Tenores, payasos o jabalíes: el regreso de la nueva política

Una de las mayores sorpresas de los dos debates electorales ha sido recuperar una división que creíamos superada: la que distingue entre la vieja y la nueva política

Foto: Decenas de simpatizantes realizan el seguimiento del debate electoral desde la sede de Ciudadanos. (EFE)
Decenas de simpatizantes realizan el seguimiento del debate electoral desde la sede de Ciudadanos. (EFE)

Recordaba ayer José Antonio Zarzalejos una imagen clásica de nuestro parlamentarismo para describir la actuación de Albert Rivera en el primer debate: la del jabalí indómito que derrumba los obstáculos que encuentra a su paso. Recuperemos un famoso discurso parlamentario de Ortega y Gasset, de julio de 1931, para completar el cuadro del segundo debate, más ágil y dinámico (tal vez demasiado largo), tanto porque los candidatos asumieron más riesgos como por las menores rigideces del formato.

Decía Ortega que había tres tipos de políticos: tenores, payasos y jabalíes. El segundo debate se puede resumir de la siguiente forma: los ganadores del primer debate (Rivera e Iglesias) insistieron en mantener el mismo perfil. Rivera, en las embestidas libérrimas de jabalí (como la entrega de la tesis del presidente, que recibió el mutismo por respuesta). Iglesias, con un perfil pausado pero efectivo, más propio de un tenor. Y, en cambio, los candidatos que, de acuerdo con la opinión generalizada, habían perdido a los puntos el primer debate (Sánchez y Casado) decidieron cambiar de estrategia: si en el primer debate salieron como tenores, en el segundo se intentaron vestir a ratos de jabalíes. Y como suele pasar cuando una estrategia se cambia en 24 horas, por momentos transmitieron la impresión de estar actuando (dicho en un sentido no peyorativo) como payasos, como candidatos disfrazados de un personaje ajeno.

Una de las mayores sorpresas de los dos debates electorales ha sido recuperar una división que creíamos superada: la que distingue entre la vieja y la nueva política. Porque la sensación que dejan los debates electorales es que Rivera ha conseguido desarbolar a Casado tanto como Iglesias a Sánchez. Que lo que hace unos años se conocía como nueva política ha salido entre laureles, y la vieja política, con un sabor amargo. Por un momento (está todavía por ver su reflejo en los resultados del próximo domingo) ha sido como volver a 2015.

Tenores, payasos o jabalíes: el regreso de la nueva política

Existe la tendencia a medir los resultados de un debate electoral como si se tratase de una competición de zascas en Twitter. En realidad, hay varias maneras de ganar (o perder) un debate: la primera es el formato. La segunda, la agilidad para practicar la esgrima verbal (los famosos zascas). Y la tercera (desgraciadamente, una que a veces se olvida) es que un debate es una manera de exponer no solo argumentos sino razones. Hay batallas que se pierden no por falta de destreza sino simplemente por ausencia de razones.

Empecemos por el formato: podría pensarse que un debate a cuatro o uno a cinco (que incluyese a Vox) son prácticamente iguales. En realidad, son muy distintos. Esta es la razón por la que Sánchez insistió tanto en el formato a cinco, aun a costa de pisotear la imagen de la radiotelevisión pública y de su administradora única. Un debate a cinco, con la presencia de Vox, hubiese servido para agitar al electorado de izquierdas (la irrupción de Vox es su mayor —en algunos casos, único— acicate), para desencadenar las hostilidades entre los partidos de la derecha, y hasta de cebo para que Iglesias olvidase por un momento su recién descubierto papel de estadista. En definitiva, para colocar a Sánchez en la mitad del tablero.

El debate a cuatro, en cambio, ha colocado al presidente en el mismo plano que al resto de aspirantes, perdiendo la ventaja que le otorgaba el pedestal de la Moncloa. Ha obligado a Sánchez a entrar a debatir, algo para lo que nunca ha demostrado estar especialmente versado. Y además, tiene un efecto 'pinza' sobre los potenciales votantes socialistas. Al votante de centro, le recuerda que votar a Sánchez es, con toda probabilidad, dar entrada a Iglesias en el Gobierno. Y al mismo tiempo, al votante de izquierda, le recuerda que por mucho que Sánchez se apuntase la muesca de la moción de censura, no es en realidad el mesías que llevan tanto tiempo esperando. Para qué votar a la copia (Sánchez) cuando todavía pueden votar al original (Iglesias).

En segundo lugar, están los movimientos tácticos a lo largo del debate. Fue un acierto de Rivera enfrentar directamente con Iglesias en temas económicos y de vivienda. Por momentos, pareció que el verdadero cara a cara (donde se dilucidaba la orientación política del próximo Gobierno) era el que enfrentaba al candidato de Ciudadanos con el de Podemos. Y también que subrayase sus diferencias en materia social, como eutanasia o aborto, con el candidato popular.

En el extremo contrario, fue un error de Casado permanecer callado en los temas que tradicionalmente han sido las fortalezas del Partido Popular (como política económica) y en cambio alzar la voz en los temas que son sus mayores debilidades (como la eutanasia). Que tratase de justificar la provocación punk de Cayetana Álvarez de Toledo, argumentando que el consentimiento en las relaciones sexuales está regulado en el Código Penal desde 1822 (como si nada hubiese cambiado en la sociedad desde entonces), fue un patinazo que dejaron pasar sus adversarios, pero que dejó entrever que, por mucho que se haya puesto a Aznar por bandera, lo que de verdad lleva dentro Casado es el alma de Mariano Rajoy.

Por su parte, resultó efectiva la imagen pausada de Iglesias, sobre todo cuando la combinó con ganchos de su mano izquierda (“El señor Sánchez no es un golpista; un incoherente, tal vez”). En cambio, cuando Sánchez intentó atacar como un jabalí, lo hizo de forma destemplada: rozando las 'fake news' al intentar hacer pasar una carta de un particular por una “lista negra” de la Junta de Andalucía, o reprochando a Casado, dedo índice en alto, una acusación tan marrullera como incomprensible.

Y, finalmente, están las razones de fondo. Quizás algún espectador se pregunte cómo es posible que Sánchez tenga tan mal preparada una pregunta completamente previsible: sobre los indultos a los políticos independentistas. Su reacción se parece a la que muestra cuando le sacan a pasear su tesis: cerrar los ojos y esperar a que escampe. En ambos temas, da la impresión de que, a falta de razones, ha terminado por entregar también la cuchara de los argumentos.

Si la nueva política ha vuelto para quedarse, solo lo sabremos el próximo domingo.

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