El mérito en política (versión Pedro Sánchez)

Hay dos clases de líderes: unos, que buscan rodearse de los mejores; otros, en cambio, siempre encuentran la forma de prescindir de todo aquello que le haga sombra

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Decía el jurista alemán Carl Schmitt que del mismo modo que en el campo de la moral se distingue entre el bien y el mal, o entre belleza y fealdad en el estético, lo que define el terreno de la política es el binomio amigo-enemigo. La identificación del enemigo es, según Schmitt, consustancial a la política y una consecuencia inevitable es pretender destruirle como parte de la acción política.

Giulio Andreotti, con más finura italiana, añadió algunos matices a esta visión maniquea de la política: "En la vida hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido". Al menos, definió cinco categorías.

Lo cierto es que la competencia entre rivales políticos, en especial cuando se produce dentro de un mismo partido, provoca algo más que simples magulladuras: deja como reguero el olor a napalm que añoraba Robert Duvall en la película Apocalypse Now.

Por eso, no ha sido una sorpresa que la elaboración de las listas electorales de PSOE y PP, que vivieron hace poco tiempo procesos internos para la elección de sus líderes, haya reverdecido viejas heridas. Ni Pedro Sánchez ha querido aplicar coagulantes a su batalla con Susana Díaz, negándose a llevar en las listas a los candidatos propuestos por la líder andaluza, ni Pablo Casado ha hecho sitio a los principales dirigentes que apoyaron a Soraya Sáenz de Santamaría. En esto, ambos líderes han obviado el consejo de Michael Corleone que, a veces, se atribuye erróneamente a Maquiavelo: "Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca". Una máxima que siguieron a pies juntillas sus antecesores: Zapatero hizo Ministro de Defensa a Bono, mientras Rajoy le abrió la puerta grande de Bankia a Rodrigo Rato cuando este quiso volver de Washington. A ninguno de los dos le salió mal apostar por la magnanimidad en lugar de por la venganza.

Lo que resulta más difícil de entender son las purgas gratuitas. La violencia por la violencia. Y la confección de las listas electorales ha dejado algunos ejemplos de ello, especialmente entre los socialistas. Ignacio Urquizu es profesor universitario y doctor en sociología, y ha sido profesor visitante en la Universidad de Harvard y en Instituto Universitario Europeo de Florencia. Para que quede más claro (en estos tiempos, cualquier precisión es poca): escribió él mismo su tesis, la publicó inmediatamente después, y sus estancias en universidades extranjeras implicaron su presencia física en las mismas. Ha publicado varios libros sobre nuestro sistema político y colabora habitualmente en los medios. Siendo de Teruel, su interés por la despoblación de las zonas rurales de España es además de genuino, muy valioso. Ha sido diputado en el Congreso durante la última legislatura.

Para repetir en la próxima, había recibido el apoyo del 90% de las agrupaciones socialistas de su provincia (¿se acuerdan de aquello del 'PSOE de la militancia'?), y contaba con el apoyo del presidente socialista de Aragón. Pero no ha sido elegido en la lista socialista por Teruel, ante la tajante negativa de la dirección federal. ¿La razón? Seguramente, que Urquizu se decantó por Susana Díaz en las elecciones primarias de 2017 (como lo hicieron el 40% de los militantes socialistas y la práctica totalidad de los dirigentes). O tal vez, que durante el periodo transitorio que estuvo al frente la gestora socialista, a Urquizu le pidieron que se pasease por diferentes medios para defender la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy en el otoño de 2016 (una decisión que fue adoptada mayoritariamente por los órganos internos socialistas, y que el propio Pedro Sánchez cuenta en su reciente libro que él mismo estuvo valorando adoptar durante un tiempo).

Zapatero hizo ministro a Bono, mientras que Rajoy le abrió la puerta grande de Bankia a Rato. A ninguno le salió mal apostar por la magnanimidad

Jonás Fernández ha sido diputado del PSOE en el Parlamento Europeo durante la última legislatura. Fernández tiene un máster en economía y finanzas por el CEMFI, y un MBA en el IESE, dos instituciones de postgrado de referencia internacional. Tiene una carrera profesional anterior a la política, como tendrá también otra después. Y no solo tiene un currículo brillante, sino que ha demostrado su valía con su labor en el Parlamento europeo (normalmente, un cementerio de elefantes), trabajando en iniciativas sobre regulación financiera y la unión bancaria en la última legislatura. Algunas de las propuestas más ambiciosas, como la creación de un seguro de desempleo para la eurozona, llevan su firma.

Ignacio Molina, investigador del instituto Elcano, ha escrito de Fernández que "gracias a su conocimiento personal de los procesos y las redes bruselenses, es uno de los eurodiputados que puede conseguir mejores responsabilidades y más influencia para su partido y el conjunto del país". Para rizar el rizo, a Fernández le apoyaron de manera abrumadora las agrupaciones socialistas asturianas para repetir en las listas. Y, en su caso, ni siquiera se puede esgrimir que se metiese en trincheras durante las primarias socialistas. Trató de sobrevivir a ellas evitando los navajazos que volaban de uno a otro candidato.

A Fernández, su labor como eurodiputado y el masivo apoyo de la militancia le han valido para caer del puesto 14 (con el que concurrió a las anteriores elecciones) al 17, y estar en serio riesgo de no salir elegido en el próximo Parlamento Europeo.

Buscar talento en política conlleva ciertos riesgos. Pero lo que parece más difícil de justificar es lo contrario: perder a tus piezas más valiosas

Tal vez ni lo de Urquizu ni lo de Fernández debería ser una sorpresa: Josep Borrell, Ministro de Exteriores, tendrá que abandonar el Gobierno próximamente, un encargo que (aparentemente) le hacía tan poca gracia como entusiasmo despertaba en los partidos independentistas. Borrell es, en mi opinión, el ministro de mayor envergadura del actual gabinete, el único que ha demostrado ser capaz de tener una mirada de largo alcance y de mantener un rumbo fijo con el que navegar entre los vaivenes. Todavía estamos esperando que el Presidente del Gobierno explique las razones que le han llevado a prescindir de los servicios de su mejor ministro para liderar una lista electoral que, especialmente ahora que las europeas serán después de las elecciones generales, han perdido interés estratégico.

Durante las últimas semanas, tanto Ciudadanos como el Partido Popular han acometido fichajes para reforzar su cartel electoral. Algunos saldrán rana, y otros seguramente vivirán con dificultades su desembarco en la política. Buscar talento conlleva ciertos riesgos. Pero lo que parece más difícil de justificar es lo contrario: perder a tus piezas más valiosas por rencor, por desidia o por puro cálculo electoralista. Andrew Carnegie, que levantó la industria del acero en EEUU en el siglo XIX, dijo una vez: "El secreto de mi éxito fue rodearme de personas mejores que yo". Steve Jobs, muchos años después, lo expresó de una manera parecida: "No tiene sentido contratar a personas inteligentes para decirles lo que tienen que hacer; los contratamos para que sean ellos los que nos digan lo que tenemos que hacer". Hay líderes que buscan rodearse de los mejores. Otros, en cambio, siempre encuentran la forma de prescindir de todo aquello que le haga sombra. Sobre los segundos, claro está, lo de líderes es solo una forma de referirse a ellos.

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