¿Hace más daño político Cifuentes a Rajoy si resiste o si dimite?

Por primera vez, está teniendo lugar un conato de rebelión de una dirigente regional contra la voluntad de la dirección nacional y del propio Rajoy

Foto: Cristina Cifuentes, con Mariano Rajoy en la cena de Navidad del PP de Madrid. (EFE)
Cristina Cifuentes, con Mariano Rajoy en la cena de Navidad del PP de Madrid. (EFE)

Si caen imperios, monarquías y hasta hay planetas como Plutón que dejan de serlo, ¿por qué no pueden desaparecer partidos políticos y presidentes en ejercicio? ¿Podría el caso Cifuentes ser el epitafio político de Mariano Rajoy? ¿Podría llevarse por delante al Partido Popular? Hay razones para pensar que sí. Y, aunque parezca contraintuitivo, la probabilidad de que así ocurra es más alta, en mi opinión, cuanto más se resista Cifuentes al frente de la Comunidad de Madrid.

Hay muchas clases de epitafios políticos. Habitualmente, la historia no sucede en saltos discretos sino en corrientes continuas, aunque en retrospectiva la recordemos a través de destellos puntuales que cambian el curso de los acontecimientos. Se dice que Gerald Ford perdió su reelección en 1976 cuando en un debate presidencial dijo que “no existía dominación soviética en Europa del Este”.

A veces el epitafio lo escriben otros. En 1992, Bush padre (otro de los pocos presidentes en perder las elecciones tras un solo mandato) perdió sus opciones cuando Clinton apareció en el programa de Arsenio Hall con gafas de sol y tocando el saxofón. Una imagen para contrastar al viejo dinosaurio de la Guerra Fría con el presidente que debía llevar a EEUU a las puertas de un nuevo siglo.

Hacerse el moderno no siempre funciona. Dukakis, otro candidato demócrata, dilapidó la ventaja electoral que le daban las encuestas en 1986, también contra Bush padre, cuando se subió a un tanque y empezó a saludar con una sonrisa casi tan holgada como el casco en el que se había embutido. Su aspecto recordaba más a Cantinflas que al comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo. Entre nosotros, algo parecido le pasó a Pablo Iglesias cuando, animado por unas encuestas que lo ponían rumbo a La Moncloa, cogió una guitarra en 'El Hormiguero' y descubrimos —como sospechábamos— que es uno de esos cantautores frustrados que imitan hasta los carraspeos de Javier Krahe cuando cantan sus canciones.

¿Qué tiene de particular la crisis de Cifuentes para que pueda convertirse en un epitafio político? ¿Qué puede hacerla mortal para un partido que ha sobrevivido a todo tipo de escándalos en los últimos años? No es solo la repetición de los mismos errores de gestión de otras crisis pasadas. La diferencia ahora es que por primera vez está teniendo lugar un conato de rebelión de una dirigente regional contra la voluntad de la dirección nacional y del propio Rajoy. Y en un partido tan jerarquizado como el PP, la distancia entre este desafío y el colapso absoluto es de apenas un palmo.

Empecemos por el principio. Cuando se hizo evidente que el 'mastergate' no era un caso más de un currículo político inflado, sino que había existido trato de favor de la universidad a la (presunta) alumna, engaño y falsificación de documentos públicos, dos corrientes de opinión se abrieron paso en el PP: por un lado, los 'realistas' reconocen que la situación de Cifuentes es insostenible, y que antes o después debe dar un paso al lado para evitar la pérdida de la joya de la corona del PP, el gobierno de la Comunidad de Madrid.

Por otro lado, están los 'maquiavelos', que defienden la continuidad de Cifuentes no porque su conducta sea intachable (hay una práctica unanimidad en que no lo ha sido) sino porque piensan que la resistencia numantina de Cifuentes pone en un brete a Ciudadanos, a día de hoy el principal competidor político del PP —y solo circunstancialmente aliado en el Gobierno regional—. “Obliguemos a Ciudadanos a retratarse”, dicen los 'maquiavelos', “a votar a favor o en contra de la moción de censura de Gabilondo”. Si la rechazan, no podrán seguir pidiendo la dimisión de Cifuentes. Si la apoyan, Ciudadanos se situará en un tripartito folclórico junto al PSOE y Podemos, y el votante de centro derecha regresará al PP en las próximas elecciones.

El problema es que ser un 'maquiavelo' no es simplemente ser retorcido. Es un error de juicio político habitual pensar que los demás no son capaces de adivinar nuestros movimientos (un error que el propio Maquiavelo nunca hubiese cometido, basta señalar que dedicó un capítulo entero de 'El Príncipe' a discutir si es mejor ser amado o temido). En efecto, la encrucijada para Ciudadanos presenta algunas dificultades, pero está viendo el toro venir desde muy lejos y son muchas las formas de zafarse de la embestida.

