El pluralismo soy yo: el vodevil de RTVE

Cuando el anterior presidente elegía la cúpula de RTVE era un gesto casposo, autoritario, un retroceso en nuestras libertades. Cuando lo hace el nuevo presidente es una epifanía

Foto: Imagen de archivo de RTVE. (EC)
Imagen de archivo de RTVE. (EC)

Llevamos tanto tiempo discutiendo sobre el modelo de radiotelevisión pública que nos gustaría tener (algunos soñaban con la BBC, otros con la radio americana, NPR) que habíamos perdido de vista la belleza de lo simple: para alcanzar el pluralismo en Torrespaña, bastaba con que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias posasen su dedo sobre un nombre. De forma automática, el pluralismo llegaría a todos los rincones de la radiotelevisión pública. Ya sabíamos que las manos del presidente eran especiales, que "mostraban la determinación del Gobierno" (Moncloa dixit). Lo que no sabíamos es que sus falanges tampoco eran vulgares. Que un dedazo de Sánchez nada tiene que ver con uno de Rajoy. Cuando el anterior presidente elegía así la cúpula de RTVE era un gesto casposo, autoritario, un retroceso en nuestras libertades. Cuando lo hace el nuevo presidente es una epifanía, un halo taumatúrgico y rejuvenecedor, que convierte en un oasis de pluralismo y diversidad a nuestra radio televisión pública.

El vodevil de RTVE es largo de explicar. Quizás la mejor manera de hacerlo es imaginar el siguiente escenario: supongamos que el Congreso aprueba una ley para que la elección del Consejo de RTVE, incluido su presidente, sea por un procedimiento de concurso público, poniendo de esta manera fin a una larga tradición en la que la dirección del ente público cambia cada vez que lo hace el Gobierno. Imaginemos que, en mitad de esa legislatura, el PP llega al Gobierno, digamos a través de una moción de censura. Tiene prisa por controlar RTVE porque no sabe si las siguientes elecciones serán en 6 meses o (como máximo) en 2 años. No hay ningún minuto que perder. Así que, en su primer Consejo de Ministros, el nuevo Gobierno aprueba un Real Decreto-ley para sustituir el procedimiento de elección mediante concurso por el modelo más tradicional, la elección por mayoría parlamentaria. El nuevo gobierno del PP negocia los posibles candidatos con Vox, uno de sus socios en la moción de censura. El nombre de Eduardo Inda sale pronto a la palestra, pero finalmente los dos partidos acuerdan nombrar al director de 'La Razón' como nuevo presidente de RTVE.

¿Se imaginan los calificativos que emplearían los partidos de izquierdas para describir semejante despropósito?


Ahora demos un paso hacia atrás. ¿Cuál es la diferencia entre ese escenario inventado y lo ocurrido en los últimos días? Solo hay una: la superioridad moral de cierta izquierda, que piensa que puede cometer las mismas barrabasadas que ha cometido el PP en los últimos años, controlando a su antojo las instituciones, porque "unos y otros no son lo mismo", porque "los nuestros son más tolerantes", o porque el sectarismo es siempre la viga en el ojo ajeno.

No conozco a Andrés Gil, propuesto por PSOE y Podemos como futuro presidente de RTVE. Seguramente sea un gran profesional, o tal vez no, tanto me da. Porque la fortaleza de las instituciones no debería depender de la talla de las personas que están al frente. Las democracias más fuertes son aquellas donde las instituciones cuentan con los suficientes mecanismos de autodefensa para sobrevivir a los peores dirigentes. Son también las que mezclan esta coraza con una amplia transparencia y rendición de cuentas, sin quedar al arbitrio de un grupo de burócratas mandarines que vivan guarnecidos al margen del proceso democrático. Como en muchas otras cosas, en la mezcla exacta entre estos dos elementos antitéticos, en el equilibrio entre los mismos, está la virtud. Déjenme que lo exprese de otra manera: EEUU está lejos de ser una democracia perfecta, pero las instituciones allí son tan fuertes que apuesto sobrevivirán la presidencia de Donald Trump. Algo que, mucho me temo, no podríamos decir si el dueño de hoteles, casinos y expresentador de 'reality shows' que hoy ocupa la Casa Blanca, hubiese alcanzado la presidencia en nuestro país.

