Casado, entre el corazón 'cayetano' y la cabeza 'arriolista'

Las dudas de Casado se parecen como dos gotas de agua a las que hace un par de años experimentaban los socialistas, cuando Podemos amenazaba el espacio político de la izquierda

Foto: La diputada popular por Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo; el líder del PP, Pablo Casado, y su secretario general, Teodoro García Egea. (EFE)
La diputada popular por Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo; el líder del PP, Pablo Casado, y su secretario general, Teodoro García Egea. (EFE)

Durante mucho tiempo, a la derecha española le pasaba algo parecido (apuesto a que esta comparación me hace consolidar algunas amistades) que al Atlético de Madrid. Ganaban la liga cada 10 años, cuando coincidía que fallaban todos los demás. En España, la derecha gobernaba cuando la izquierda, con una base social mayoritaria, se dividía (como ocurrió en 1996), se quedaba en casa (en 2011) o cuando sucedían las dos cosas a la vez (como en 2000).

Veámoslo con números: en 2008, Rajoy recibió 10,3 millones de votos. En 2011, apenas medio millón más, 10,8 millones. La diferencia entre uno y otro caso fue entre una derrota y una mayoría absoluta. Quédate quieto, le dijo Arriola a Rajoy, y acabarás siendo presidente. La derecha era como una barra fija, la izquierda una marea que subía o bajaba. En España, durante años, la derecha solo tenía un camino para gobernar: que bajasen los decibelios y el ruido. Ganar las elecciones con dormidina.

La paradoja a la que se enfrentó Aznar es la misma que han vivido todos los líderes de la derecha: si se dejaban llevar por su corazón, perdían

Para la derecha, se trataba de una batalla entre el corazón y la cabeza. Cuando desenterraba el hacha de las esencias, dejaba al desnudo la endeblez de sus apoyos. Aznar agitó la coctelera en 1996 y estuvo a punto de perder unas elecciones pese a que todas las demás circunstancias remaban a su favor (el agotamiento de los 14 años de Gobierno socialista, los escándalos de corrupción, el ciclo económico, etc.). La paradoja a la que se enfrentó Aznar es la misma que en algún momento han vivido todos los líderes de la derecha: si se dejaban llevar por su corazón, perdían (como en 1993, 1996, 2004 o 2008). Para ganar debían hacer caso a su cabeza (como en 2000 o 2011). Si las elecciones iban de guerras culturales, ganaba la izquierda por goleada. La derecha solo ganaba las discusiones tediosas. Tecos, abogados del Estado, registradores de la propiedad. Ese era el terreno más fértil para los conservadores.

Ahora le tocar el turno a Pablo Casado. El corazón le pide 'cayetanas'. La cabeza le recomienda 'arriolas'. En las elecciones generales del pasado mes de abril, apostó por las 'cayetanas' y se pegó un batacazo que estuvo en un tris de llevarse por delante su liderazgo (por cierto, si se suman los votos de PP, Ciudadanos y Vox en las pasadas elecciones, se alcanza una cifra muy parecida: unos 11 millones de votos. Los votantes siguen siendo los mismos: la diferencia es que esta vez la derecha fue dividida y la izquierda no se quedó en su casa).

En las autonómicas y municipales, el PP optó por el 'arriolismo': es decir, por agachar la cabeza y no hacer nada. Dejó de hablar del aborto, de ETA y de la inmigración. Bajó el volumen. Y como si fuese una regla matemática de la política española, bastaron unas semanas de moderación para que los populares fuesen recompensados en las urnas, recuperando gran parte del voto que se les había escapado hacia Vox o Ciudadanos.

¿Se equivoca Pablo Casado nombrando a Cayetana Álvarez de Toledo portavoz parlamentaria? Hay una regla elemental en la gestión de equipos, y es saber aprovechar al máximo los recursos disponibles. No albergo dudas de que Álvarez de Toledo es una de las parlamentarias más brillantes del Grupo Popular. Pero la cuestión es si también es como Atila, o mejor dicho, como el caballo de Atila, y a su paso la hierba deja de crecer. Cayetana se ha convertido en una especie de icono pop para la izquierda española (una némesis de lo que representa Manuela Carmena entre los votantes conservadores). Su simple presencia despierta pasiones y tempestades. Y seguramente la mayor virtud de un portavoz parlamentario es servir para un roto pero también para un descosido. Porque puede ser necesario cambiar de estrategia a mitad del partido, y lo ideal es hacerlo sin tener que cambiar de caballo. Los portavoces deben saber jugar al ataque o a defender, según manden las circunstancias.

En el fondo, las dudas hamletianas de Pablo Casado se parecen como dos gotas de agua a las que hace solo un par de años experimentaban los socialistas, cuando Podemos amenazaba el espacio político de la izquierda. También entonces, la reacción socialista fue la propia de los animales heridos, la búsqueda de las esencias ('Somos la izquierda', rezaba el lema del congreso que repuso a Pedro Sánchez). ¿Fue aquella estrategia un acierto o un fracaso? Según se mire.

Como estrategia política, fue un fracaso. El PSOE nunca recuperó apoyo entre los votantes que se habían marchado a Podemos por la apelación a las esencias de la izquierda. Al contrario, la reelección de Pedro Sánchez no frenó la sangría socialista, cuyo porcentaje de apoyo siguió en erosión acercándose peligrosamente a la barrera del 20%. Pero, al mismo tiempo, la experiencia de Sánchez, especialmente a partir de su llegada como un relámpago a la Moncloa a través de la moción de censura, demuestra también que la memoria de los votantes es tan corta como la de los inversores.

La apelación a las esencias no funcionó como estrategia política pero sí como maniobra militar

Los mismos votantes de izquierdas que hace poco más de un año renegaban de los socialistas, parecen haber olvidado que el partido de Sánchez es el mismo de la reforma del artículo 135 de la Constitución, o el de los recortes. La apelación a las esencias de Sánchez no funcionó como estrategia política pero sí como maniobra militar. Porque hizo posible una moción de censura que con otro candidato (o incluso con el mismo Sánchez en 2016) no hubiese sido posible. Fue su vía crucis —su caída de la secretaría general y la desigual batalla contra el aparato durante las primarias— lo que sirvió de expiación de los pecados socialistas y permitió que el resto de la izquierda le diese un cheque en blanco en la moción de censura.

¿Busca algo parecido Casado? Desde luego, es improbable una combinación astral parecida a la moción de censura. Pero tal vez dentro de pocos meses ser 'auténtico' valga su peso en oro (como le ocurrió a Sánchez durante la moción de censura). ¿De qué escenario se trata? Imaginemos que el PP hubiese presentado un candidato 'arriolista' en Madrid. Nunca hubiese conseguido concitar el apoyo que va a convertir a Díaz Ayuso en presidenta autonómica la próxima semana. Tal vez después de noviembre, Casado viva su particular 'moción de censura', su 'momento Cayetana' o 'Díaz Ayuso'. Solo entonces lo sabremos. Es lo que tiene la política, que, como el fútbol, se comenta mucho mejor hacia atrás que hacia adelante.

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