Por ejemplo, bastaría que Ciudadanos le exigiese a Gabilondo la formación de un Gobierno 'técnico' o 'interino' formado por independientes, para que su amenaza de apoyar la moción de censura resultase por completo creíble y obligase al PP a mover ficha (por cierto, que a su vez Gabilondo puede anticipar este movimiento, y tal vez amague con la formación de un Gobierno con Podemos, como un primer prototipo de 'Gobierno a la portuguesa'. Sin embargo, creo que esta es una estrategia que conviene más a Ferraz que a los socialistas madrileños, y sospecho que Gabilondo aceptaría de buen grado la exigencia de un Gobierno técnico si eso le garantiza el apoyo de Ciudadanos).

En la política, el 'timing' es fundamental. No se trata tan solo de lo que se pide o propone, sino de hacerlo en el momento adecuado. Ciudadanos ha respondido al 'crescendo' de noticias sobre la trama de los másteres en la Universidad Rey Juan Carlos (es difícil calificarlo de otra manera), incrementando la presión sobre Cifuentes.

Tal vez, en mi opinión, su líder regional, Ignacio Aguado, se precipitó exigiendo la dimisión de Cifuentes cuando el PP quiso enredar con la comisión de investigación propuesta por Ciudadanos. Y no porque faltasen razones de fondo para pedir la dimisión de Cifuentes (insisto, es algo que prácticamente nadie duda) sino porque al hacerlo, se pierde la flexibilidad para responder a cualquier eventualidad que surja en el futuro (es justo reconocer que la petición de dimisión también cortó de raíz que el 'mastergate' se volviese como un bumerán contra Ciudadanos).

¿Y qué ha sucedido entre medias? Nada menos que Cifuentes ha decidido echarle un pulso a Rajoy

¿Y qué ha sucedido entre medias? Nada menos que Cifuentes ha decidido echarle un pulso a Rajoy. Primero, poniendo condiciones para la comisión de investigación de Ciudadanos, cuando la dirección nacional había manifestado su apoyo a la misma. Segundo, contando a todos los medios que solo dimitiría en caso de que el propio Rajoy se lo pidiese. Y, finalmente, filtrando a algunos una supuesta conversación en la que (al parecer) Cifuentes le habría recordado a Rajoy que él tampoco dimitió cuando se produjeron las revelaciones de Bárcenas.

Esta reacción de Cifuentes sería impensable hace apenas un año. Se produce ahora porque Rajoy es un pato cojo cuya autoridad, incluso dentro de su propio partido, se encuentra muy disminuida. La resistencia de Cifuentes, además, se mezcla con la soterrada batalla sucesoria: una de las candidatas in péctore, María Dolores de Cospedal, ha apoya sin fisuras a la presidenta madrileña desde el principio del escándalo. En el extremo contrario, el presidente gallego, Núñez Feijóo, hizo durante la convención popular una defensa de Cifuentes que casi parecía una efeméride.

Y es aquí donde Ciudadanos puede echar en falta tener mayor flexibilidad para conducir con libertad durante las próximas semanas (o meses). Insisto, creo que hay motivos de sobra para que Cifuentes dimita. Pero, ya que nos ponemos 'maquiavelos', aquí van dos tazas: ¿qué perjudica más al PP? Escenario uno, que Cifuentes dimita, dé paso a un candidato de su propio partido que disfrute de unos meses para consolidar su figura y dar carpetazo al asunto del máster (que al fin y al cabo es un asunto puramente personal de Cifuentes, cuyas ramificaciones políticas son muy limitadas).

Escenario dos, Cifuentes resiste como presidenta, mientras se abre un vía crucis penal para ella, sus colaboradores más cercanos y la propia universidad, que llegará como mínimo a las próximas elecciones; mientras, la autoridad de Rajoy y la dirección nacional del PP se resquebraja ante el desafío del partido en Madrid, y, por último, las escaramuzas sucesorias en el PP se convierten en contienda abierta e indiscriminada, con varios candidatos tratando de acentuar su perfil propio, acentuando así la debilidad del propio Rajoy.

Cuando Kissinger se encontró por primera vez con Charles de Gaulle, el general francés le preguntó quién era su personaje histórico favorito. El profesor de Harvard (entonces asesor de seguridad nacional de Nixon), que además de versado en historia era un poco socarrón, le respondió: “Bismarck”. “Por su moderación en la victoria”. “Solo se excedió una vez, cuando hizo caso a sus militares y no a su propio juicio para anexionarse Alsacia y Lorena en 1871”. “Siempre dijo que había conseguido más de lo que era bueno para Alemania”. De Gaulle asintió: “Gracias a ello, pudimos reconquistarlo todo más adelante”. Pues eso mismo: a veces, ante los trofeos más fáciles, conviene preguntarse dos veces si es mejor cobrárselo o dejarlo para más adelante. El problema, claro, es cómo parar las tropas.

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