Todos somos contingentes, menos Sánchez e Iglesias

Las conversaciones entre el líder de Podemos y el presidente del Gobierno en funciones no han llegado a buen puerto, en un proceso que bien puede derivar en unas nuevas elecciones

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias conversan en un encuentro en Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias conversan en un encuentro en Moncloa. (EFE)

“Los nombres poco importan, solo el de Sánchez”, declaró en una entrevista la vicepresidenta Calvo, en uno de esos arranques de sinceridad que de cuando en cuando tienen los políticos, cuando bajan la guardia y se les escapa una frase ajena al kit prefabricado de antemano. Porque, en efecto, en la batalla que se libra por la investidura cada vez está más claro que importan muy poco los políticos, y todavía menos las políticas. En realidad, vamos a hablar claro, solo importan dos cosas: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Imposible no acordarse de aquella escena memorable de la película 'Amanece que no es poco', cuando los vecinos aclamaban al alcalde en la plaza del ayuntamiento. Ahora también podríamos gritar con el mismo ímpetu que todos somos contingentes, menos Sánchez e Iglesias, que son necesarios.

El impúdico espectáculo que estamos viviendo en la negociación para la investidura tiene pocos precedentes en nuestra historia política, que no es precisamente inmaculada: no es que Sánchez e Iglesias estén poniendo por encima sus intereses partidistas de los generales del país (eso ya lo dábamos por descontado). Es que están dejándose arrastrar, en exclusiva, por sus intereses personales, o mejor dicho, personalísimos: uno, Sánchez, por querer seguir disfrutando de todos los fastos de la Presidencia del Gobierno, sin ninguna sombra que le altere las carreras matinales por los jardines de la Moncloa; su única preocupación parece ser preservar su propia autoridad (“solo importa Sánchez”), poder nombrar y cesar libremente ministros, y que no haya en el Gabinete ninguna otra voz que le importune o le discuta su primacía.

Solo así cabe interpretar la ristra de propuestas que han encadenado los socialistas, cada vez con menos credibilidad sobre sus verdaderos motivos: al principio defendían que solo cabía un Gobierno en solitario de los socialistas, luego se sacaron de la manga el “Gobierno de cooperación”, aceptando la representación de Podemos pero solo en los segundos escalones del Ejecutivo, y la tercera y hasta el momento última propuesta es que haya ministros de Podemos pero “sin perfil político”. ¿A qué responden todas estas fórmulas? No se engañen: a ninguna de las excusas esgrimidas por los socialistas.

No es un problema de que las fuerzas de PSOE y Podemos no sumen para alcanzar la mayoría necesaria (esta excusa se ha dejado de oír en los últimos días, ante la tozuda evidencia -hábilmente desnudada por Iglesias con su propuesta de someter a votación esta fórmula- de que sí sumarían con el apoyo de nacionalistas vascos e independentistas catalanes). Tampoco es un problema de que haya “divergencias en asuntos de Estado”, como ha dicho el presidente. ¿Cómo explicar entonces que los socialistas pacten con el PDCat en la Diputación de Barcelona? ¿Acaso no hay “divergencias de Estado” con el partido de Puigdemont? ¿O con Colau, con quien los socialistas acaban de firmar un acuerdo para compartir equipo de gobierno en el ayuntamiento de la ciudad condal? Y si fuese real el motivo de los “asuntos de Estado”, ¿por qué entonces resultan admisibles los perfiles “no políticos”?

Al parecer, si Podemos propone un candidato que esté en contra de la aplicación del 155, de la OTAN, del euro o de nuestra permanencia en la UE, sería admisible para los socialistas, siempre que no fuese ministro sino secretario de Estado (¿podría serlo por ejemplo de asuntos exteriores?). O que si es ministro, que no tenga carnet de Podemos. Todo lo demás vale. ¿Ustedes entienden algo?

Volvamos entonces los ojos al otro lado del pulso, a ver si así aumenta nuestra capacidad de raciocinio. A Iglesias, que tanta admiración exudaba por Julio Anguita (aquél del “programa, programa, programa”) parece ahora que lo de negociar programas políticos le entra por un oído y le sale por el otro. No le despierta ningún interés hablar del salario mínimo, de la reforma laboral o del control del precio de los alquileres. Por mucho que le presenten documentos con propuestas para negociar, da la callada por respuesta.

