Cuando sueñas con Macron y te despiertas con Sarkozy

Sarkozy malgastó su capital político en un carrusel de fogonazos. Macron, en cambio, ha optado por la estrategia contraria. Sabe que es presidente las veinticuatro horas del día

Foto: Emmanuel Macron y Nicolas Sarkozy. (Reuters)
Emmanuel Macron y Nicolas Sarkozy. (Reuters)

Lo primero que hizo Carla Bruni después de casarse con Nicolás Sarkozy en 2008 fue publicar un álbum (de “canciones de amor dedicadas al Presidente”, se llegó a escribir) y cambiar de agente musical en Francia. Había que exprimirle el jugo a su nuevo estado civil y su popularidad entre los franceses. Brigitte Macron, en cambio, la mujer del actual Presidente, ha anunciado que suspende su carrera profesional mientras Macron ocupe la presidencia de la República. Ha dicho que el trabajo de primera dama es suficientemente exigente, y como esta figura no estaba regulada en Francia, ha solicitado que se haga.

Tal vez Carla Bruni-Sarkozy tenía, antes de llegar al Elíseo, una carrera profesional más exitosa que Brigitte Macron (que es profesora de instituto), o al menos mejor remunerada. Pero eso puede ser una razón tanto para mantener una profesión como para aparcarla, ya que concede una posición más desahogada. No creo que nadie piense que Bruni es más feminista que Brigitte Macron, quizás tampoco sea al contrario. Lo que sí creo es que hay una delgada línea que separa a ambas: la que marca la duda razonable de si se utiliza una posición pública en provecho privado.


No fue la única diferencia entre Sarkozy y Macron. La presidencia de Sarkozy fue una sucesión hipertrofiada de imágenes. A Sakorzy le gustaba más exhibir su musculatura política que ejercerla. Sarkozy entró en el Eliseo prometiendo abrir las ventanas de la casa francesa, refrescar una económica decadente y esclerótica. El semanario británico 'The Economist' le dio la bienvenida comparándolo con Margaret Thatcher: lo que Francia necesita, decía el semanal liberal, es una dosis no solo reformista, sino incluso rupturista, al estilo de las reformas de la Dama de Hierro.

Sin embargo, la presidencia de Sarkozy fue un gigantesco gatillazo. Sarkozy malgastó su capital político en un carrusel de fogonazos, sin ser capaz de sacar adelante ninguna de las grandes reformas. La ventana de oportunidad para las reformas es siempre angosta y limitada. Reformar implica pisar callos, enfrentarse a intereses establecidos. Para tener éxito se requiere energía, audacia, capital político y saber aprovechar el momento. Si el arranque de una presidencia se malgasta en polémicas estériles se corre el riesgo de que esta ventana se cierre definitivamente.


El capital político con el que cuenta un Presidente al inicio de su mandato es limitado, y cada uno lo emplea como mejor le parece. Sarkozy, por ejemplo, lo empleó en cambiar el modelo de nombramiento de la dirección de la radiotelevisión pública (que pasó a ser nombrada directamente por el Ejecutivo en lugar de por un organismo independiente), para subirse el sueldo y para cambiar a los presidentes de las grandes compañías francesas controladas por el Estado (el presidente de EDF, por ejemplo, cambió al año siguiente de la llegada de Sarkozy al poder). Macron, en cambio, dedicó su primer año a hacer reformas. Los responsables de las principales compañías siguen en sus puestos. Es el caso, por ejemplo, de EDF, de RTE (la Red Eléctrica francesa) o de La Poste (el equivalente a Correos). A fin de cuentas, si el nuevo Gobierno no tiene planes distintos en el sector postal, y la compañía está bien gestionada, ¿qué otro motivo puede haber para cambiar a sus principales ejecutivos?

