Las mujeres contra el feminismo: historia de una paradoja electoral

El feminismo y las políticas de género no funcionan como un activador electoral del voto de las mujeres

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¿Cómo es posible que la época del #MeToo sea la misma que la de Donald Trump? Hagamos memoria: en las elecciones de 2016, los demócratas presentaron por primera vez a una mujer como candidata, Hillary Clinton. Los republicanos, a un candidato que en un vídeo publicado en plena campaña realizaba comentarios denigratorios hacia las mujeres. Todo parecía indicar que Hillary arrasaría en el voto femenino. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados: Hillary recibió un apoyo entre las mujeres muy parecido al de otros candidatos demócratas (ganó por 54% frente al 42%, una diferencia de 12 puntos; Obama obtuvo un saldo favorable de 11 y 13 puntos porcentuales en sus dos citas electorales). Por su parte, el 'saldo masculino', tradicionalmente favorable a los republicanos, fue mucho mayor, decidiendo las elecciones a favor de Trump.

¿Qué había ocurrido? De manera resumida, el feminismo y las políticas de género no funcionan como un activador electoral del voto de las mujeres. A la hora de decidir su voto, las mujeres valoran otros aspectos de los manifiestos electorales antes que su contenido 'feminista'. En cambio, en los últimos años, el 'antifeminismo' se ha convertido en un activador del voto para un número creciente de hombres. Quien entre en la página web de Vox, tal vez se sorprenda de que más de la mitad de la portada esté ocupada por noticias relacionadas con las políticas sobre violencia de género. No se trata de un tiro en el pie, sino de una estrategia perfectamente medida.

A la hora de decidir su voto, las mujeres valoran otros aspectos de los manifiestos electorales antes que su contenido 'feminista'

Describe Jonathan Haidt en su último libro ('The Coddling of the American Mind') cómo en el debate público en EEUU se ha asentado el marco conceptual del 'enemigo común' o la 'interseccionalidad'. Una serie de rasgos (hombre vs. mujer, hetero vs. homosexual, urbano vs. rural, etc.) automáticamente sitúa a una persona en el grupo dominante en una sociedad o en el de los oprimidos.

Hasta ahora, la discusión se había centrado en el grupo de las oprimidos. Una de las críticas más frecuentes hacia la izquierda norteamericana es que al abrazar la defensa de las minorías (mujeres, gais, minorías raciales) se había convertido en un pastiche de reclamaciones identitarias, renunciando a presentar un proyecto común para toda la sociedad.

Pero quizás está pasando inadvertido un fenómeno simétrico: el mismo marco conceptual del 'enemigo común' ha sido adoptado también, incluso con más fervor, por el grupo dominante (hombres blancos de clase alta). Digo con más fervor en un sentido muy concreto: en términos electorales, es un activador del voto mucho más eficaz.

¿Votan de manera diferente hombres y mujeres? ¿Existe un voto identitario de género?

¿Votan de manera diferente hombres y mujeres? ¿Existe un voto identitario de género? Empecemos por la segunda pregunta: los datos, tanto en España como en otros países, confirman que el feminismo no activa el voto de las mujeres, una diferencia fundamental respecto a otras manifestaciones identitarias. Por ejemplo, la población afroamericana suele votar en mayor proporción a un candidato de raza negra y por una formación política determinada (en EEUU, apoya en casi un 90% al Partido Demócrata, un porcentaje casi constante desde que Lyndon B. Johnson aprobase la legislación sobre los derechos civiles). El colectivo LGBT también se decanta por las formaciones que más defienden sus derechos, aunque no votan en mayor proporción a un candidato que se autoidentifique como homosexual. Los votantes ecologistas buscan formaciones ecologistas por encima de otros aspectos. De hecho, los partidos verdes en Europa tienen planteamientos opuestos en algunos temas (Europa, inmigración, economía). Lo importante para sus votantes es que sean 'verdes'.

¿Y las mujeres? En general, las mujeres se comportan de forma poco identitaria. Al decidir su voto, dan poca importancia a lo 'feminista' que sea un partido o a que su candidata sea una mujer. Así lo demuestra la evidencia en España. En las últimas elecciones de 2015, hubo resultados de todo tipo: las alcaldesas de Barcelona y Madrid, por ejemplo, ambas mujeres y que han hecho del feminismo una de sus banderas, tuvieron un gap de género negativo, es decir, más apoyo entre hombres que entre mujeres: cinco y 5,3 puntos de diferencia respectivamente. En general, en las elecciones de 2015, el sexo del candidato/a apenas influyó en el voto femenino. De media, el gap de género fue muy parecido (apenas 0,6 puntos de diferencia) si comparamos los casos en que el candidato era un hombre y aquellos en que era una mujer.