Lo único que de verdad importa es que él (ÉL, como se anunciaba su regreso después de su baja parental) sea Ministro. Todo lo demás es secundario. Todos contingentes. Si hay que renunciar por escrito al referéndum de autodeterminación en Cataluña, se hace sin dificultades, por mucho que el propio Iglesias haya estado durante años defendiendo que el referéndum pactado era la única salida para el conflicto en Cataluña. Hasta Groucho Marx se revolvería en su tumba con esta elasticidad en los principios. Todos los años transcurridos desde que el 15M irrumpiese como un huracán en nuestro tablero político, los discursos, los círculos, las asambleas, los millones de votos recibidos, todo ese caudal tenía un único destino: que Pablo Iglesias fuese vicepresidente del Gobierno. Si finalmente lo consigue, todo habrá merecido la pena. Pero si no lo hace, habremos tirado ocho años de nuestra historia política al desván. Porque no hay ninguna alternativa que merezca la pena.

Todo el caudal del 15M tenía como único destino que Iglesias fuese vicepresidente del Gobierno. Si al final lo consigue, todo habrá merecido la pena

El espectáculo, por lo demás, está alcanzando una dimensión entre lo escatológico y lo grotesco. 66 diputados socialistas firman una carta pidiendo la abstención del PP (bajo el título “Un camino difícil y honorable”), no se sabe si para subrayar la contradicción del Partido Popular por no abstenerse ahora, o la de su líder Pedro Sánchez, que en una decisión bastante menos honorable dimitió de su escaño para no tener que mancharse las manos en aquella votación. O que el mismo Sánchez proponga ahora una reforma constitucional para evitar situaciones de bloqueo en la investidura, después de que en 2016 estuviese a punto de provocar una triple repetición electoral. Sin que haya más motivo para una reforma constitucional que su insaciable apetito para gobernar en solitario con apenas 123 diputados.

Porque, digo yo, antes de reformar la Constitución, que no es precisamente un camino fácil, habría que exigirle a Sánchez agotar el resto de opciones sobre la mesa: por ejemplo, proponerle un Gobierno de coalición al PP (juntos suman 189 diputados), o a Ciudadanos (suman 180). ¿Les suena marciano, a contranatura ese acuerdo? Pues el propio Sánchez anunciaba con mucha satisfacción hace tan solo unos días el acuerdo alcanzado en Europa con conservadores y liberales para el nombramiento de la próxima Comisión Europea. ¿Por qué lo que hincha el pecho de satisfacción más allá de los Pirineos aquí ni por asomo se contempla?

Y no es la única alternativa que existe antes de apretar el botón de la reforma constitucional: Sánchez podría gobernar con Podemos y ERC (que suman también 180 diputados), aunque sea con los independentistas prestando apoyo fuera del Gobierno. ¿Una fórmula peligrosa? Sin duda. Pero no muy distinta de la que Sánchez ha utilizado en el último año, desde que ganó la moción de censura. La fórmula con la que intentó sacar adelante sus presupuestos. ¿O es que hay que reformar la Constitución porque Sánchez no quiera hacer ministro a Pablo Iglesias ni compartir los telediarios con el líder de Podemos? Es obvio que cualquier fórmula de Gobierno que implique a varios partidos es complicada, pero diría que la más pueril de todas ellas es la aspiración de Sánchez de gobernar en solitario, y pedirles al resto de partidos que reformen la Constitución para que él (también ÉL) pueda hacerlo.

Y como el esperpento va por barrios, en mitad de la negociación, o mejor dicho, antes incluso de que empiece, una de las partes se saca de la chistera una consulta a las bases para quedarse sin margen de maniobra con el que negociar. Una táctica habitual en las negociaciones, sobre todo en las que no se quiere ceder un ápice a la otra parte. Gracias a esta maniobra, esto ya son lentejas: o Iglesias es ministro, o habrá elecciones en noviembre.

Es más que probable que el líder de Podemos acabe en el Consejo de Ministros a que se repitan las elecciones, pero no hay que descartar nada

Así que, llegados a este punto, como sigo pensando que es más probable que Iglesias acabe en el Consejo de Ministros a que se repitan las elecciones -aunque no descarten nada en este juego de trileros-, solo cabe imaginarse cómo sería una reunión del próximo Gobierno con Sánchez e Iglesias sentados en la misma mesa. Uno se imagina a Iglesias estudiando en profundidad un proyecto de real decreto, y arqueando las cejas para preguntar: “Presidente, de todos los autores posibles, ¿cómo se le ha ocurrido a usted plagiar a Faulkner”. Y a Sánchez defendiéndose con un contraataque: “Es de Góngora, Pablo. Hoy traía yo cuerpo de Góngora”.

Desde fuera
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios