Sánchez, durante su intervención en la clausura de la escuela de buen gobierno. (EFE)
El líder del PSOE, Pedro Sánchez, durante su intervención en la clausura de la escuela de buen gobierno. (EFE)

El socialismo español está en carne viva. La escuela de gobierno organizada por el PSOE con el objetivo de mostrar su unidad interna, ha terminado como el rosario de la aurora: ha habido ausencias destacadas, tanto de dirigentes actuales (Susana Díaz o Ximo Puig) como pasados (Felipe González o Alfredo Pérez Rubalcaba). Tampoco han ayudado mucho los que sí acudieron: Javier Solana mostró su descontento con el rumbo del partido. Otros, como el secretario de Estudios, pusieron negro sobre blanco precisamente en qué consiste este rumbo: después de denunciar una conspiración galáctica para manipular las encuestas en contra de los socialistas (“una especie de brujería”, dijo), señaló que “hasta los años 80” se hacían encuestas bastante fiables, pero que “últimamente fallan de manera estrepitosa” (una pena la desaparición de Stephen Hawking, porque ya no podemos preguntarle qué pasó entre medias).

¿Qué le ocurre al PSOE? ¿Es Pedro Sánchez víctima o responsable de la división de su partido? ¿Tiene esta arreglo? ¿Cómo condiciona su futuro político, el de los socialistas y, como efecto reflejo, el del país?

En mi opinión, hay dos crisis que se mezclan en el calvario socialista: por un lado, la ideológica, con raíces globales. Hace unos días, en una entrevista con motivo de su nuevo y muy recomendable libro ('Ganar el futuro'), Joaquín Almunia señalaba que durante su liderazgo a finales de los noventa, de 15 países en la UE había 11 primeros ministros socialistas y otros dos gobiernos con presencia socialista (solo en Irlanda y España estaban en la oposición). En la actualidad, hay cinco gobiernos socialistas de 28 en la UE. El retroceso de la socialdemocracia como opción de gobierno es un fenómeno innegable.

En segundo lugar, están las cuitas locales, los elementos personales y orgánicos. En mi opinión, los problemas de los socialistas españoles tienen más que ver con este segundo factor que con el primero.

El desgarro interno de los socialistas tiene su epicentro (que no su origen) en los meses de bloqueo político entre 2015 y 2016

Empecemos por lo local. El desgarro interno de los socialistas tiene su epicentro (que no su origen) en los meses de bloqueo político entre 2015 y 2016. Después de las primeras elecciones, Pedro Sánchez intentó una jugada arriesgada: negociar un acuerdo con Ciudadanos y forzar a Podemos a una abstención aritméticamente imprescindible para hacerlo presidente. La jugada le salió mal (seguramente Iglesias perdió más con aquella negativa, qué más importa a estas alturas cómo se reparten las culpas). En la repetición de las elecciones Sánchez empeoró su resultado, y entonces vino el gran drama: los socialistas se resistieron a tener internamente un debate inevitable.

Para mí, el gran mérito de los socialistas alemanes no ha sido pactar con Merkel (todas las opciones tenían sus riesgos y su dosis de responsabilidad). La verdadera lección del SPD ha sido no rehuir el debate. En política hay algo mucho peor que equivocarse: es esconder la cabeza. Los socialistas españoles simplemente se negaron a aceptar que solo había dos opciones, o investir a Rajoy o forzar unas terceras elecciones. Se negó Pedro Sánchez, y se negaron todos los dirigentes territoriales que callaron en los órganos internos. Como en las peores riñas familiares, los socialistas se envenenaron porque callaron mucho más de lo que se dijeron. Que aquella división, en gran medida táctica más que política, haya degenerado en una caldera de odios africanos (o quizás habría que decir hispanos, porque nuestra historia de ajusticiamientos no le va a la zaga a ninguna) es algo que merece una reflexión colectiva de la actual generación socialista, aunque quizás no haga falta, y este enfrentamiento caníbal sea el que los libros de historia señalen como la causa última de la desaparición de la socialdemocracia en España.

Pedro Sánchez y el líder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)
Pedro Sánchez y el líder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)

Después, como decía, está el debate ideológico. En mi opinión tiene un papel secundario en la crisis de los socialistas españoles, como demuestra que su secretario general se ha vestido prácticamente de todos los ropajes con resultados parecidos (desde proyectarse en una superbandera rojigualda a envolverse en la “nación de naciones”, de pactar con Ciudadanos un programa liberal a convertirse en el azote “de las derechas”). Pero no por ello conviene ignorar el aspecto ideológico.

