La inmigración, el 'debate dormido' en España

En pocos temas como el de la inmigración el panorama político está más alejado de nuestros vecinos europeos, pese a que a día de hoy es el eje más importante del Viejo Continente

Foto: Migrantes del Open Arms, durante su desembarco en Lampedusa. (Reuters)
Migrantes del Open Arms, durante su desembarco en Lampedusa. (Reuters)

En pocos temas como el de la inmigración el debate político en España está más alejado de nuestros vecinos europeos. La inmigración es probablemente, a día de hoy, el eje más importante de la discusión política en el Viejo Continente. Ha hecho caer gobiernos y ha roto coaliciones a izquierda y derecha. En algunos países, ha redibujado el mapa político de arriba abajo. En Italia, ha catapultado la Liga Norte de Matteo Salvini (un partido que solo tenía una implantación territorial) a liderar las encuestas a nivel nacional, uno de los quebraderos de cabeza que nos aguardan a la vuelta del otoño.

La inmigración explica el largo dominio de Fidesz en Hungría (Viktor Orbán va camino de cumplir una década al frente del Gobierno), y en Alemania ha provocado las mayores grietas en el bloque conservador en medio siglo de coalición, provocando el relevo de Angela Merkel al frente de su partido. La inmigración está detrás de las dificultades para la formación de un Gobierno en Bélgica o en Holanda. En Francia, ha hecho saltar el sistema político de la V República por los aires, dando luz a un bipartidismo de nuevo cuño (Macron y Le Pen) en donde es difícil rastrear los patrones clásicos de izquierda y derecha, salvo precisamente en lo relativo a la inmigración. En los países nórdicos, la presión demográfica en las ciudades está poniendo en tela de juicio los modelos del Estado de bienestar, algunos de cuyos elementos se pusieron en pie varias décadas atrás. Polonia, República Checa, Eslovaquia, Austria. El Brexit. Lo excepcional hoy en Europa es que la inmigración no sea el factor determinante de la discusión política.

Y no es por casualidad: los movimientos migratorios a lo largo de la historia han sido el germen de grandes transformaciones políticas, tanto en las regiones de origen como de destino, desde la revolución neolítica a la era de los descubrimientos, desde las grandes emigraciones europeas durante la Revolución Industrial al éxodo desde los países menos desarrollados en la segunda mitad del siglo XX.

¿Y en España? En España, el debate sobre la inmigración está en sordina. No existe. Es una batalla cultural más, donde no se discute sobre las políticas sino sobre las imágenes. Para la izquierda, es una forma de exhibicionismo moral, que le permite una vez al año (coincidiendo con el aumento de los flujos migratorios durante el verano) recordar a sus votantes su innata solidaridad, mientras el resto del año aplica la misma política que sus antecesores, conscientes de nuestra delicada situación estratégica y de los riesgos de que otros países hagan 'free-riding' de una política más aperturista.

El Open Arms, en el puerto de Lampedusa. (Reuters)
El Open Arms, en el puerto de Lampedusa. (Reuters)

El presidente Sánchez, incapaz de moverse en otro horizonte temporal que los réditos electorales del próximo minuto, de dejar pasar una oportunidad con la que ordeñar votos, ha hecho gala, otra vez, de esa mezcla de narcisismo e improvisación que ha convertido en su sello de actuación política, dando instrucciones tan confusas como personalísimas en la crisis sobre el Open Arms (“He indicado que se habilite el puerto de Algeciras”, escribió en Twitter) del mismo modo que hace un año hiciese con el Aquarius (imposible olvidar este pasaje de su 'Manual de resistencia': “A mí, personalmente, el haber salvado la vida a 630 personas...").

Y, mientras tanto, la derecha española, incapaz también de aproximarse al fenómeno migratorio si no como a una bandera más (Vox lo hace propagando falsos bulos sobre la inmigración), balbucea algunas críticas a la improvisación gubernamental, con la boca pequeña de quien sabe que cualquier crítica a un Gobierno que presume de salvar vidas “personalmente” será caricaturizada como cruel y despiadada.

No es, como es lógico, el cortoplacismo político el único motivo de la ausencia del debate en España. Tampoco, como a menudo se escucha, el escaso peso de la población extranjera en nuestro país, que con un 12,9%, según Eurostat, se sitúa por encima de otros países donde el debate ha alcanzado toda su plenitud (como Francia —12,1%—, Países Bajos —12.5%— o Italia —10%—).

Quizás haya que buscar otro tipo de explicaciones, como la configuración de nuestro Estado del bienestar, menos prestacional —y por lo tanto, menos competitivo— que el de otros países europeos, como Francia o los Países Bajos. O tal vez sea por la extraordinaria plasticidad de la sociedad española, capaz de incrementar su población en casi un 20% en poco más de una década sin apenas tensiones, y lo que es más notable, de superar una de las peores crisis económicas de nuestra historia sin dejar aflorar estas tensiones.

La cubierta del Open Arms, antes del desembarco. (Reuters)
La cubierta del Open Arms, antes del desembarco. (Reuters)

O quizá pese entre nosotros la memoria de tantas familias que emprendieron el camino inverso hace apenas unas décadas, la emigración forzosa (¿cuál no lo es?) por motivos políticos o económicos hacia Latinoamérica, Europa o dentro de España, desde las zonas agrícolas a las industriales.

Sea cual sea el motivo, nada hace presagiar que estaremos eternamente guarnecidos de un debate que se ha abierto en canal en casi todos los países europeos. Y cuando este llegue a nuestras fronteras, deberíamos empezar a responder algunas preguntas que hasta ahora permanecen en el aire: por ejemplo, qué política de inmigración defendemos, si la edulcorada de los tuits presidenciales o la 'realpolitik' del ministro del Interior; quiénes son nuestros aliados europeos y por qué; si estamos dispuestos a establecer reglas claras y realistas en la inmigración regular para combatir eficazmente la irregular; qué niveles-objetivo de inmigración son necesarios de acuerdo con la evolución esperada de nuestra pirámide poblacional, y, en función de estos niveles, cómo planear los ajustes necesarios en los diferentes pilares de nuestro Estado del bienestar: sanidad, educación, integración social, desarrollo urbano.

En definitiva, un ejercicio que debería ser obligatorio en materia de políticas públicas: analizar, planear, reformar y ejecutar. La inmigración es un reto demasiado serio para dejarlo al albur del 'community manager' de la Moncloa. Los tuits con frases vacías sobre la solidaridad del Gobierno son el reverso de los bulos malintencionados que solo buscan hacer prender el virus de la xenofobia. Necesitamos algo más en materia de inmigración: un Gobierno con un horizonte de al menos cuatro años, capaz de convocar a las fuerzas de la oposición para articular una verdadera política de Estado. Un Gobierno que deje de regatear y empiece a mirar hacia adelante.

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