La madre de todas las batallas: cómo Feijóo arruinó el plan perfecto de Rajoy

El que fuera presidente del Gobierno, muy probablemente, estaba física y mentalmente agotado, después de más de 30 años de actividad política: ahora, toca su sucesión

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Como si se tratase de un tango melancólico, las dos decisiones más trascendentes sobre el destino del Partido Popular en décadas han consistido en algo que no ha ocurrido: la negativa a dimitir de Rajoy antes de la moción de censura y le negativa de Núñez Feijóo a presentarse a las primarias populares.

Me consta que 'pesos pesados' del Partido Popular, que no formaban parte del Gobierno, vivieron con creciente incomprensión la resistencia de Rajoy a dimitir y evitar así un Gobierno de Pedro Sánchez. Yo también creo que una fría ponderación de los escenarios aconsejaba al líder del PP la dimisión: el PP se mantenía al frente del Gobierno, aunque fuese en funciones, y podía manejar los tiempos de una futura convocatoria electoral y de su propia renovación interna. Y un Gobierno popular en funciones podía prolongarse durante meses, debido a que Pedro Sánchez tenía mucho más complicados los números para una investidura que para una moción de censura.

Intuyo, sin embargo, como a menudo sucede en el análisis político, que fallamos al quedarnos cortos en el elemento personal. Rajoy, muy probablemente, estaba física y mentalmente agotado, después de más de 30 años de actividad política ininterrumpida, y casi siete años de una presidencia del Gobierno durante la que ha vivido un rescate bancario, una abdicación real y la publicación en todos los medios de mensajes de texto con los que animaba a un delincuente. Los detalles más insignificantes a veces tienen una importancia decisiva. Quién sabe, me van a permitir el chiste fácil, si la proximidad de un campeonato mundial de futbol fue la gota que colmó el vaso de la resistencia del anterior presidente del Gobierno.

La talla política de Mariano Rajoy, en mi opinión, ha crecido durante las últimas semanas. En primer lugar, aceptó con absoluta deportividad una moción de censura tan legítima y constitucional como anómala. Sin restarle un ápice de legitimidad a la misma, no cabe definir de otra manera una votación que nunca hubiese salido adelante si en la papeleta no se hubiese mezclado la censura a Rajoy con la investidura a Sánchez. Por decirlo con más precisión: lo que ha ocurrido es exactamente lo que nuestros padres constitucionales quisieron evitar cuando regularon la moción de censura 'constructiva' en el artículo 113: que de la censura surgiese un Gobierno sin mayoría parlamentaria (asunto distinto, como bien apuntaba Antonio Jiménez-Blanco hace unos días, es que la propia investidura de Rajoy tuviese una anomalía de origen parecida). La reacción templada de Rajoy ha hecho cundir el ejemplo en el PP, que en lugar de recibir al Gobierno de Sánchez con los tambores de guerra con los que saludó, por ejemplo, al de Zapatero tras otra traumática pérdida del poder, ha recibido al nuevo Gobierno de Sánchez casi con alivio, como quien se quita un peso insoportable de encima.

La madre de todas las batallas: cómo Feijóo arruinó el plan perfecto de Rajoy

El segundo gesto de Rajoy que engrandece su salida ha sido su retirada de la escena política, inequívoca, inapelable y a todas luces irreversible. Nadie como Rajoy sabe lo que puede debilitar políticamente el déficit de legitimidad de origen en un nombramiento. La sombra alargada de su predecesor, primero a través de su atrincheramiento ideológico en FAES con el propósito de convertirlo en un laboratorio de ideas, pero con el resultado de erigirlo en un contrapoder interno con ribetes inquisitoriales (después de varios intentos fallidos, tanto de populares como de socialistas, quizá convendría concluir que los partidos políticos españoles no son los lugares más adecuados para articular verdaderos 'think tanks'), y más adelante, con apariciones cada vez más extemporáneas, han hecho un flaco favor al proyecto político del PP.