Así que no, no se trata de Andrés, ni de Arsenio o de Ana. Se trata de que el nombre del presidente de RTVE no puede ser el resultado de un intercambio de cromos entre dos dirigentes políticos. Y si les parece que lo del intercambio de cromos es una calificación desmesurada, lean el resumen que Ana Pardo de Vera (una de las presuntas candidatas a la presidencia de RTVE) ha hecho en Twitter de lo sucedido en los últimos días. El problema de la izquierda no es solo que haga lo mismo que la derecha: es que además lo cuenta con pelos y señales.

Permítanme dos consideraciones políticas adicionales sobre la renovación de RTVE. La primera, sobre las relaciones entre el PSOE y Podemos. La segunda, sobre la precaria mayoría que sostiene al gobierno.

Respecto a lo primero, siempre me ha parecido que el PSOE tiene ciertos complejos a la hora de negociar con Podemos. Sea por la razón que fuere, cada vez que se han sentado a negociar, Podemos les ha comido la tostada a los socialistas (salvo, justo es decirlo, en un momento decisivo: la moción de censura que aupó a la presidencia a Pedro Sánchez). Así ha sucedido también en este caso. No me refiero a que el candidato elegido sea más o menos próximo a Podemos, sino que el procedimiento de negociación (brutal, a cara descubierta, filtrando nombres a la prensa para quemarlos, etc.) ha sido marca de la casa morada, lo que ha desgastado sobre todo a los socialistas, que vivían en la burbuja de cava de los felices primeros días del gobierno. Podemos negocia con la vena hinchada de quien tiene voluntad de poder. No sé si esta negociación marcará una pauta entre el Gobierno y quien parece ser su socio privilegiado. Pero, desde luego, mi consejo a los que están en la sala de máquinas, en el edificio Semillas del complejo de la Moncloa, es que se dejen de paseos con perros, de gafas de sol y de gestos con las manos. Lo que deberían hacer es empezar a sacar los dientes. Tienen la oportunidad de aprovechar el impulso para ser competitivos en las próximas elecciones. Si lo consiguen o no, dependerá de lo eficaces que sean para gobernar, es decir, no en anunciar planes, ni sus intenciones, sino en ejecutarlas.

La segunda consideración se refiere a la precaria mayoría que sostiene el Gobierno. Porque el surrealista final del vodevil de RTVE es que el candidato propuesto puede no ser elegido, si finalmente no recibe el apoyo de los partidos nacionalistas. Pedro Sánchez ha vivido unas semanas de espejismo, porque constitucionalmente está facultado para nombrar al Gobierno que le venga en gana, sin necesidad de pactarlo con nadie. Pero su vida parlamentaria a partir de ahora, va a ser mucho más dura. Más le valdría dejar de pensar que, con 84 diputados, puede gobernar en solitario. Y tampoco estaría de más que PSOE y Podemos recordasen que entre los dos suman 156 diputados, mientras Ciudadanos y el PP suman 169. No hace falta darle muchas vueltas: no existe una mayoría de "izquierdas" para gobernar. Y si la mayoría que pretenden articular pasa por sumar a los nacionalistas vascos y a los independentistas catalanes, el viacrucis del Gobierno va a ser monumental, porque las brasas del proceso soberanista todavía están vivas, como el 'president' Torra se ha encargado de recordar esta semana. Si el plan es aguantar en la Moncloa hasta construir una imagen presidencial a su inquilino, quizás se den cuenta, más pronto que tarde, que el viento cambia muy rápidamente de dirección.

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