Ciudadanos, en la silla caliente de la política española

El centro es el espacio político más complicado de defender. En primer lugar, tiene varios frentes. Y además es angosto

Foto: Albert Rivera. (EFE)
Albert Rivera. (EFE)

A principios de 2015, pasé unas semanas en Londres haciendo un curso. Con 10 años menos, hubiese dedicado las horas muertes a conocer los pubs londinenses. Con 10 más, a conocer los museos. Pero como el otoño de la treintena es una edad confusa, opté por pasearme con mi portátil a cuestas, dedicándome a escribir, a veces —eso sí— en un pub, otras en un museo.

Era también aquella una época caliente, en la que se notaba el peso de las muchas piedras que los españoles habíamos acumulado en la mochila (la crisis, el 15-M, el rescate bancario, Bárcenas, la abdicación del Rey), y se vislumbraban también las curvas que nos acechaban en el camino. Así que, sin planearlo, ataviado sobre todo de mi circunstancia, comencé a escribir sobre temas de actualidad política. Y así, hasta ahora.

Lo primero que hice (reconozco que esto sí que tuvo un punto friki) fue construirme un Excel para entender cómo funcionaba el reparto de escaños. La intuición me decía que con tantos partidos en liza podían pasar cosas raras. Y vaya que si pasaban. Mi conclusión, resumida en una breve nota que circulé entre algunos amigos, fue la siguiente: el PSOE ocupaba la silla caliente de la política española. Casi todas las combinaciones del (futuro) Gobierno pasaban por la calle Ferraz. Y bien harían los socialistas en empezar a valorar una posibilidad hasta entonces anatema en la política española: un Gobierno de coalición con los populares, porque algunos resultados no dejarían lugar a ninguna otra opción.

Pedro Sánchez, el Julio Salinas de la política española, el hombre que mete goles imposibles y sin embargo falla con estrépito cuando el viento se le pone a favor, hizo todo lo posible por achicharrarse en aquella silla. No me refiero a presentarse a una investidura imposible (la espantada de Rajoy apenas dejó otra opción) sino lo que vino después, enrocarse en el 'no es no', empujar el país hacia el abismo de unas terceras elecciones, reventando su partido al intentar convocar un congreso exprés que le legitimase para negociar una investidura suicida con los partidos independentistas en plena erupción del volcán en Cataluña.

Sánchez, el Julio Salinas de la política, el hombre que mete goles imposibles y sin embargo falla con estrépito cuando el viento se le pone a favor

El resto es conocido. Su victoria en las primarias socialistas, su posterior caída en las encuestas, y una moción de censura eléctrica que lo llevó a la Moncloa, un final tan improbable como si en el Mundial de EEUU, en lugar de la nariz rota de Luis Enrique, Salinas hubiese metido a Italia un gol imposible en el último minuto.

La política española ha cambiado mucho desde entonces. Basta señalar que el apóstol del 'no es no', ahora presidente del Gobierno, ha anunciado que solo descarta negociar con Vox. Hasta el PP ha dejado de provocarle urticaria. Si con Rajoy, con el sorayismo plano y adormecido, Sánchez no quería ni tomarse un café, a la derecha nueva, la trifálica que rezuma odio, la ha convertido en indisimulado objeto de deseo (en el caso de Ciudadanos) o como poco en un posible interlocutor (el PP de Casado). Cosas veredes.

Ha pasado en la política española como si en el juego de la silla todos los partidos se hubiesen movido una vez hacia el lado, ocupando la silla que estaba vacía. Podemos se ha convertido en la IU deshilachada que vagaba por nuestro mapa político a principios de 2015. El PSOE de Sánchez se ha convertido en el Podemos de entonces, recogiendo todo el voto morado, además de conservar el propio. Y Ciudadanos ha pasado a sentarse en el sillón que entonces ocupaba el PSOE, el de la silla caliente.

Las miradas se cruzan estos días en Ciudadanos porque casi todas las combinaciones después del próximo 28 de abril pasan por Ciudadanos. Todas salvo una, la de la coalición Frankenstein. Una que en realidad casi nadie quiere. No la quieren los socialistas, por mucho que no la descarten, no vayan a espantar a los votantes que vienen de Podemos: porque una cosa es predicar (como ha hecho el Gobierno de Sánchez en los últimos nueve meses) y otra dar trigo. Y para gobernar (para hacer algo más que fuegos de artificio) necesita un socio fiable. Y seguramente tampoco la quieran los partidos independentistas (al menos, los más acérrimos), que han descubierto que contra Rajoy vivían mejor que con Sánchez. El independentismo catalán siempre se ha movido más a gusto con un enemigo corpóreo y reconocible que con una alfombra de seda.