Durante algunos días, pareció que la maniobra de Rajoy había sido una jugada perfecta. Muchos exclamaban ufanos: "Este tío ha salvado al PP"

Durante algunos días, pareció que la maniobra de Rajoy había sido una jugada perfecta. Los mismos 'pesos pesados' que habían despotricado contra la negativa de Rajoy a dimitir exclamaban ufanos: "Este tío ha salvado al Partido Popular". Fuera del Gobierno, razonaban, los populares podían afrontar su renovación interna como nunca lo hubiesen hecho estando dentro: con una apariencia de competición que blanquease la coronación de Núñez Feijóo. Feijóo no solo era el candidato que menos recelos internos despertaba sino, también, el demoscópicamente mejor situado para defender la trinchera popular (esto da para un análisis más detallado en otro artículo). Si a la particular luna de miel del Gobierno de Pedro Sánchez le sumábamos una mini luna de miel de los populares tras elegir un nuevo presidente (es uno de los efectos de lo que se ha llamado la sociedad líquida), unas elecciones generales en otoño podían conducir a una arcadia feliz del bipartidismo, con unos resultados parecidos a los de las últimas elecciones, tal vez invirtiendo las posiciones de cabeza. Un escenario inimaginable hace tan solo unas semanas.

Pero resulta que, de nuevo, otra piedra personal se ha cruzado en el camino. Núñez Feijóo ha renunciado a la carrera sin ninguna explicación política convincente (su compromiso con los gallegos hasta 2020, si era tan indisoluble, debía haber apartado su candidatura desde el principio), por lo que cabe deducir que han pesado más los factores personales en su decisión.

La madre de todas las batallas

La renuncia de Feijóo ha abierto un escenario endiablado para los populares, una caja de Pandora política. Lo que era el formato perfecto para la coronación democrática del mismo candidato al que hubiese elegido un dedazo, un vientecillo de regeneración con el que hacer luz de gas a los ciudadanos, con el que aparentar cambio mientras todo permanecía más o menos inalterado, se ha convertido en una competición abierta y descarnada.

Los populares, que siempre habían rehuido las primarias abiertas (de su única experiencia, la que eligió a Hernández Mancha a finales de los ochenta, salieron escaldados), se van llevar varias tazas. Las primarias populares (seguramente, un artilugio diseñado para no utilizarse nunca) van a tener de todo: dos candidatas que se repartieron el poder político y orgánico durante la etapa de Rajoy (y que, al parecer, acumularon una caldera de odios sin que hasta el momento hayan explicado la diferencias políticas que las separaron), un exministro cuyo objetivo declarado es cerrarle el paso a una de las anteriores, una joven promesa cuya propuesta política ha envejecido a velocidad de vértigo desde que el ojo de halcón se ha posado sobre su expediente académico, y seguramente varios candidatos desconocidos que han aprovechado la oportunidad brindada por unas reglas muy poco exigentes para la presentación de candidaturas.

Las primarias populares se han convertido en la madre de todas las batallas. Hasta las primarias socialistas de hace un año, por no hablar de las votaciones precocinadas de Podemos, parecen un contubernio amañado al lado de la competición abierta que ahora empieza.

¿Pueden salir bien las primarias para el PP? En política, siempre hay sorpresas. No hay más que mirar lo que ha pasado en nuestro país durante el último mes. Pero la falta de una cultura de competencia interna, el perfil de los candidatos, con más aristas personales que políticas, el carácter demasiado abierto de la competición, y el propio viacrucis judicial que aún les resta a los populares, sea quien sea su nuevo presidente, auguran un resultado más parecido a la selva vietnamita que a unas saludables primarias de un país nórdico. Como diría Rajoy, lo que dan ganas de exclamar es: "Joder, qué tropa". Ni siquiera este Mundial lo va a poder ver tranquilo.

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