El otro día, Esteban Hernández (a quien siempre leo con interés, incluso -o sobre todo- cuando no estoy de acuerdo) escribía un artículo titulado 'Los hombres que han hecho fracasar la socialdemocracia'. Su tesis, que por otro lado no es nueva, es que los Almunia, Solchaga o Solana, al abrazar el consenso económico neoliberal, sembraron la semilla de la destrucción de la socialdemocracia. Al leerlo, la primera premisa que me chirrió fue la mayor: ¿ha fracasado la socialdemocracia? Porque oyendo a Rajoy estos días defender la sostenibilidad del sistema público de pensiones, es difícil concluir que los socialistas hayan abrazado el consenso neoliberal sino más bien lo contrario. Hoy en día prácticamente todos los partidos (de izquierda, centro o derecha) defienden como propios postulados que hace solo unos años eran considerados “socialdemócratas”: sanidad, educación y pensiones, por ejemplo. Hace años, Milton Friedman se quejaba amargamente que el Estado acompañaba al ciudadano de la “cuna a la tumba” ('from cradle to grave'): hoy este eslogan podría ser el credo de cualquier partido de centroderecha. Tal vez la socialdemocracia acabe muriendo, pero en todo caso será de éxito, más que por haber fracasado.

Mi segunda reserva al artículo es cuando enumera unos “socialistas” (Almunia, Solchaga, Solana) dando a entender que había otros cuyas tesis podían haber “salvado” a la socialdemocracia de haberse aplicado. Las políticas nonatas de izquierda son los sueños incorpóreos de muchos intelectuales, propuestas que nunca vieron la luz porque una (supuesta) conspiración lo impidió. La realidad es que, la mayor parte de las veces, en la práctica no existen realmente dos modelos. Sin duda, hay sensibilidades ideológicas diferentes, pero cuando se trate de ponerle letra a la música, las partituras escasean. Al 'apparatchik' ideológico del 'nuevo' PSOE no le falta bagaje intelectual. Todos leyeron la obra 'Los límites al crecimiento' del primer Club de Roma, y han seguido leyendo las sucesivas ediciones que, con diferentes títulos, han anunciado el fin del mundo desde entonces. El problema es que este grupo siempre estuvo más interesado en la reflexión que en la acción política, de la que se aburrían tan pronto como acababa el capítulo de David contra Goliat. A finales de los noventa, al mando del PSOE, tuvieron ocasión de elaborar su propia propuesta política. En lugar de hacerlo, dedicaron sus cinco minutos de fama a cambiar el logo socialista por una alcachofa, y a explicar en un debate sobre el estado de la nación por qué la seguridad social estaba en quiebra, con una presciencia que solo ahora, veinte años después, hemos entendido.

La realidad es que las 'dos almas' del socialismo español tal vez existan en la caverna de las ideas, porque en la práctica nunca existieron

La realidad es que las 'dos almas' del socialismo español tal vez existan en la caverna de las ideas, porque en la práctica nunca existieron. Solchaga cuenta en sus memorias que nunca hubo propiamente una propuesta alternativa a su “reconversión industrial”, como tampoco hubo un plan de seguridad social distinto al de Almunia, o una propuesta sobre administraciones públicas que compitiese con la de Eguiagaray. Si había dos modelos ideológicos, dos propuestas diferentes sobre políticas públicas, nunca lo supimos, porque una de las partes solo participaba como 'oyente' en los consejos de ministros. O quizás la hubo, pero debió de quedarse atrapada en el mismo agujero negro en el que estuvo el secretario de Estudios socialista cuando faltó de este mundo.

¿Puede Pedro Sánchez restañar las cicatrices y coser el partido? Tal vez resulte más fácil la respuesta si cambiamos de época y de personaje: ¿podría Nixon recomponer la convivencia en Vietnam? Pero es que Sánchez no es Nixon sino Ho Chi Minh, dirán algunos. La pregunta-respuesta viene a ser la misma: ¿estaría en condiciones de coser el partido? El Partido Socialista se ha convertido en una hoguera desde que las primarias del año pasado lo rompiesen por la mitad. Da igual donde se sitúen unos y otros, porque el resultado viene a ser el mismo: los que están cerca de su líder, se convierten en brasas. Los que están lejos, en cenizas.

El Partido Socialista se ha convertido en una hoguera desde que las primarias del año pasado lo rompiesen por la mitad

Mientras los socialistas celebraban su escuela de gobierno, Ramón Jáuregui anunciaba su retirada de la política. Una pena que no fuese invitado a la escuela (o que declinase la invitación, tanto me da) porque pocos socialistas pueden hablar sobre qué es gobernar con más autoridad que Jáuregui, representante de nuestra mejor tradición política: firme en los principios, aunque siempre abierto al diálogo y a la negociación. Esa 'rara avis' que todavía entiende la política como la búsqueda de espacios comunes, como transigir más que imponer.

A Jáuregui, Pedro Sánchez le dedicó un tuit de despedida, tan frío como la mañana que hacía en Madrid. El secretario de Economía socialista, ni eso, ocupado como estaba en retuitear con entusiasmo el artículo que declaraba el óbito de la socialdemocracia y señalaba a sus culpables.

A estas alturas, a nadie debería sorprender que el 'nuevo' PSOE quiera reinventar la izquierda. Buena suerte en tan encomiable tarea. Lo que resulta más difícil de entender es que para ello tenga que repudiar lo mejor de su historia, su verdadera escuela de gobierno: a los Almunia, Jáuregui, Solana o Solchaga. Si los socialistas quieren hundirse en el diván de la historia, nadie podrá impedirlo. Pero, por lo menos, que nos respeten la memoria.

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