Historia de dos elecciones: por qué el 10-N puede ser un desastre político

El próximo 10 de noviembre habrá dos elecciones en España. Es una de las consecuencias de la mitosis del cuerpo electoral en dos partes prácticamente iguales: derecha e izquierda

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)

El próximo 10-N habrá dos elecciones en España. Es una de las consecuencias de la mitosis del cuerpo electoral en dos partes prácticamente iguales. Unos comicios, los de la derecha, versarán sobre la estabilidad política. Y es Pablo Casado el mejor situado para ganar esta batalla. La otra partida, en la izquierda, girará sobre el cansancio de los votantes con nuestra clase política. La duda es si engordará, sobre todo, a la abstención o al nuevo partido de Íñigo Errejón. Con este paisaje de fondo, hay dos partidos que, como diría Woody Allen, aparecen desenfocados: los socialistas ofrecen estabilidad, cuando su electorado, el de la izquierda, pide cambio. Ciudadanos, por su parte, promete curvas a unos votantes que quieren estabilidad. Veamos todo con más detalle.

Fue la imagen que parecía simbolizar el arranque de la nueva campaña electoral. Albert Rivera y Pablo Iglesias compartían un café en el Congreso de los Diputados. Óscar Puente, alcalde de Valladolid (qué poco bien le hacen a nuestra cultura política perfiles como el suyo) retuiteaba con saña la fotografía. Otro Óscar, López, escribía un artículo (que firmaba como "CEO de Paradores", cosas veredes) en el que acusaba a los nuevos partidos de "satanizar el acuerdo político". Cuatro años y muchos giros después parecía que volvíamos a la casilla de salida: ¿Vieja contra nueva política? No exactamente.

Albert Rivera y Pablo Iglesias.
Albert Rivera y Pablo Iglesias.

Como bien apuntaba Esteban Hernández hace unos días, las elecciones del pasado mes de abril fueron una excepción en lo que se refiere al alto voltaje de la cuestión ideológica. El giro a la izquierda del PSOE y la irrupción de Vox pusieron el énfasis en el eje izquierda/derecha. Ninguno de estos dos impulsos, sin embargo, persiste ahora. Pedro Sánchez ha demostrado una desgana anémica para gobernar con sus socios a la izquierda. Y Vox, después de pinchar sus expectativas en las citas electorales, se ha comportado con mucho menos fiereza de la que apuntaba. ¿Cómo cambia esto el clima electoral?

Hay dos elementos fundamentales para entender el contexto en el que nos dirigimos a las urnas: uno son las expectativas económicas. Como bien ha apuntado Andrés Medina al analizar las tripas de la encuesta del CIS recién publicada, los votantes que creen que la situación va a empeorar triplican a los que piensan lo contrario. Cuando se repitieron las elecciones en 2016, la situación era exactamente la opuesta. El pesimismo económico de los votantes, reflejo de la desaceleración que ya evidencian los indicadores de la economía española, está calando entre los votantes, especialmente en la derecha, más proclives tradicionalmente a votar con una mano en el bolsillo. Pablo Casado ha apartado sin mucho ruido los elementos más heterodoxos de su propuesta económica, como Daniel Lacalle, sin apenas protagonismo en los últimos meses. Y, al mismo tiempo, Ciudadanos ha sufrido una hemorragia en su equipo económico. El resultado es una pinza que está disparando las expectativas de Pablo Casado por encima de los 100 diputados.

El segundo elemento de interés es el rebrote del divorcio de los ciudadanos con la clase política. Hasta un 45% de los votantes, según el CIS, sitúa a los políticos como uno de los tres principales problemas del país, un registro que no se alcanzaba desde 1985. El sentimiento de la antipolítica es además generalizado a todos los votantes (incluso entre aquellos que apoyan al partido en el Gobierno), con algunos datos muy significativos: entre los votantes socialistas, solo un 4% piensa que la situación política es buena, un 26% la califica de regular, y casi un 70% de mala o muy mala.

El Congreso de los Diputados, durante la fallida investidura de Pedro Sánchez. (EFE)
El Congreso de los Diputados, durante la fallida investidura de Pedro Sánchez. (EFE)

El votante de izquierda tradicionalmente se ha dejado llevar por la temperatura política más que por la económica al emitir su voto. Concurren además otras dos circunstancias que le empujan en la misma dirección: por un lado, que gran culpa del bloqueo político, que nos ha conducido a unas nuevas elecciones, proviene de la incapacidad de PSOE y Podemos por alcanzar un acuerdo. Por otro, que la única novedad política significativa en la nueva cita electoral será en la izquierda, con la irrupción del partido de Íñigo Errejón. Todos estos factores hacen pensar que si el votante de derechas votará buscando la estabilidad, el de izquierda lo hará en forma de arrebato emocional, cabreado con la incapacidad de sus líderes para ponerse de acuerdo.

¿Y por qué estos movimientos pueden conducir al desastre político? Porque el resultado puede ser un Parlamento mucho más fragmentado que el actual, y con menos posibilidades de formar una mayoría. Gustaría más o menos, pero con la configuración del Congreso recién disuelto, había tres fórmulas de Gobierno viables: la que formaban PSOE, Podemos y ERC (que sumaba 180 diputados); la de PSOE con Ciudadanos (también 180), y finalmente PSOE con PP (189). Si se confirman los resultados que apuntan las encuestas, es posible que después de las nuevas elecciones solo sobreviva la tercera fórmula, la de un Gobierno apoyado por los dos principales partidos, PSOE y PP.

Los socialistas (o sus gurús electorales) parecen no haber medido la fatiga que seis meses de desacuerdos y de descarnada lucha por el poder han provocado entre sus votantes. Quizá los socialistas pensaron que los votos que obtuvieron el pasado mes de abril eran "cautivos", que ya nunca se les escaparían. No quisieron ver que muchos de estos votantes eran "prestados", antiguos votantes de Podemos que decidieron dar una nueva oportunidad a los socialistas, azuzados por el fantasma de Vox y la perspectiva de un Gobierno "de izquierdas", que el propio Sánchez se encargó de alimentar durante la campaña electoral. Estos mismos votantes (que seguramente superan el millón) no buscan estabilidad: se revuelven en sus asientos cuando escuchan a Sánchez decir que "no podría dormir" si tuviese ministros morados. Y, por eso, lo más probable es que, o bien se queden en su casa, o decidan votar al partido de Errejón, si terminan por convencerse de que esta era la tuerca que faltaba para poder armar el mecano del gobierno de izquierdas.

Por el lado de la derecha, Casado apunta a una campaña con un mensaje muy simple: economía y "España suma" (un abrazo de oso que cada vez resulta más incómodo para Ciudadanos), "España suma" y economía. Ambos resultarán eficaces porque el electorado de derecha se encuentra en un estado anímico por completo diferente: los experimentos con gaseosa, deben pensar después de ver el resultado de dividir su voto entre tres formaciones. Ellos sí están pidiendo alguien al timón para conducirnos por las curvas que nos aguardan a la vuelta del otoño, la desaceleración económica, el Brexit, o la guerra comercial.

El estancamiento del PSOE y la división en la izquierda harán más difícil un gobierno de izquierdas. El realineamiento en la derecha hacia el PP, privará a Ciudadanos de la llave que ha tenido en esta efímera legislatura. ¿Y entonces? No queda sino mandar un saludo a los apóstoles de esta segunda vuelta electoral, los que pensaban que sería la forma de conseguir la estabilidad política que lleva tanto tiempo escabulléndose.

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