Morricone y el tramposo debate del voto útil

Los populares han preparado argumentarios y circulan videos por las redes explicando los riesgos de votar a otras formaciones en las circunscripciones más pequeñas

Foto: Abascal y Casado en la manifestación de Colón. (EFE)
Abascal y Casado en la manifestación de Colón. (EFE)

Pablo Casado ha pedido a Vox que no se presente en las 28 provincias que reparten menos de seis escaños, para no beneficiar al PSOE por la división del electorado conservador. Los populares han preparado argumentarios y circulan videos por las redes (incluyendo uno protagonizado por Epi y Blas) explicando los riesgos de votar a otras formaciones en las circunscripciones más pequeñas. Vox (como era de esperar) ha respondido con calabazas.

El debate sobre el voto útil retrata a quien lo propone (en este caso, el PP). Demuestra debilidad —el debate solo se plantea cuando un partido siente la tierra moviéndose bajo sus pies—. Y es un debate tramposo: con las llamadas al voto útil lo que se hace es pedir a los ciudadanos que corrijan una deficiencia del sistema electoral, algo que no les corresponde.

Aunque a veces se culpa a D’Hont de las deficiencias del sistema electoral español, este matemático belga del siglo XIX no tiene apenas culpa. El método D’Hont es una forma de asignar escaños que alguien ha definido como "el menos proporcional de los sistemas proporcionales". Con D’Hont los escaños se asignan a cada partido proporcionalmente según sus votos, con la particularidad de que los últimos escaños suelen caer en el saco del partido mayoritario (por eso se suele decir que D’Hont es un sistema proporcional-mayoritario).

La singularidad del sistema electoral español es el pequeño tamaño de las circunscripciones electorales (según la Constitución, la provincia) y que exista un mínimo de diputados a repartir en cada una de ellas (dos diputados). Cuanto más grande una circunscripción, más se parece el método D’Hont a un sistema proporcional (el efecto de los últimos escaños se diluye). Cuanto más pequeña, a un sistema mayoritario. En España conviven los dos tipos: en Madrid, Barcelona o Valencia, el sistema electoral es cuasiproporcional. En Soria, Ávila, Cuenca o Teruel, es cuasimayoritario.

Conviven los dos tipos: en Madrid, Barcelona o Valencia, el sistema electoral es cuasiproporcional. En Soria, Ávila o Teruel, es cuasimayoritario

Tradicionalmente, eran los partidos de izquierda los que más se quejaban del sistema electoral, porque el PP acostumbra a ganar las elecciones en las provincias pequeñas, acaparando un botín muy goloso porque estas provincias están sobrerrepresentadas en el reparto de escaños (las 28 provincias de las que habla Casado tienen solo el 20% de la población española, pero reparten el 30% de los diputados del Congreso).

En realidad, más que a izquierda o derecha, el sistema perjudica a los partidos pequeños de ámbito nacional, que son los que se quedan fuera del reparto en estas provincias. En las últimas décadas este papel lo sufrió Izquierda Unida, aunque también castigó al CDS de Adolfo Suarez, al Partido Reformista Democrático de Miguel Roca, o más recientemente a UPyD.

En las elecciones que más se habló del "voto útil" y del tamaño de las circunscripciones fue en el año 2000. Una parte de la izquierda culpaba a la división entre socialistas y comunistas de que gobernase Aznar, un enfrentamiento que había alcanzado su punto más álgido durante la última legislatura de González. Para corregir esta asimetría (la división de la izquierda frente a la unión de la derecha), el candidato socialista Joaquín Almunia ofreció a IU un "Gobierno de coalición" a cambio de que IU retirase su candidatura al Congreso en las 34 provincias en las que nunca había obtenido representación (incluyendo todas las de Casado).

Tras un largo tiro y afloja, ambos partidos rubricaron un acuerdo diluido en lo material (IU solo retiró algunas candidaturas en el Senado, cuyo efecto práctico fue nulo) pero hinchado en lo simbólico, con una pomposa firma en el Palacio de Cristal de Arganzuela mientras sonaba de fondo la música que Ennio Morricone compuso para la película 'Novecento'. El resultado, como es conocido, es que Aznar se alzó con una mayoría absoluta hasta entonces impensable para los populares. Fue el típico ejemplo de una profecía autocumplida.

No fue la única vez que la izquierda se dio de bruces contra una regla política, que no matemática: que, cuando se trata de coaliciones electores, uno más uno suman menos que dos (siempre hay votos que se quedan por el camino). En 2016, Pablo Iglesias forzó la repetición de las elecciones aplicando la misma regla matemática, no la política: en diciembre de 2015, el PSOE había obtenido 5.5 millones de votos, Podemos 5.2 e IU casi 1 millón. Bastaba que Podemos e IU se uniesen para que el 'sorpasso' se convirtiese en realidad. Pero el "pacto de los botellines" no sirvió para nada: por el camino se dejaron exactamente un millón de votos. En este caso, uno más uno fue igual a uno.

Una regla que también parece haber olvidado Casado. Porque si hay exvotantes populares que se han ido a Ciudadanos o a Vox durante los últimos años, es precisamente porque no quieren votar al PP. Y a estos votantes (a los desencantados con los populares) les da igual si las consecuencias de su divorcio son distintas en Madrid que en Ávila. Imaginemos (en un escenario hipotético) que Vox acabase transigiendo y retirando su candidatura en Ávila. O que Ciudadanos hiciese lo mismo en el País Vasco. ¿Qué creen que sucedería con los votantes de uno y otro? Lo más probable es que se quedasen en sus casas antes de votar al PP.

¿Qué creen que sucedería con los votantes de uno y otro? Lo más probable es que se quedasen en sus casas antes de votar al PP

Y es aquí donde está la segunda parte resbaladiza del debate sobre el voto útil: porque si la conclusión es que nuestro sistema electoral tiene deficiencias, lo que hay que hacer es reformarlo. De hecho, yo sería partidario de una reforma. En mi opinión, tendría más sentido que el sistema electoral fuese exactamente al revés: que el sistema fuese más proporcional en las provincias pequeñas que en las grandes, de forma que en las primeras pesasen también las posiciones minoritarias de los ciudadanos.

El problema del sistema electoral español no es que sea proporcional o mayoritario: es que es asimétrico. Es que existen (¡ay, maldita expresión!), dos Españas: una la del interior, envejecida y despoblada. Y es precisamente en estas provincias donde tenemos un sistema electoral mayoritario que deja sin representación parlamentaria a gran parte de los votantes. Un país con problemas de envejecimiento y despoblación rural como España no se puede permitir que el sistema electoral ponga todavía más distancia entre los electores y sus representantes en estos territorios.

El problema es que los partidos políticos solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. El PP lleva años poniendo obstáculos a cualquier reforma del sistema electoral, porque hasta ahora la sobrerrepresentación en escaños de las provincias del interior le beneficiaba. Ahora, media hora antes de las elecciones, echan mano de la calculadora y se la llevan a la cabeza ante el temor de que en esta ocasión salgan perjudicados. Podemos recorrió exactamente el camino opuesto: después de denunciar la falta de proporcionalidad de nuestro sistema electoral, se dio cuenta de que en tanto fuese el tercer partido se veía beneficiado por el reparto, así que decidió guardar sus propuestas de reforma en el cajón. ¿Voto útil? Algo todavía mejor: mejor una ley electoral que sea verdaderamente útil. Aunque esto sea responsabilidad de los políticos, y no de los ciudadanos.

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