La izquierda cínica y la derecha tornadiza

¿A quién le va a ir mejor, a la derecha aceptando los bandazos ideológicos o a la izquierda rebajando los estándares morales de sus dirigentes?

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez (i), recibe al líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez (i), recibe al líder del PP, Pablo Casado. (EFE)

Hubo un tiempo en el que se decía que el votante de izquierda perdonaba los pecados políticos (defender, por ejemplo, “OTAN de entrada no” para terminar haciendo lo contrario), pero no los personales (como podría atestiguar Pilar Miró si todavía estuviese entre nosotros); en cambio, el votante conservador se comportaba al revés: disculpaba las venalidades personales (los casos de corrupción se blanqueaban en las urnas), pero no las políticas, los bandazos ideológicos. ¿Podría suceder que, también en esto, nuestro panorama político se hubiese dado la vuelta como un calcetín? Hay indicios de que efectivamente así sucede: que la izquierda se ha vuelto cínica y la derecha tornadiza.

Empecemos por la derecha. Fraga, testarudo políticamente (de él se dijo, con cierta mala uva, que "le cabía el Estado en la cabeza"), Aznar, castellano recio, y Rajoy, con su perenne pausa gallega, se parecían entre sí tanto como un huevo a una castaña. Pero todos tenían algo en común: eran, políticamente, líderes previsibles. De los que marcan un rumbo y se dirigen hacia él sin mover el timón ni para aprovechar la fuerza de las olas. Aunque les costase llegar a puerto siete años y tres elecciones (como fue el caso tanto de Aznar como de Rajoy) o, incluso, como Fraga, aunque no llegasen nunca a su destino soñado.

Tendrían aciertos y errores, serían testarudos, cabezones o incorregibles procrastinadores, pero más que en sus semejanzas, les unía lo que no eran: no eran volubles en sus planteamientos, ni mudables en sus convicciones. Aunque las condiciones atmosféricas cambiasen, ellos resistían.

Se podrá discutir si el giro ideológico que emprendió Casado tras llegar a la presidencia del PP fue o no acertado. Las fugas de votantes, la moción de censura, la presión de Ciudadanos o el aliento de Vox complicaban cualquier decisión. Pero lo verdaderamente inaudito a ojos de los votantes conservadores no fue aquel giro, sino el volantazo que ha pegado después de las elecciones. Porque en apenas unos días, el líder del PP ha pasado de ofrecer ministerios a Vox a hablar de la “ultraderecha”, y de llamar felón al presidente a estrecharle la mano con un impostado sentido de Estado. Todo ello, sin que haya mediado el más mínimo atisbo de reflexión política en el PP: simplemente, Casado ha notado el pánico de sus dirigentes regionales en su cogote, y ha debido pensar que la única manera de salvar los muebles el próximo 26 de mayo es bajar el pistón ideológico y volver (¡ay!) al sorayismo.

Nunca tuve dudas de que a Casado los votantes no le pedirían cuentas por los interrogantes surgidos sobre su expediente académico (la derecha siempre perdona los pecados personales), pero ¿le perdonarán también este pecado político, el súbito giro al centro tras los comicios? Tendremos ocasión de saberlo en las próximas elecciones europeas y municipales, si los votantes aceptan este bandazo político en la derecha con la misma facilidad con la que al otro lado del espectro político se perdonan ahora otro tipo de pecados.

¿Qué es la izquierda cínica? Es la que acepta sin inmutarse que sus líderes no son seres beatíficos, sino que tienen defectos y vicios; que hacen las mismas trampas que el resto de políticos. Confesaré que durante un tiempo había un dato de las encuestas del CIS que me tenía completamente desorientado. La valoración de los ministros del Gobierno de Sánchez caía de forma acelerada (en apenas tres meses, algunos ministros sufrieron el mismo desgaste —medido por la caída en su valoración— que los ministros de Zapatero en dos años). Sin embargo, la valoración de Pedro Sánchez apenas se movía. Este era un resultado sin precedentes en la serie histórica: en general, cuando un presidente subía en valoración, también lo hacían sus ministros y viceversa. ¿Por qué la opinión de los votantes sobre Sánchez no cambiaba aunque sí lo hiciese la del resto del Gobierno?