El independentismo catalán siempre se ha movido más a gusto con un enemigo corpóreo y reconocible que con una alfombra de seda

Así que todas las miradas se han vuelto sobre Ciudadanos. Es la pieza del engranaje situada en el centro, la que puede inclinar la balanza a un lado u otro. Por eso han sido las decisiones de Ciudadanos las que han marcado la precampaña hasta ahora. Es difícil no tener la impresión de que los dioses de la política han sido cicateros con la formación naranja. En 2015, fueron víctimas de un sistema electoral que castiga sin piedad a los partidos pequeños de ámbito nacional. En 2016, fueron los únicos en asomar la cabeza para desbloquear el país sin tener un botín a la vista (para Sánchez, el premio de su investidura era una pieza mayor, su entrada en la Moncloa). Ciudadanos, en cambio, se dejó los pelos en la gatera sabiendo que en caso de repetir elecciones, los hados de la política serían inmisericordes con su atrevimiento, como así sucedió.

Más adelante, cuando el conflicto catalán estalló por los aires, las encuestas favorecieron a la formación naranja, pero la miel apenas les duró unos meses en los labios, porque la moción de censura torció el relato de la política española. Las elecciones llegan con una alineación de astros que parece pensada por su peor enemigo: con Vox recogiendo los trastos rotos del conflicto catalán, y con el PP de Casado recién salido de un baño purificador. Hasta Ana Pastor se olvidó hace unos días de preguntarle al líder de los populares por los casos de corrupción.

En España, nunca había existido hasta ahora un partido liberal. La historia, la ley electoral o la mala suerte lo habían impedido. El de Cánovas y Canalejas nunca mereció tal nombre. Quizás el único precedente fue el de Melquíades Álvarez, que a principios del siglo XX levantó una antorcha solitaria en la política española. El periódico 'El Liberal' recibió en 1912 al germen que daría lugar al Partido Reformista de la siguiente forma: “Uno que echa a andar”. “Melquíades Álvarez es, más bien que una personalidad, una representación. En él reviven las dos grandes fuerzas de la democracia: el posibilismo y el progresismo”.

El Partido Reformista, formado por ilustres intelectuales y políticos (Ortega, Azaña, Azcárate, Américo Castro o Pérez Galdós), que pondrían sus mejores años al servicio de un proyecto transformador para España, caería víctima de la polarización política de la Segunda República.

No hay nada insólito en esta suerte. El centro es el espacio político más complicado de defender. En primer lugar, tiene varios frentes. Y además es angosto. La política tiene un componente entre dramático y emocional, que casa mejor con los extremos. Reformismo y posibilismo son dos palancas que no mueven corazones, como lo hacen Franco, el aborto o las armas. Ocupar el centro es verse condenado a ser minoritario: cuando la política se pone caliente, los votantes se olvidan de ti.

El centro es el espacio político más complicado de defender. En primer lugar, tiene varios frentes. Y además es angosto

Pero el centro también puede ser un sitio privilegiado. El Partido Liberal alemán o el Verde han condicionado durante décadas la política en aquel país sin sobrepasar nunca el 15% del voto. Han controlado el Ministerio de Economía, el de Trabajo, Exteriores o Medio Ambiente, y con estas piezas se puede transformar un país. A veces hay algo mejor que ser rey: ser hacedor de reyes, controlar la agenda, y marcar el paso de las políticas públicas. En el peor de los casos, puedes dormir con la tranquilidad del deber hecho, de haber mejorado la vida de los ciudadanos. En el mejor, hacer las cosas bien te sitúa en el lugar adecuado en el momento correcto.

Se ha hablado mucho de 'Borgen', la serie danesa en la que la líder de un pequeño partido centrista acaba siendo elegida primera ministra. Pero hubo un 'Borgen' antes de 'Borgen': fue cuando en la II República Manuel Azaña fue elegido presidente del Consejo de Ministros, después de que su partido recibiese en las elecciones apenas un 5% de los votos. No creo que exista una única fórmula para sobrevivir a una silla caliente. Pero quizá la mejor es la que siempre siguieron Manuel Azaña o el propio Melquíades Álvarez: al tomar decisiones, en las formas (en el cómo y el cuándo), piensa en tu partido; pero en el fondo, en el qué, piensa siempre en tu país.

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