Ordeñando el Leviatán: la última oferta de Sánchez a Iglesias

Sánchez afirma no fiarse de Podemos para dirigir el Ministerio de Igualdad, pero sí para que se pongan al frente de organismos independientes como la CNMV o Competencia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un desayuno en Madrid. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un desayuno en Madrid. (EFE)

Dice Víctor Lapuente en 'Organizando el Leviatán', que igual de importantes son los buenos políticos como los buenos burócratas. Los países con las mejores administraciones públicas no son, por supuesto, aquellos con estructuras muy politizadas, que cambian de arriba abajo con el color político de cada Gobierno, como ocurre en México o en la España de la 'cesantía', que tan bien describiese Larra.

Ordeñando el Leviatán: la última oferta de Sánchez a Iglesias

Pero tampoco los casos opuestos, los sistemas corporativistas en los que los funcionarios de carrera controlan por completo la Administración, como en Francia o Japón. Lo importante, defiende Lapuente, es preservar un punto intermedio, y hacerlo además de una determinada manera: en primer lugar, que burócratas y políticos tengan sistemas de acceso abiertos y no cerrados. Y también que unos y otros tengan carreras claramente separadas. Digamos que la culminación de la carrera de un funcionario sea llegar a director general o secretario de Estado, pero nunca a ministro, y viceversa, que los políticos no aspiren a convertirse en directores generales.

En España, ocurre exactamente lo contrario: muchos funcionarios tienen carreras políticas, mientras muchos políticos codician puestos de perfil técnico cuando llega al poder su partido político.

Para los funcionarios que terminan haciendo carrera política, se trata más de una obligación que de una elección. En España ya no hay cesantías, pero tampoco hay secretarios de Estado que repitan cuando cambia el color del Gobierno, y los directores generales que mantienen su puesto son muy excepcionales (en otros países ocurre al contrario, incluso al más alto nivel: Barack Obama, por ejemplo, mantuvo al ministro de Defensa secretario, en inglés de Bush en su puesto). Los funcionarios quedan estigmatizados de por vida por haber colaborado con un Gobierno socialista o con uno popular.

Barack Obama y, a su derecha, Robert Gates, secretario de Defensa también con Bush. (Reuters)
Barack Obama y, a su derecha, Robert Gates, secretario de Defensa también con Bush. (Reuters)

Difícilmente, los que han sido altos cargos con un partido pueden aspirar a un puesto de relevancia con un Gobierno de color contrario. Así que no les queda mejor remedio que 'politizarse', imbricarse más a fondo con un partido, o guarecerse en una madriguera (los más afortunados, en una oficina comercial) y esperar a que regresen los que, les guste o no, se han convertido en los 'suyos'.

Y si esto ocurre, es precisamente porque también sucede el fenómeno contrario: que diputados, alcaldes o 'políticos de profesión' colonizan la Administración pública tras cada cambio de Gobierno. No solo en puestos 'políticos' sino en aquellos otros de perfil más técnico. Un ministro español tiene carta blanca para elegir no solo a sus secretarios de Estado sino también a los directores generales de su ministerio. Algunos nombran 'políticos profesionales', otros funcionarios 'afines'. Da igual.

Lo que pervierte el sistema es que el ministro pueda poner patas arriba el ministerio con cada cambio de Gobierno. Es lo que acaba 'politizando' a los funcionarios, y despertando el apetito por puestos técnicos de los políticos. Y son estas manos libres para hacer y deshacer a su antojo lo verdaderamente excepcional de España. Un comisario europeo, por ejemplo, no se atrevería nunca a cambiar a sus directores generales nada más ser nombrado.

Si preocupante es la realidad española, todavía lo es más grave que tomemos la dirección equivocada. No sería una sorpresa que Pedro Sánchez ignorase la tesis de Lapuente. La presidencia del Gobierno es un oficio demasiado exigente en los afanes cotidianos para poner las luces largas. Pero lo llamativo es que Sánchez sí parece conocer la tesis de Lapuente, aunque da la impresión de que la ha entendido al revés. Es la única manera de explicar su última propuesta a Iglesias para desbloquear la investidura: para el Consejo de Ministros, Sánchez no quiere perfiles políticos, sino “independientes”, “técnicos” o “profesionales cualificados”. Pero al mismo tiempo ofrece a Podemos “responsabilidades capitales en órganos no supeditados el Consejo de Ministros”. Dirigentes socialistas aclararon que se refería a la CNMV o al CIS (según la vicepresidenta Carmen Calvo) o el CGPJ (como aclaró el ministro José Luis Ábalos), entre otros organismos.

Es decir, Sánchez sí distingue entre perfiles políticos y los técnicos, aunque los sitúa en los lugares cambiados: en el Consejo de Ministros, solo admite “profesionales cualificados” (por eso veta a Podemos), mientras que en el resto de la Administración (CNMV, CIS, Comisión de Competencia o CGPJ), no tiene inconveniente en aceptar a los políticos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda a Carmen Calvo. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda a Carmen Calvo. (EFE)

¿Existe alguna otra explicación a esta aparente equivocación? Sí, aunque deja en peor lugar a Sánchez que la de que ha entendido al revés la tesis de Lapuente. ¿Por qué puede querer Sánchez técnicos en el Consejo de Ministros y políticos en el resto de la Administración?

Sobre lo segundo, los políticos en los niveles técnicos, solo cabe concluir que su visión de la Administración no es muy diferente de la que han mantenido los partidos tradicionales en las últimas décadas. Aunque hay algunos matices. En España, tenemos una trayectoria lejos de ser impecable en los nombramientos de los organismos independientes, pero ofrecer abiertamente su control a un partido político en una negociación supone cruzar un Rubicón.

Porque esto ocurre mientras se acusa a este mismo partido político de “no ser de fiar” y de no tener “madurez” para asumir responsabilidades de gobierno. ¿En qué quedamos? ¿No está preparado Podemos para dirigir el Ministerio de Igualdad pero sí puede hacerlo con la CNMV o la Comisión Nacional de Competencia? ¿A qué nivel se están degradando estos organismos?

Lo que nos lleva a la otra parte de la ecuación. ¿Por qué no quiere Sánchez 'políticos' en el Consejo de Ministros? En realidad, todos los gobiernos (incluso los que son de un único partido) son 'coaliciones'. Solía decir Alfonso Guerra que los ejecutivos de Felipe González eran una coalición “entre el PSOE y el ministro de Hacienda”, en referencia a los ministros bajo la influencia de Carlos Solchaga. También los gobiernos de Zapatero eran coaliciones entre Ferraz y los 'barones territoriales'. Y en los de Mariano Rajoy, se hablaba de los 'ministros sorayistas' y del G5.

¿Y en el Ejecutivo de Sánchez? La trayectoria de Sánchez ha sido muy particular: primero, arrasó con el Partido Socialista. A continuación, alcanzó el poder. El resultado es que, por primera vez en nuestra historia, tenemos un Gobierno que no es una coalición de distintos poderes si no la obra y gracia de una sola persona. Y la mejor manera de preservar este poder omnímodo es precisamente construir un Consejo de Ministros de 'técnicos'. Vetar los perfiles políticos, porque estos acaban aspirando a compartir el ejercicio del poder.

¿Se trata de una lectura equivocada o de un maquiavelismo desorbitado? Piensen lo que quieran. Pero lo de poner a los técnicos a hacer política, y a los políticos en la sala técnica, es un acertijo difícil de descifrar.

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