Casado o Rivera: ¿quién lidera la oposición?

Seguramente todo se resuelva en las elecciones andaluzas: tanto Cs como PP pueden liderar el primer cambio de Gobierno en Andalucía en 40 años, o quedar relegados a la cuarta plaza

Foto: El líder del PP, Pablo Casado (i), y el de Ciudadanos, Albert Rivera, en los premios Princesa de Asturias. (Reuters)
El líder del PP, Pablo Casado (i), y el de Ciudadanos, Albert Rivera, en los premios Princesa de Asturias. (Reuters)

Continuemos con esta miniserie de artículos que se podría subtitular 'Carrera a La Moncloa'. En la primera entrega, defendía que las próximas elecciones se jugarán a dos vueltas: las elecciones en sí y la negociación poselectoral.

Después de analizar las 'semifinales' entre PSOE y Podemos, y por qué la clara ventaja de las socialistas podría estar reduciéndose (si antes Podemos no consuma su enésimo intento de autoinmolación), analicemos ahora las otras 'semifinales', las que enfrentan a Ciudadanos y PP. ¿Quién está liderando la oposición al Gobierno, Casado o Rivera?

Empecemos por decir que la pertinencia de esta pregunta es de por sí elocuente. El simple hecho de que el liderazgo de la oposición al Gobierno se lo disputen un partido con 137 diputados (PP) y otro con 32 (Ciudadanos) habla de los movimientos tectónicos en nuestro sistema político desde las elecciones de 2016. Como en la bolsa, también en política el futuro es más importante que el pasado.

Empecemos por apuntar los factores que favorecen al PP: en primer lugar, su peso parlamentario, ya comentado. En segundo lugar, el sistema electoral, que recompensa la mayor implantación de los partidos tradicionales en las zonas rurales (lo que fue una tabla de salvación del PSOE para resistir el sorpaso de Podemos). Tercero, la forma en la que el PP salió del Gobierno. Aunque suene a provocación, en cierto modo fue un golpe de fortuna para los populares. Porque de todos los posibles finales para el Gobierno de Rajoy, la moción de censura fue el más limpio. Mientras las derrotas electorales son inapelables, una censura permite mantener el discurso del 'accidente', de que fue un arremolinamiento de intereses variados y no el veredicto de los ciudadanos lo que desplazó al PP del Gobierno. Una solución aséptica que además abrió paso al relevo del liderazgo, siempre un soplo de oxígeno para las formaciones que llevan años postergándolos.

Y, sin embargo, el efecto Casado no termina de carburar. Si en septiembre los populares disfrutaron de un ligerísimo repunte en las encuestas, en octubre este efecto se había evaporado, y las primeras encuestas aparecidas en noviembre constatan la pendiente descendente del PP de Casado (algunas, como Simple Lógica, vuelven a situar al PP por debajo del 20% de intención de voto, un suelo que solo alcanzó en las postrimerías del Gobierno Rajoy). En paralelo, se observa una subida de intención de voto de Ciudadanos. La frontera entre estas formaciones es la más porosa de nuestro mapa político: Rafael Méndez la bautizaba hace unos días como la frontera Schengen.

Seguramente todo se resuelva en las elecciones andaluzas: un puñado de votos pueden marcar la diferencia entre el día y la noche. Tanto Ciudadanos como PP pueden liderar el primer cambio de Gobierno en Andalucía en 40 años, o quedar relegados a la cuarta plaza. Pero mientras se resuelve el acertijo andaluz, hay dos corrientes de fondo que merecen nuestra atención: una es la estrategia política, donde el PP de Casado empieza a acumular más errores que aciertos, al contrario que Ciudadanos. La otra es una cuestión más estructural, y tiene que ver con el sistema a dos vueltas que ha emergido en nuestro país. Las dos corrientes favorecen a Ciudadanos.

Analicemos primero la estrategia política. Hacerlo tiene un punto ventajista, como comentar la alineación de la selección española de fútbol. No hay una fórmula mágica para valorar una estrategia política, salvo sus resultados. Pero, en general, las fórmulas que funcionan suelen tener dos ingredientes: uno, elegir bien los temas. Dos, mantener la disciplina e insistir sobre ellos una y otra vez. En los dos aspectos, el PP de Casado está varios cuerpos por detrás de la formación de Rivera.

