La no sorpresa de Vox y el seísmo en la derecha

¿Acaso está surgiendo también en España una segunda vía para la derecha? Una derecha difícil de definir, mestiza, que bebe de varias fuentes, moderna en ciertos aspectos, tradicional en otros

Foto: Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Desde el punto de vista político, lo más interesante del resultado electoral del pasado 28-A (al margen, lógicamente, de cuál será la composición del próximo Gobierno de nuestro país) ha tenido lugar en la derecha. En concreto, han tenido lugar dos hechos que muy pocos analistas (no tengo el honor de incluirme entre ellos) predijeron que pudieran producirse al mismo tiempo: la (no) sorpresa de Vox y el hundimiento de Casado. Durante gran parte de la campaña, se pensaba que si Vox se disparaba sería a costa de la caída de los populares, y por el contrario, que si Vox pinchaba sería por (o la causa de) que el PP obtenía un resultado mejor de lo previsto. ¿Cómo explicar que ambas formaciones, PP y Vox, hayan estado simultáneamente por debajo de las expectativas?

La sombra de la sorpresa de Vox ha estado merodeando toda la campaña. La multitudinaria asistencia a sus mítines, el hecho de que su resultado en las elecciones andaluzas pasase inadvertido para casi todos los radares de las encuestas, y su campaña subterránea, en redes sociales y con un sonoro desprecio hacia los medios convencionales (han sido contadas las apariciones de sus líderes en televisión, radio o medios escritos), parecían un cóctel familiar para cualquier analista político que hubiese estado atento en los últimos años. Una coctelera casi idéntica a la que tuvo lugar en el Reino Unido en el referéndum del Brexit o en EEUU en las elecciones que llevaron a la presidencia a Donald Trump.

Durante mucho tiempo, se dijo que los españoles estábamos inmunizados contra los cantos de sirena de la ultraderecha, quizá por la huella que había dejado el régimen franquista en nuestras conciencias colectivas. Lo más curioso es que esta inmunidad, en cierto modo, era más de forma que de fondo. Hay determinados discursos (contra la inmigración, xenófobos, identitarios, etc.) que pueden prender en la sociedad española tanto como en cualquier otro país europeo. Lo que sin embargo parece una mala idea en España es tratar de colocar estos mensajes renunciando a los medios tradicionales. Todavía el debate colectivo en nuestro país lo condicionan mucho los programas de televisión del sábado por la noche, las tertulias de radio o hasta los artículos en prensa. Como ha reconocido el propio Abascal, uno de los principales errores de Vox en esta campaña ha sido minusvalorar el poder que todavía conservan los medios tradicionales.

¿Y por qué, entonces, no se ha aprovechado el PP de estos errores? En los últimos años, PSOE y Podemos vivieron un enfrentamiento fratricida no muy distinto del que ahora ocupa a la derecha. Su desarrollo, sin embargo, fue más convencional. Los votantes de izquierda se movían como vasos comunicantes: la fortaleza del PSOE era la debilidad de Podemos, y viceversa. También lo hacían de forma más previsible: la competición en la izquierda consistió en una puja en los programas socialdemócratas más clásicos. Lo curioso es que este patrón no se ha reproducido en la derecha. Los partidos que han entrado en una puja en las propuestas más conservadoras (PP y Vox) han salido malparados. ¿Qué ha sucedido?

En un artículo de Mark Lilla publicado el pasado mes de diciembre en 'The New York Review of Books' (y traducido al español en el penúltimo número de 'Letras Libres'), se analizan “dos posibles caminos” para la derecha francesa. Uno es entrar en la puja con el discurso del Frente Nacional. Es lo que intentó, por ejemplo, Nicolas Sarkozy. El problema es que si bien los partidos de izquierda pueden entrar en estas pujas de autenticidad sin perder sus señas de identidad, en la derecha ocurre al contrario. Una de las claves de la debacle de Casado, en mi opinión, ha sido en materia económica. Uno de los estandartes del PP ha sido tradicionalmente el rigor en la gestión de la política económica. Renunciar a esto para entrar en una subasta de rebajas fiscales imposibles con Vox, dibujando curvas de Laffer como solución homeopática a la falta de rigor (cambiar, como se ha dicho, “a los TECO por tertulianos”) es un disparo en el pie que no podía resultar gratuito.

Como también ha sido un error de los populares desenterrar temas como el del aborto, que electrifican a los dos extremos: a la derecha más conservadora (que interpretó como una traición que el PP no modificase la vigente ley cuando tuvo mayoría absoluta para hacerlo) y a la izquierda, que lo enmarca con sencillez como un ataque a los derechos de las mujeres. El tema del aborto al que menos importa es precisamente al votante tradicional de los populares.

¿Cuál es la segunda vía para la derecha francesa, según Lilla? Como los buenos artículos, el de Lilla sorprende por imprevisible. En 2012, ante la propuesta del Gobierno del socialista François Holland de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, se organizó un movimiento de protesta (La Manif Pour Tous) que llegó a reunir más de 300.000 personas en las calles de París, en un ambiente festivo que recordaba más a mayo del 68 que a las protestas violentas e histéricas de la extrema derecha. Se trata de un movimiento profundamente conservador, de raíces católicas, orgánico más que individualista (denuncian la “adicción a internet” de los más jóvenes, y el individualismo egoísta que genera), pero también ecologista, muy concienciado medioambientalmente, y que reivindica la Francia rural y las ciudades pequeñas frente a las grandes urbes.

Que este conservadurismo haya brotado en Francia, un país donde el debate político es radicalmente laico (incluso el Frente Nacional lo es), es tan poco probable como que en unas elecciones donde Vox y PP mantenían una acalorada competición por ser más de derechas, muchos votantes conservadores hayan optado en cambio por Ciudadanos. Porque la derecha española siempre ha sido religiosa, tradicional, orgánica y con la mirada hacia dentro. En cierto modo, Ciudadanos es una enmienda a la totalidad de todo ello: un partido que nació definiéndose como socialdemócrata, que es laico e individualista y tiene una clara vocación globalista. Su único punto de conexión con los planteamientos más clásicos de la derecha española ha sido la defensa de la unidad nacional frente al desafío independentista catalán. Pero incluso en esto la unidad defendida por Ciudadanos es más constitucional que histórica.

¿Acaso está surgiendo también en España una segunda vía para la derecha? Una derecha difícil de definir, mestiza, que bebe de varias fuentes, moderna en ciertos aspectos, tradicional en otros. El propio Lilla utiliza una cita de Gustav Mahler en su artículo: “La tradición no es el culto a las cenizas, sino la transmisión del fuego”. Pues eso: quizá Vox y PP se han empeñado en competir por las cenizas de la derecha, y se han olvidado de que lo verdaderamente importante es saber transmitir cómo se enciende el fuego.

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