La querencia por la imagen de Sarkozy se acabó volviendo en su contra: en unas vacaciones, se paseó en un yate propiedad de un millonario francés. Después aclaró que durante este viaje intentaba recomponer su matrimonio, antes de buscar consuelo en Carla Bruni, cuyo fugaz noviazgo y posterior matrimonio fue retransmitido paso a paso a los franceses.

Macron ha cincelado una presidencia "jupiteriana": Se ha recluido en el Eliseo y ha cerrado las puertas


Macron, en cambio, ha optado por la estrategia contraria. Se ha recluido en el Eliseo y ha cerrado las puertas. Macron ha cincelado una presidencia “jupiteriana”. Al presidente francés (que, por otros motivos, tampoco vive ahora su mejor momento) se le ha acusado de vivir aislado, de tener una vida monacal y de haber roto la comunicación con los periodistas de alcoba, aquellos que en el pasado vivían de las confidencias (y filtraciones) de los presidentes franceses. Macron sabe que es presidente las veinticuatro horas del día. Que si le apetece, por ejemplo, ir a un recital de poesía en el sur de Francia, esto requiere varios trayectos en avión, desplazar a decenas de acompañantes y guardaespaldas. Y que no pasa nada, al menos durante unos años, los que dure su presidencia, por leer poesía en solitario.


Sarkozy, por otro lado, hizo gala de abrir el Eliseo no solo a cantantes y famosos, sino también a periodistas y empresarios. Curiosamente, son los gobiernos que presumen de abrir las puertas de par en par (como Sarkozy o ahora el de Trump) los que acaban siendo pasto inmisericorde de los lobbies. Seguramente porque no todos los intereses están igual de eficazmente organizados. Los taxistas, por ejemplo, se defienden mucho mejor que los consumidores. Por el contrario, Obama o ahora Macron adoptaron la estrategia opuesta: encerrarse y limitar a los cauces más formales sus contactos con el exterior. El poder exige transparencia y rendición de cuentas, pero también precisa de algo más: de su ejercicio en soledad.

Pocos meses después de entrar en el Eliseo, el Presidente Macron concedió una entrevista al semanario alemán 'Der Spiegel'. La primera pregunta arrancó nada menos que con el filósofo alemán Hegel: “Presidente: –preguntó el periodista- Hegel, a quien usted leyó en sus años universitarios, describió una vez a Napoleón como el espíritu del mundo montado a caballo. ¿Cree usted que una sola persona puede cambiar el rumbo de la historia?

La respuesta de Macron debió dejar pálido al periodista alemán, que no esperaría recibir una lección de filosofía: “No lo creo –dijo Macron-. Para Hegel, el “gran hombre” iba más allá de lo individual (…) Hegel creía que un solo individuo puede encarnar el espíritu de una época, pero también que no siempre este individuo es consciente de estar haciéndolo”.

Macron adopta la postura contraria: la inseguridad del gobernante. La humildad de quien no puede, por sí solo, cambiar el rumbo de la historia


Jürgen Habermas, seguramente el filósofo vivo más influente, se declaró asombrado por el “íntimo conocimiento de la filosofía hegeliana” de Macron. A mí lo que más me gusta de la respuesta del presidente francés es cómo sortea la celada del periodista. Con su pregunta, el periodista busca que Macron hable de su propia grandeza, de su impacto en la política mundial, que se describa a sí mismo entrando a caballo en Jena. Pero Macron se da cuenta, y adopta la postura contraria: la inseguridad del gobernante. La humildad de quien no puede, por sí solo, cambiar el rumbo de la historia. Apuesto a que la respuesta de Sarkozy hubiese sido muy distinta. Aunque fuese solo unos meses después de arrancar su mandato, aunque no hubiese tenido tiempo de aprobar ninguna iniciativa de calado (nunca llegaría a hacerlo), imagino a Sarkozy diciendo que su recién estrenada presidencia, por el simple hecho de haberse producido, marcaba (nada menos) que “un cambio de época”.

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