¿Qué nos espera, un Gobierno de verdad o un minué?

El de Sánchez ha representado el último resuello de una etapa política que está llegando a su fin: la del bipartidismo y los gobiernos monocolor

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el último pleno del Congreso antes de la convocatoria de elecciones. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el último pleno del Congreso antes de la convocatoria de elecciones. (EFE)

Marzo de 1918: Alfonso XIII encarga la formación de un Gobierno de concentración a Antonio Maura. Cuentan las crónicas que este intento, uno de los últimos resuellos de la vieja clase política de la España de la Restauración, fue recibido con alborozo en las calles. “Fue ayer una mañana espléndida para los españoles”, escribiría Ortega en las páginas del diario 'El Sol' el día siguiente. Apenas ocho meses después, en el mes de noviembre, Maura presentaría su dimisión al Rey. “Esto no era un Gobierno, era un minué”, diría Maura.

Cien años después, el minué de Pedro Sánchez también ha durado ocho meses. Como el de Maura, el 'Gobierno bonito' de Sánchez también fue recibido con vítores al arrancar, una especie de expresión colectiva de alivio después de la larga agonía del anterior Gobierno. El de Sánchez ha representado también el último resuello de una etapa política que está llegando a su fin: la del bipartidismo y los gobiernos monocolor, que han monopolizado nuestra vida política desde la aprobación de la Constitución en 1978.

El próximo Gobierno no será la primera coalición de ámbito nacional de nuestra democracia, sino “el primer Gobierno con ministros de varios partidos”

Para ser más exactos, el próximo Gobierno no será la primera coalición de ámbito nacional de nuestra historia democrática, sino “el primer Gobierno con ministros de varios partidos”. Porque si hacemos caso a Alfonso Guerra, que lo repetía muchas veces, los gabinetes de Felipe González ya eran “gobiernos de coalición entre el PSOE y el ministro de Hacienda”.

Otra de las novedades que nos aguardan, esta menos obvia, es que el resultado más importante el próximo 28 de abril no será quién gana las elecciones. Casi con seguridad lo hará el PSOE de Pedro Sánchez. Pero la clave de las elecciones, lo que determinará quién es el próximo presidente del Gobierno, será otra cosa. O más exactamente dos: quién queda por delante, si PP o Ciudadanos (previsiblemente, uno quedará segundo y otro tercero), y cuál será la participación en los comicios.

La clave de las elecciones será otra cosa. O más exactamente dos: quién queda por delante, si PP o Cs, y cuál será la participación en los comicios

La batalla entre PP y Ciudadanos se presenta apasionante. Pero está pasando más desapercibida la batalla por la movilización. Los indicios apuntan a una movilización asimétrica: un centro-derecha hipermovilizado, con tres partidos compitiendo por cada esquina del tablero, frente a una izquierda más laxa. En mi opinión, uno de los verdaderos interrogantes de este arranque de campaña es la estrategia de los socialistas, que han convertido a Ciudadanos en su diana favorita y casi única. Esta semana hemos visto a la ministra portavoz, Celaá, criticando el viaje de Arrimadas a Waterloo, a Cristina Narbona mandando una carta a Albert Rivera, y a Pedro Sánchez contestar con mucha más vehemencia a Rivera que a Casado.

Se me ocurren dos explicaciones: una es que los socialistas han reaccionado como una afrenta personal al veto de Ciudadanos. Dejarse llevar por las pasiones personales es una mala consejera en política. Pero es que si no lo es, sino que se trata de una estrategia política deliberada de los socialistas, tampoco parece más acertada: pareciera que los socialistas dan por hecho que atraerán en masa a los votantes de Podemos (partido al que dan prácticamente por amortizado) y se han lanzado a por los votantes naranjas.

Pareciera que los socialistas dan por hecho que atraerán en masa a los votantes de Podemos y se han lanzado a por los votantes naranjas

Al seguir esta estrategia, los socialistas dan muestras de confiar en que la movilización de los votantes de izquierdas se producirá por sí sola, tal vez agitando el espantajo de Vox y del “tripartido de derechas”. Estrategia, por cierto, que ya se intentó sin mucho éxito en la última semana de campaña en Andalucía. Lo cierto es que si ya es complicado movilizar a tus propios votantes (como sucedió en los comicios andaluces), aún lo es más movilizar a 'votantes prestados', los votantes de Podemos que los socialistas asumen que acabarán en su hucha.

Durante los últimos días, se ha especulado también con la posibilidad de que vivamos una situación similar a la de 2016. Sin embargo, es poco probable. El hemiciclo se partirá en dos mitades prácticamente perfectas: en la coalición Frankenstein caben el PSOE, Podemos, los independistas catalanes y los nacionalistas vascos. En el pacto 'a la andaluza' están PP, Ciudadanos y Vox. Entre medias solo está Coalición Canaria. Es decir, que salvo que el resultado sea 174-174-2, lo normal es que uno de los bloques se sitúe por encima de la mayoría absoluta en una eventual sesión de investidura.

Lo que no quiere decir, sin embargo, que el próximo Gobierno sea un Gobierno sólido. Más bien al contrario, uno de los mayores riesgos es que tras las próximas elecciones tengamos una investidura viable de un presidente, pero en lugar de un verdadero Gobierno volvamos a tener un minué.

Por un lado, si la coalición Frankenstein reedita su mayoría, Pablo Iglesias exigirá participar en el Gobierno (como ya intentó en 2016). Sin embargo, lo más probable es que tanto nacionalistas vascos como independentistas catalanes se laven las manos. Históricamente, siempre han preferido renunciar a poder en Madrid a cambio de más competencias y a mantener el derecho de pernada en sus respectivos territorios. Es decir, no se tratará de un Gobierno de 84 diputados, pero tampoco de uno de 176.

La debilidad del Gobierno, la necesidad de negociar cada iniciativa parlamentaria, se mantendrá. Si cabe, aumentará, porque en este nuevo Gobierno Pedro Sánchez tendrá que pactar hasta los reales decretos leyes que con tanta alegría ha utilizado en los últimos meses. Porque su socio de coalición se sentará en el mismo Consejo de Ministros. E incluso cuando salve el escollo de Podemos dentro del Gabinete, aún le quedará la tortuosa tramitación parlamentaria, siempre a merced del último achaque emocional de sus socios catalanes, o de hasta dónde deciden exprimir la naranja los nacionalistas vascos.

Algo parecido podría suceder con un Gobierno 'a la andaluza', es decir, un Gobierno de coalición que incluya solo a Ciudadanos y PP, mientras Vox se mantiene como mero socio de investidura (como en Andalucía) o mediante un acuerdo parlamentario. Un Gobierno de este tipo estaría siempre a merced de la reclamación más estentórea de Vox, viéndose obligado a tragar todo tipo de sapos porque en la bancada de enfrente, Pedro Sánchez, cómodo al haberse rodeado de un domesticado grupo parlamentario, magullado por haber perdido la presidencia pero reforzado en su fuero interno (si tal cosa es físicamente posible) por haber ganado las elecciones, haría bueno el dicho: siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo.

¿No es, por tanto, posible, que de las próximas elecciones salga un Gobierno fuerte? Hay que echar a volar la imaginación para llegar a uno. Así que dejemos pasar unas semanas más de precampaña antes de empezar a elucubrar cómo podría formarse uno. Mientras tanto, sigamos entretenidos con el baile del minué.

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