Aprobado para España, suspenso para los socialistas europeos

El presidente Macron ha sido el gran triunfador de la negociación del Consejo Europeo: ha ganado él personalmente, mientras que Pedro Sánchez ha pinchado en su primera prueba

Foto: Pedro Sánchez, en el centro, en un encuentro con los primeros ministros de Holanda, Bélgica, Portugal y Francia. (EFE)
Pedro Sánchez, en el centro, en un encuentro con los primeros ministros de Holanda, Bélgica, Portugal y Francia. (EFE)

En los cursos de negociación, se pide a los participantes que antes de entrar en faena se sienten durante media hora delante de un folio en blanco. En la parte de arriba, deben escribir su resultado deseado: lo máximo que pueden aspirar a obtener de la negociación si todas las piezas se alinean a su favor. En la parte de abajo, escriben lo que se conoce como Batna ('best alternative to a negotiated agreement'): el mínimo que se marcan en la negociación. Si no alcanzan este mínimo, deben vetar el acuerdo. El éxito de la negociación se mide por cómo de cerca esté el resultado final de la línea de arriba o de la de abajo.

En el caso de las negociaciones europeas, si se hiciese este mismo ejercicio con nuestros líderes, habría que darles no uno sino dos folios en blanco: en uno, que escribiesen el mejor y el peor resultado para los intereses nacionales de su país. En el segundo, para su propio liderazgo.

Medidos por estos parámetros, el presidente Macron ha sido el gran triunfador de la negociación del Consejo Europeo: haN ganado tanto él personalmente como su país. Alemania ha salido mejor parada que la canciller Merkel. ¿Y España? Pues mientras nuestro país ha salido con un aprobado raspado, el presidente Sánchez ha pinchado en su primera gran negociación europea.

Empecemos por Macron: casi todos los objetivos que podían estar en su imaginario folio en blanco se han cumplido. Macron ha conseguido voltear el sistema de los 'spintzenkandidats', que no por casualidad es una de las pocas figuras políticas conocida por su denominación en alemán.

El sistema consiste en que las principales familias políticas eligen 'a priori', antes de las elecciones al Parlamento Europeo, quién será su candidato a la Presidencia de la Comisión. Es un sistema promovido, a grandes rasgos, por el propio Parlamento (que de esta forma incrementa su poder institucional), por los socialistas europeos y, tras ciertas dudas iniciales, por los conservadores alemanes. Sus defensores alegan que de esta forma se refuerza la legitimidad democrática del presidente de la Comisión y por ende del colegio de comisarios. Sus detractores dicen que es una alteración del equilibrio institucional a través de un mecanismo no previsto en los tratados.

El presidente francés, Emmanuel Macron, durante las negociaciones europeas. (EFE)
El presidente francés, Emmanuel Macron, durante las negociaciones europeas. (EFE)

Macron se encuentra entre sus principales opositores. Por un lado, el sistema de los 'spitzen' prácticamente garantiza que el presidente de la Comisión sea o bien conservador o socialista, dado que estos partidos han ganado todas las elecciones europeas desde su origen. La elección por el Consejo (es decir, por los gobiernos) abre en cambio la puerta a que el presidente de la Comisión sea de una tercera familia política, como los liberales. Por este motivo, ALDE (el grupo político de los liberales en el Parlamento Europeo) no presentó un solo 'spitzenkandidat' sino varios, al contrario que los conservadores (que propusieron al alemán Weber) y los socialistas (al holandés Timmermans).

El segundo motivo de oposición del presidente francés es parecido, en su dimensión nacional más que política. Debido al sistema de elección de los 'spitzen' por parte de los grupos políticos, existe un sesgo para que los candidatos procedan o bien del partido mayoritario (como ha sido el caso de Weber) o bien de un país minoritario (como Timmermans). En esta dinámica, los candidatos franceses se ven penalizados y tienen muchas menos posibilidades de salir elegidos.

Macron ha conseguido dar un aldabonazo casi letal al sistema de los 'spitzen': si el candidato elegido para presidir la Comisión hubiese sido el socialista Timmermans (como parecía ser el caso el domingo por la noche, antes de que una revuelta interna entre los populares europeos diese al traste con este acuerdo), el sistema de los 'spitzen', aunque tocado, hubiese seguido en pie: aunque no era el candidato del partido más votado, Timmermans era al fin y al cabo uno de los 'spitzen' propuestos 'a priori', y siempre podía argumentarse que socialistas y liberales sumaban más votos que los conservadores, cubriendo de legitimidad democrática su elección. Pero en cambio el hecho de que la candidata elegida (Ursula von der Leyen) sea de la misma nacionalidad y familia política (conservadora alemán) que el candidato de los populares (Weber), es un bofetón en toda regla al sistema en sí mismo de los 'spitzen'. Tan sonoro que no cabe descartar que los parlamentarios se resistan a aceptarlo.

Macron ha conseguido la joya de la corona: situar a una francesa, Christine Lagarde, al frente del Banco Central Europeo alterando el equilibrio de poder

Macron no ha conseguido tan solo este objetivo, sino también la joya de la corona: situar a un francés (francesa, en este caso, Christine Lagarde) al frente del Banco Central Europeo. El hiperactivismo en la política monetaria desde la crisis financiera de 2009-2010 ha alterado el tradicional equilibrio de poder dentro del sistema institucional de la UE, desplazando el centro de gravedad desde Bruselas a Fráncfort, sede del BCE. Macron no solo consigue esta valiosa pieza sino que además hace casi bingo en una jugada de billar a varias bandas: desactiva al candidato que muchos consideraban natural para la presidencia del Banco Central, el alemán Weidmann, y de rebote cierra el paso a una posible candidatura de la propia Lagarde en las elecciones presidenciales francesas previstas para 2022 (situadas 'peligrosamente' cerca del fin del mandato de Lagarde al frente del FMI en 2021).

¿Cómo medir el resultado para Alemania? Como decía, mucho mejor para sus intereses nacionales que para la canciller Merkel. Por primera vez, un alemán estará al frente de la Comisión, y si se cumple el guion pactado, otro alemán (el propio Weber) estará al frente del Parlamento Europeo durante la segunda mitad del mandato. Un resultado sin duda satisfactorio para Alemania.

Pero, como decía, el resultado tiene muchos más matices para la canciller Merkel: en primer lugar, el sistema de los 'spitzen', que Merkel formalmente apoyaba (no sin algunas dudas iniciales), ha saltado por los aires. Aún más relevante es que el acuerdo para situar al socialista Timmermans al frente de la Comisión, fraguado por la propia canciller, descarriló por la división interna dentro de los conservadores europeos (principalmente de los países del denominado grupo de Visegrado), algo inconcebible cuando la autoridad de Merkel estaba en su cenit hace tan solo unos años. Y finalmente, porque pese a que la presidencia de la Comisión es una de las piezas mayores, es dudoso que la canciller alemana la prefiriese por encima del BCE, para el que el candidato alemán estaba bien posicionado.

¿Y España? Algunos rayos de luz para nuestro país, y algunas sombras en el estreno del presidente Sánchez en una gran negociación. Entre las luces, es indudable que nuestro país ha estado en el centro de la toma de decisiones, lugar que por diferentes circunstancias había abandonado a lo largo de los últimos años (crisis económica, rescate bancario, el largo periodo en funciones del Gobierno de Rajoy, o el propio apocamiento político en la escena internacional del expresidente).

También es un logro indudable el nombramiento del actual ministro Borrell al frente de la diplomacia europea, aunque este sea el 'hermano pequeño' de los puestos de relieve en el organigrama comunitario, ya que la existencia de una política exterior común europea es casi una reliquia tras la ampliación al este y la herida que se abrió, sin llegar nunca a cerrarse, con motivo de la invasión de Irak a comienzos de la década pasada. Es dudoso que el puesto de alto representante tenga un valor estratégico para nuestro país mayor que el que hubiese tenido, por ejemplo, una vicepresidencia energético-climática en la Comisión, ya fuese liderada por el propio Borrell o por la ministra española para la Transición Ecológica.

Quien ha salido con muchas más magulladoras de la negociación es el presidente Sánchez. No solo porque el resultado para nuestro país haya sido agridulce, sino porque el resultado para los socialistas europeos, a los que Sánchez ha representado en la negociación, ha sido un sonoro fracaso. No han culminado el cambio de color político que ambicionaban en la Comisión Europea después de 15 años de dominio conservador, han visto cómo quedaba enterrado el sistema de los 'spitzen' del que los socialistas eran los más fervientes partidarios, y encima han visto cómo hasta el premio de consolación de la presidencia del Consejo iba a parar a los liberales europeos.

El presidente en funciones, Pedro Sánchez, en Bruselas. (EFE)
El presidente en funciones, Pedro Sánchez, en Bruselas. (EFE)

El botín de los socialistas es ciertamente exiguo: el puesto de alto representante y la mitad del mandato del presidente del Parlamento. No es de extrañar que la presidenta del grupo parlamentario socialista, la española Iratxe García, se haya manifestado airadamente en contra del acuerdo, poniendo en evidencia la fingida satisfacción que el presidente Sánchez mostraba al anunciar el acuerdo.

¿Ha fallado algo en la posición española? Me atrevería a señalar tres aspectos: en primer lugar, por importante que fuese volver a estar en la sala de máquinas durante la toma de decisiones, en algún momento ha dado la impresión de que se le concedía más importancia al cómo (estar presente en la habitación) que al qué se decidía. No debería olvidarse la importancia del folio en blanco, de saber qué se quiere, antes de comenzar cualquier negociación.

En segundo lugar, la aproximación del presidente Sánchez a Macron de hace unas semanas parecía más inspirada por factores de política nacional española que europea. Macron ha utilizado hábilmente el acercamiento a Sánchez, mientras este no ha obtenido nada a cambio, más que un par de instantáneas con las que ponerle los dientes largos al líder de Ciudadanos, que en algunos momentos ha parecido era el verdadero objetivo de la parte española. Y, finalmente, hay un tercer factor que no puede soslayarse: un Gobierno en funciones como el español es como un animal que vuela con una de las alas atadas al lomo. Un aspecto más a tener en cuenta para aquellos que juguetean con la posibilidad de repetir las elecciones en el otoño, en esa partida de ajedrez en que se ha convertido la investidura.

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