La gemación política de la nueva Isabel de Trastámara

Es más probable que haya nacido una estrella mediática que política. Aunque a alguien que se compara con Isabel la Católica, si algo le falta, no es exactamente ni hambre ni ambición

Foto: El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, felicita a la candidata del PP a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tras su discurso de la primera sesión del pleno de investidura. (EFE)
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, felicita a la candidata del PP a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tras su discurso de la primera sesión del pleno de investidura. (EFE)

En el mundo político, como en el animal, hay muchos tipos de reproducción. Está la típica reproducción de los mamíferos, en la que se fusiona la información genética de varios individuos. Así fue por ejemplo la transición en el PP entre Aznar y Rajoy. Varias corrientes internas se unieron en el líder gallego, una especie de síntesis de todas las sensibilidades de los conservadores, amamantado desde años atrás en el regazo del aznarismo.

Está también la reproducción por esporas, que es más típica de los socialistas. Cada cierto número de años, por una mezcla de instinto de dispersión y de supervivencia, el PSOE genera varios organismos autosuficientes: un Zapatero, un Madina, una Chacón o un Pedro Sánchez. Cada uno de ellos representa un proyecto en sí mismo. Los socialistas se juegan el liderazgo a los dados, en primarias abiertas o congresos a cada de perro. Cuando estos terminan, sea cual sea el resultado, se arremolinan en torno al caballo ganador, al que entregan su cuerpo y su alma. Y no les suele ir mal a los socialistas con esta estrategia de venderse al diablo una vez por lustro.

La gemación política de la nueva Isabel de Trastámara

El PP madrileño ha descubierto un nuevo tipo de reproducción política: la gemación. Se ha cortado un brazo (todavía no está claro si el brazo sano o el enfermo) de un proyecto que acumulaba varias décadas, acosado por los casos de corrupción política e institucional. Y de este brazo, de este trozo orgánico, aspiran a que vuelva a brotar un proyecto hegemónico en toda España.

La elección de Díaz Ayuso como nueva presidenta autonómica (todavía por determinar si será en primera o segunda ronda) es la primera gran victoria de Pablo Casado al frente de los populares, mucho más que la rocambolesca elección de Juan Manuel Moreno como presidente andaluz el pasado mes de enero. No solo porque Ayuso sea una 'pata negra' de la factoría Casado (Moreno había apoyado a Sáenz de Santamaria en las primarias populares) sino también porque el caso de Madrid ejemplifica la jugada que anhela Pablo Casado: una expiación sin purgatorio. Un baño purificador en el río Jordán sin la penitencia de pasar a la oposición. Si el PP de Madrid ha sido capaz de lavar la ropa sucia en casa y presentar un nuevo proyecto político sin necesidad de abandonar el Gobierno (a pesar de que la sombra de la imputación se cierne sobre varios de sus exdirigentes), ¿alguien puede pedirle al PP nacional que asuma mayores cotas de responsabilidad?

El peaje que han pagado los populares es mínimo: un Gobierno de coalición con Ciudadanos, más parejo en organigrama que en poder efectivo real (los populares gestionarán la mayor parte del presupuesto), y un acuerdo etéreo con Vox, cuya significación práctica está lejos de estar clara. Perder Madrid hubiese significado un terremoto para los populares. Nunca evitar Pearl Harbour resultó más barato.

Para Ciudadanos, la operación en Madrid tiene un riesgo mucho más alto. Apuntalar un Gobierno con tantas hipotecas socava el discurso regeneracionista que no hace mucho tiempo constituía el pilar fundamental de la estrategia de los naranjas. Abandonada esta bandera, solo queda la de disputar el liderazgo en el terreno conservador con los populares. Y es muy dudoso que la mejor forma de conseguirlo sea ceder el asiento del piloto. Tal vez Ignacio Aguado, vicepresidente 'in péctore' del nuevo Gobierno madrileño, tenga en mayor consideración su talla política que la de Díaz Ayuso, y confíe en hacer valer esta ventaja en los próximos años. Pero es discutible que así lo entiendan también los madrileños. Sobre todo porque el púrpura del poder suele regalar varios puntos de popularidad, como hemos visto en el último año.

La gemación política de la nueva Isabel de Trastámara

Y no menos arriesgada es la estrategia de Vox. Apoyar un Gobierno desde fuera puede tener réditos electorales, como demostró Ciudadanos en la pasada legislatura tanto en Andalucía como en Madrid. Pero hacerlo mientras al mismo tiempo se aspira a ejercer un papel de oposición vigilante es una cuadratura del círculo de difícil ejecución. Desde luego, no le está funcionando hasta ahora a Vox en Andalucía, donde como oposición es débil aunque chillona, y como socio de Gobierno, dócil y domesticado. Pese a que el perfil de los líderes de Vox en Madrid está varios cuerpos por encima de Andalucía, las dificultades para llevar a buen puerto esta estrategia son parecidas.

Una última cuestión es preguntarse si ha nacido una estrella. ¿Está llamada Díaz Ayuso (o Ignacio Aguado) a desempeñar retos mayores en la política española? Boris Johnson, actual primer ministro británico, fue antes alcalde de Londres durante ocho años. Como también lo fueron Jacques Chirac (alcalde de París antes que presidente francés) o Willy Brandt (alcalde de Berlín antes que canciller). En un Estado tan descentralizado como el español, resulta sorprendente que la política territorial no sea una cantera de líderes nacionales. De los siete presidentes del Gobierno de nuestra etapa democrática (Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy y Sánchez), solo Aznar fue antes presidente autonómico (Rajoy también tuvo una breve carrera en el Gobierno autonómico gallego, aunque tanto Rajoy como el propio Aznar, sin embargo, saltaron a la política nacional muchos años antes de llegar a la Moncloa).

En un Estado tan descentralizado como el español, resulta sorprendente que la política territorial no sea una cantera de líderes nacionales

En España, y esto es lo singular, es mucho más fácil llegar al liderazgo nacional siendo diputado raso (como Sánchez o Casado) que presidente autonómico. Singular porque ser diputado raso no significa prácticamente nada (hace unas semanas, Pablo Simón señalaba con acierto los precarios poderes del Parlamento español) mientras ser presidente autonómico significado mucho (en cuanto a gestión de presupuesto público).

Esta anormalidad española tiene varias consecuencias: que los lideres nacionales asumen sus responsabilidades sin apenas experiencia previa de gestión, y que los barones territoriales no suelen abandonar sus reinos de Taifas por un futuro incierto (la negativa a hacerlo de Núñez Feijóo ha sido el último ejemplo). Así que es más probable que haya nacido una estrella mediática que política. Aunque a alguien que se compara con Isabel la Católica, si algo le falta, no es exactamente ni hambre ni ambición. Así que, por si acaso, no dejen de mirar a la nueva señora de Trastámara.

Desde fuera
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios