Neymar, la investidura y la 'zona Cesarini'

Hay quien dice que los partidos consisten en un entremés de 85 minutos y una competición de cinco. El objetivo es llegar vivo a esos minutos finales y entonces aguantar hasta el final

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)

Durante un tiempo, me estuve preguntando qué maldita manía llevaba a algunos equipos de fútbol a retrasar sus fichajes hasta el último día del mercado (en España, la ventana para fichar se cierra la medianoche del 2 de septiembre). Al dejar todo para el último minuto, cualquier traspiés puede acabar en estropicio. Por ejemplo, que no funcione el fax que debe enviar los contratos (algo que de hecho pasó hace algunas temporadas).

Año tras año se repite el mismo guion: durante semanas, los periódicos deportivos acumulan portadas sobre el culebrón del verano (este año le toca a Neymar). Y justo sobre la bocina, el enredo se resuelve en una dirección, normalmente la que desde el principio ya parecía la más previsible.

Con la ('non-nata') investidura, pasa algo parecido. Desde que fue rechazada la candidatura de Pedro Sánchez el pasado 25 de julio, hemos entrado en un compás de espera. Ha transcurrido más de la mitad de los dos meses de prórroga que la Constitución prevé hasta la convocatoria automática de unas nuevas elecciones sin que pase prácticamente nada. Y o mucho me equivoco, o seguiremos en este estado de latencia hasta pocos días antes del próximo 23 de septiembre, cuando volveremos a vivir unos días frenéticos antes de que venza el plazo para la negociación.

Neymar, la investidura y la 'zona Cesarini'

Para cualquier espectador, esta dinámica resulta incomprensible, sobre todo porque el caótico proceso negociador del mes de julio fue uno de los principales motivos de ruptura entre los dos socios 'prioritarios'. Los socialistas se resistieron a una coalición con Podemos prácticamente hasta el último minuto. La aceptaron sin mucho entusiasmo, seguramente forzados después de que Sánchez dijese que la presencia de Iglesias era el mayor escollo en la negociación y este aceptase el envite retirándose de la escena. Pero esto sucedió tan al límite (apenas unos días antes de la sesión de investidura), que más que una negociación aquello fue una pelea a gritos entre dos novios que nunca habían estado convencidos de contraer matrimonio.

La inacción de los partidos desde entonces es una palada de arena más en la zanja abierta entre políticos y ciudadanos, que, de acuerdo con las encuestas del CIS, constituye una de las principales preocupaciones de los españoles, situándose en máximos históricos. Se mire por donde se mire, resulta incomprensible que los partidos políticos no quemen hasta el último cartucho antes de evitar el bochorno de unas nuevas elecciones. Las elecciones repartieron las cartas con las que los políticos deben jugar. O PSOE y Podemos se convencen de que deben jugar juntos, o deberían buscar nuevas parejas. Lo que no nos va a sacar de este limbo es cruzarse de brazos y no hacer nada.

Las elecciones repartieron las cartas con las que deben jugar. O PSOE y Podemos se convencen de jugar juntos, o deberían buscar nuevas parejas

Uno de mis primeros jefes, que había probado la fruta de la actividad política durante un breve periodo antes de dedicarse a casi todo lo demás, solía decir que una de las cosas que no entendía de la política es por qué todo lo importante tenía que suceder de noche. Por qué las reuniones se alargaban hasta la madrugada. Bastaba —decía— con empezar a negociar más temprano, para que todos pudiesen dedicar unas horas más tanto a dormir como a sus familias.

En realidad, cuando algo sucede muchas veces, tanto en el fútbol como en la política, deja de ser una excepción para convertirse en un patrón. No se trata de que los clubes de fútbol arrastren los pies con los fichajes, ni que la política esté formada por noctámbulos incorregibles (o tal vez sí, pero seguramente sea un efecto secundario de dedicarse a la política). Un dirigente político me comentaba pocos días antes de la investidura fallida en julio: “Están llevando la negociación hasta el límite. Que es lo que hay que hacer en estos casos”.

En efecto, alargar las negociaciones hasta el último instante es una táctica negociadora bastante común. Ocurre que lo que se conoce como BATNA (la mejor alternativa en caso de fracaso de las negociaciones) puede ser muy distinto para cada una de las partes. El PSG, por ejemplo, puede verse obligado a quedarse con Neymar, un trago más duro que el de no colmar las ilusiones de los aficionados de Barcelona o Madrid de fichar al astro brasileño.

Sánchez es el que tiene más que perder. Si va a unas nuevas elecciones, se arriesga a perder una presidencia que le costó un vía crucis conseguir

¿Cuál es el BATNA en el caso de la investidura? Sánchez es el peor colocado, porque es el que tiene más que perder. Si va a unas nuevas elecciones, se arriesga a perder una presidencia del Gobierno que le costó un vía crucis conseguir (dos victorias en las primarias socialistas, dos derrotas en las elecciones generales, la carnicería del comité federal socialista y un largo etcétera), además de una carambola en la moción de censura. Si fuese el PSG, diríamos que no se arriesga solo a tener que quedarse con Neymar en su equipo, sino a descender a la segunda división francesa.

¿E Iglesias? Su BATNA es algo menos sombrío: puede ir a unas elecciones y perder gran parte de sus actuales 42 diputados. Pero incluso si cae a la mitad, su posición no cambiará demasiado: la izquierda de la izquierda, seguirán estando en la oposición, y tal vez puedan seguir siendo necesarios para que los socialistas alcancen la mayoría absoluta. Lo que tal vez pierdan los votantes de Iglesias, como Madrid o Barcelona en el fichaje del verano, sea la ilusión que les vendieron durante tantos meses, la posibilidad de entrar en un Gobierno de coalición. Pero siempre es mejor perder sueños que realidades.

En el fútbol (disculpen si hoy me estoy excediendo al estirar la analogía entre fútbol y política) se conoce como 'zona Cesarini' a los últimos minutos de un partido: Cesarini fue un delantero argentino que marcaba casi todos sus goles en esta franja, sin dar oportunidad de reacción a los adversarios. Hay quien dice que los partidos en realidad consisten en un entremés de 85 minutos y una competición de cinco. Que el objetivo es llegar vivo a los minutos finales y entonces aguantar mientras la moneda se lanza al aire. Este mismo parece ser el camino que han decidido tomar Sánchez e Iglesias. Veremos cuál de los dos resiste mejor las curvas en los metros finales.

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