Todo ello se producía, además, en un contexto en el que se acumulaban en torno a la figura del presidente noticias que hubiesen puesto en aprietos a cualquiera de sus predecesores. Imaginemos por un momento que existiesen dudas sobre los títulos académicos de Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero; que alguno de ellos publicase un libro durante su estancia en la Moncloa (escrito en su mayor parte por otra persona y cuya retribución económica, por cierto, seguimos sin conocer); que tomasen un avión oficial para ir a un concierto de música acompañados de sus familias, o que sus cónyuges aprovechasen su estancia en la Moncloa para conseguir un puesto de trabajo mucho mejor remunerado. No es difícil imaginarse que la reacción de la izquierda hubiese sido furibunda. “Es inaceptable —dirían— que uno de los nuestros haga estas cosas”. “No podemos consentirlo, porque nosotros somos distintos”. La reacción, por ejemplo, que la propia izquierda tuvo contra Pilar Miró, por pecados que, en comparación con los descritos, parecerían menores.

¿Por qué estos pecados que hace apenas unos años eran imperdonables, que hubiesen sido letales de cometerlos González o Zapatero, ahora se dejan pasar sin mayor importancia? Algo parecido ha ocurrido con la polémica que rodeó la compra del chalé por parte de Pablo Iglesias. Aunque le haya pasado factura en las urnas, el resultado de Podemos ha estado lejos del desplome que algunos anticipaban. Ha bastado su desempeño eficaz en un par de debates para que Iglesias consiguiese retener gran parte de sus votantes. ¿Por qué la izquierda tiene ahora tragaderas más amplias?

Mi hipótesis es que la izquierda (o mejor dicho, sus votantes) se ha vuelto cínica. Ya no busca líderes beatíficos; se conforma con políticos que les puedan ser útiles. Ya no quiere profetas sino santurrones. La izquierda se ha pasado del 'guardiolismo' al 'cholismo'. O de JFK a Lyndon B. Johnson.

Hace poco, tuve ocasión de asistir en Twitter a otro ejemplo de este nuevo cinismo. Un antiguo investigador social, ahora político socialista a tiempo completo, argumentaba, apenas un par de horas después de la publicación de la EPA del primer trimestre, que el dato desmontaba las dudas sobre los efectos de la subida del salario mínimo.

No me voy a detener en la debilidad de sus argumentos (utilizaba datos interanuales cuando la subida del salario mínimo fue hace apenas unos meses, no utilizaba datos desestacionalizados, ni aislaba el efecto del ciclo económico y, sobre todo, los datos agregados dicen poco sobre los efectos de la subida del salario mínimo; habría que mirar los datos individuales para analizar qué ha pasado sobre aquellos asalariados situados más cerca del nuevo umbral). Lo más interesante, en mi opinión, es que estoy seguro de que todos estos argumentos eran perfectamente conocidos. Simplemente, al parecer, medir correctamente los efectos de las políticas públicas es importante cuando escribes artículos en la universidad; cuando estás en la arena política, es decir, cuando llevas a la práctica estas medidas, bastan un par de horas para formarse un juicio sumarísimo (sobre todo, cuando hay elecciones cerca). En otro tiempo, este (ex)investigador quizás hubiese aspirado a seguir el camino de Jose María Maravall (salvando las muchas distancias); habla muy mal de la situación política general que, para integrarse rápidamente en su tribu, haya optado por seguir la estela de Rafael Hernando o Martínez Pujalte.

¿A quién le va a ir mejor, a la derecha aceptando los bandazos ideológicos o a la izquierda rebajando los estándares morales de sus dirigentes? En el corto plazo, desde luego le ha ido mejor a la izquierda, que ha aprendido muy rápidamente a bajar al barro para ganar allí las elecciones. Pero, si me preguntan, creo que el vuelo tanto de unos como de otros tiene un recorrido bastante corto. Porque, en el fondo, creo que en este caso los políticos han cambiado mucho más rápido que los ciudadanos.

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