Que el sexo del candidato no sea relevante no implica necesariamente que hombres y mujeres tengan el mismo comportamiento electoral

Que el sexo del candidato no sea relevante no implica necesariamente que hombres y mujeres tengan el mismo comportamiento electoral. Como hemos visto, en EEUU sistemáticamente las mujeres apoyan más al Partido Demócrata y los hombres al Republicano. En España, son los partidos 'nuevos' los que tienen un gap de género negativo (menos apoyo entre las mujeres), mientras el PP y, hasta hace poco, el PSOE tenían un gap positivo.

¿Qué explica que mujeres —y los hombres— apoyen sistemáticamente más unas opciones políticas? Históricamente, los partidos democristianos recibían más apoyo femenino (en promedio, en la década de los setenta, los partidos conservadores recibieron un apoyo mayor entre las mujeres de 14 puntos). Esto empezó a cambiar a partir de la década de los ochenta y, sobre todo, de los noventa, cuando, empezando en los países nórdicos, las mujeres comenzaron a desplazarse hacia las opciones políticas de centro-izquierda.

Varias explicaciones se han manejado para explicar este cambio: la mayor participación de las mujeres en la fuerza de trabajo, cuya entrada se produjo en puestos de baja remuneración —donde los postulados socialdemócratas tienen mayor predicamento—, la caída generalizada del sentimiento religioso y el consiguiente retroceso de los partidos democristianos, y la mayor identificación de las mujeres con los partidos de izquierda en asuntos como el aborto o el medio ambiente.

Los hombres tienen un voto más temperamental y suelen abrazar las fuerzas disruptivas, mientras que las mujeres prefieren las opciones más moderadas

Una de las explicaciones más convincentes es que las mujeres, tradicionalmente, han preferido las posiciones políticas más templadas. Y si en la década de los setenta esta parte del espectro la ocupaban los partidos democristianos, esta misma zona fue ocupada después por los partidos de izquierda, primero en los ochenta tras los triunfos de Thatcher y Reagan, y en los noventa con la 'tercera vía'. Según esta tesis, los hombres tienen un voto más temperamental, y suelen abrazar primero las fuerzas disruptivas del 'statu quo', mientras que las mujeres prefieren las opciones políticas más moderadas.

Esta tesis se sustenta en los resultados más recientes: el Movimiento 5 Estrellas en Italia tuvo un gap de género negativo (mayor apoyo entre los hombres) de cinco puntos, mientras en Alemania las mujeres apoyaron la coalición CDU/CSU de la canciller Merkel, con un gap positivo de siete puntos (37% de apoyo entre las mujeres y 30% entre los hombres).

¿Cuál es la situación en España? Los datos también apuntalan la tesis del voto femenino 'templado': en la primera parte de la Transición, las mujeres apoyaron mayoritariamente a UCD (cuyo gap femenino fue positivo, de más de ocho puntos en las elecciones de 1977), mientras el PSOE tenía un gap negativo. A partir de mediados de los ochenta, cuando los socialistas dejan de ser una fuerza disruptiva para convertirse en el 'statu quo', pasan a tener más apoyo entre las mujeres. El único partido que ha tenido un gap de género invariable ha sido IU, siempre con más apoyo entre los hombres que entre las mujeres.

El único partido con una intención declarada de voto superior entre las mujeres es el PP, debido en gran parte a su predicamento entre mayores de 65 años

Según el último CIS, el único partido con una intención declarada de voto superior entre las mujeres que entre los hombres es el PP, debido en gran parte a su predicamento entre los mayores de 65 años (donde hay muchas más mujeres que hombres). Curiosamente, el PSOE presenta un gap 'negativo' de 1,5 puntos, seguramente porque está recibiendo 'transfusiones de voto masculino' desde Podemos. El gap socialista es superior al de Ciudadanos (un punto) y Podemos (0,6 puntos). Aunque todos se encuentran a gran distancia de Vox, con un gap negativo de 4,1 puntos (tres de cada cuatro votantes de Vox son hombres).

El PP es el partido más 'feminizado', a pesar de que, según el mismo CIS de febrero, es el partido que “más se está oponiendo o retrasando a las iniciativas y medidas favorables a la igualdad de la mujer”. Otra evidencia más de que 'feminismo' y 'voto femenino' son dos realidades muy distintas.

¿Dónde se encuentra entonces el voto femenino? Mayoritariamente, en la abstención

¿Dónde se encuentra entonces el voto femenino? Mayoritariamente, en la abstención: las mujeres que declaran no saber a quién votar son cinco puntos más que los hombres (17,6 vs. 12,6%), un patrón habitual en anteriores elecciones. Las mujeres no solo son más templadas políticamente, sino también mas reflexivas: entran en la campaña electoral sin haber decidido de antemano su voto.

En definitiva: tienen razón los que cree que el voto femenino va a resultar fundamental en estas elecciones. Pero para disputarlo, no hace falta llenar el manifiesto electoral de medidas feministas ni los carteles con rostros de mujeres. Hay que buscar propuestas templadas. Y aquellos que piensen en “reventar las calles el 8-M para después reventar con votos las urnas el 28-A”, como decía Adriana Lastra hace unos días, se pueden encontrar con la sorpresa de que las urnas se llenen de papeletas… que no sean suyas.

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