Casado eligió tras ser nombrado una serie de temas de altos decibelios ideológicos (familia, aborto e inmigración), probablemente con la intención de provocar un cierre de filas. Pero el momento político para estos temas era más el de las primarias populares que el de las posprimarias, donde su recorrido es muy limitado. Constatado su escaso eco, Casado ha ido cambiando de temas, con tanta falta de disciplina como si fuese eligiendo temas girando una rueda de la fortuna: ha entrado y salido del tema catalán a velocidad de vértigo (de criticar la retirada de lazos amarillos a pedir un 155 permanente), ha utilizado las palabras más gruesas contra Pedro Sánchez (acusándolo de “golpista”) para unos días después vestirse de hombre de Estado y acordar con él la renovación del CGPJ, con tan poco tino que ha cedido a la izquierda la mayoría del órgano de gobierno de los jueces, ha apartado de sus funciones jurisdiccionales al presidente de la sala que juzgará a los líderes soberanistas, a cambio del dudoso premio de nombrar como presidente a un magistrado presuntamente conservador. Todo ello, en una ostentación de los peores tics apolillados de la vieja política (basta repasar los mensajes de texto de Cosidó). Y, mientras tanto, Casado insiste en dedicar sus minutos de telediario para reclamar a la VI flota estadounidense su traslado a la base de Rota, en una reivindicación que empieza a parecerse al empeño de un entonces imberbe Zapatero de dedicar un debate del estado de la nación a la memoria de Cervantes.

Mientras esto sucede, Ciudadanos ha elegido el camino contrario: desde la vuelta del verano, Ciudadanos ha elegido tres temas como eje de su acción política: Cataluña, regeneración y economía. Los tres tienen bastante más fondo político: no solo crecerán en importancia en los próximos meses, sino que tienen también bastante más capacidad de debilitar al Gobierno (justo lo contrario, por ejemplo, que el aborto o la inmigración, temas en los que el Gobierno se mueve como pez en el agua). Pero, sobre todo, Ciudadanos está demostrando una disciplina espartana con estos temas. No oirán a un dirigente de la formación naranja hacer unas declaraciones que se salga de esta tríada de propuestas. Vuelven sobre los mismos temas con la saña de los boxeadores disciplinados. Y está dando resultados. En resumen, en estrategia política, 1 a 0 a favor de Ciudadanos.

Pero existe una segunda corriente de fondo a favor de los naranjas: Ciudadanos es el partido más beneficiado en un sistema a dos vueltas. Todos los intentos en nuestra historia política reciente de crear un partido de centro (el CDS de Suárez, la operación reformista de Roca o la UPyD de Rosa Díez) fracasaron por un mismo motivo: el centro es un espacio político angosto, minoritario. En general, los partidos de centro (también en otros países, pero especialmente en España por el castigo de la Ley Electoral a los partidos que reparten sus apoyos en muchas circunscripciones) a lo máximo que pueden aspirar es a convertirse en un partido bisagra. Si la limitada capacidad de crecimiento de un partido de centro es una debilidad en un sistema a una única vuelta, en un sistema con dos rondas se convierte en una ventaja. Algo parecido la ocurrió a Macron. Superar el 40% de apoyo con un discurso político de centro es misión imposible. Pero alcanzar el 25% (tal vez la cifra mágica en las próximas elecciones) es mucho más sencillo cuando tienes un discurso político perfilado, unas señas de identidad más reconocibles. El PP de Casado, en cambio, sufre de lo que históricamente había sido una ventaja: su vocación más generalista, de ser lo que se conoce como 'catch-all party'. Ser al mismo tiempo el partido de los jubilados conservadores, de los autónomos y de los jóvenes ultraliberales, de la España rural del interior de Castilla y del 'club de los viernes'. En un sistema a dos vueltas, esta falta de concreción se convierte en un lastre.

Superar el 40% de apoyo con un discurso de centro es misión imposible. Pero alcanzar el 25% es más sencillo cuando tienes un discurso político perfilado

¿Qué papel puede tener Vox en esta partida? Tiendo a pensar que, pese al eco que está teniendo esta formación y su indudable capacidad de movilización, el recorrido político de Vox va a ser limitado. El momento político actual no es el mismo que el de 2014, cuando irrumpió Podemos. Y la competencia en la derecha no es la misma que entonces existía en la izquierda (liderada, recordémoslo, por Rubalcaba). Por supuesto, en la política los cisnes negros son imposibles de predecir, y podría ocurrir que uno de ellos pusiese a Vox en el firmamento político. ¿Se imaginan, por ejemplo, que aun consiguiendo solo uno o dos escaños Vox fuese decisivo para formar una mayoría alternativa a Susana Díaz en Andalucía? ¿O a Carmena en Madrid?

La gran ventaja del PSOE a día de hoy es que su liderazgo en la izquierda, unido a la cerrada competición entre Ciudadanos y PP, convierte a los socialistas en favoritos para ser el partido más votado en las próximas elecciones generales. Y, sin embargo, esta vez ser el partido más votado puede no ser suficiente. Lo más característico de un sistema a dos vueltas es que lo que de verdad importa es el resultado de la final. Siguiendo con el símil deportivo, no importa si juegas unas semifinales fabulosas, como tantas veces ha hecho Holanda en los mundiales de fútbol. Pero el análisis de la segunda vuelta (de la negociación poselectoral) es materia para otro artículo.

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