Ciudadanos y la dieta de Churchill

¿Qué pasa con Ciudadanos? Analizar la situación de la formación liderada por Albert Rivera es un ejercicio que debería empezar por reconocer que no lo sabemos con certeza

Foto: Albert Rivera, en el centro, en un acto de precampaña de Ciudadanos. (EFE)
Albert Rivera, en el centro, en un acto de precampaña de Ciudadanos. (EFE)

¿Qué pasa con Ciudadanos? Para los que comentamos la actualidad política, es sano hacer un ejercicio de humildad de vez en cuando. En el caso de Ciudadanos (en cierto modo, ocurre algo parecido con Podemos), ese ejercicio debería empezar por reconocer que no lo sabemos con certeza. Que la mirilla de nuestro análisis no está bien calibrada para medir el pulso político de los partidos nuevos. Por decirlo con claridad, que con naranjas y morados fallamos más que una escopeta de feria.

En el caso de Ciudadanos, muchos analistas auguraron su catarsis electoral después del veto a los socialistas en las últimas elecciones. Ciudadanos obtuvo entonces el mejor resultado de su historia y se quedó a un suspiro de adelantar al PP (concretamente, 200.000 votos y apenas nueve escaños). Ahora, cuando muchas encuestas auguran un batacazo para la formación de Albert Rivera, los mismos análisis se apresuran a culpar de nuevo a la negativa de Ciudadanos a apoyar a Pedro Sánchez de la caída en las expectativas naranjas, aunque para ello tengan que ignorar un dato que diseccionaba con precisión Ignacio Varela hace unos días: a Ciudadanos se le escapan muchos más votos hacia el PP que hacia el PSOE, y también muchos más a Vox que a Más País. Si el motivo es el veto a Sánchez, es difícil entender por qué los votantes naranjas se van hacia Casado o Abascal, en lugar de hacia Errejón o el propio Sánchez.

No es el único razonamiento dudoso que envuelve los diagnósticos sobre Ciudadanos: a Rivera se le ha reprochado su parálisis y cerrazón durante los meses transcurridos desde las elecciones, y desde hace unos días se le critica también su hiperactividad. Como también se le ha acusado de sobreactuar en Cataluña, antes de que el resto de partidos, empezando por el del propio presidente Sánchez, se hayan convertido a la línea más dura, buscando árnica en una demostración de fuerza sospechosamente cerca de la cita electoral.

Entonces, ¿qué pasa con Ciudadanos? Vaya por delante que, en mi opinión, nos arrepentiremos muchas veces de haber desperdiciado la ocasión de los 180 diputados que sumaban PSOE y Ciudadanos. Porque esa mayoría (la más clara de las que dibujaba el mapa poselectoral) podría haber dado paso a un Gobierno estable comprometido con una serie de reformas, económicas e institucionales, cada vez más inaplazables en nuestro país.

Pedro Sánchez y Albert Rivera, en un encuentro en Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Albert Rivera, en un encuentro en Moncloa. (EFE)

También creo, sin embargo, que las condiciones de entorno eran poco propicias para este acuerdo: un PSOE que había hecho campaña movilizando a la izquierda, mientras Ciudadanos la hizo basculando a la derecha. Dos partidos crecidos, en la cresta de la ola, después de haber obtenido un resultado más que notable en las urnas. Y dos líderes con una falta de química política palmaria. Hubiese sido extraordinario, en estas circunstancias adversas, que ambas formaciones lograsen formar un Gobierno conjunto. Aunque eso sea precisamente lo que hay que pedirles a nuestros líderes políticos. Que consigan lo extraordinario. Para lo demás, nos bastamos solos.

También creo que las culpas no se pueden repartir de manera simétrica. Al líder del tercer partido nacional no se le puede exigir lo mismo que al candidato a presidente del Gobierno. Ciudadanos no se habrá movido un ápice en estos meses. Pero, en mi opinión, la iniciativa le correspondía al candidato socialista, de quien era exigible algún paso para iniciar el deshielo. Moverse, lanzar una propuesta, cambiar el guion. No lo ha hecho. Se ha limitado a pedir los votos 'gratis' (¿qué significa eso de pedir que “no bloqueen”? ¿Cuál es su traducción en términos políticos?). Y todavía esta semana, Sánchez recibía con una frialdad polar el giro de Rivera abriéndose a negociar con los socialistas.

¿Por qué entonces cae Ciudadanos en las encuestas? Me atrevería a señalar tres motivos: el primero es un movimiento natural del electorado hacia lo ya conocido en una repetición electoral. Es inevitable, ante el bloqueo político, que algunos votantes lo asocien a la aparición de los partidos nuevos, y busquen refugio en la confortable cabaña del bipartidismo, como la casa familiar a la que se regresa en tiempos de crisis. La subida del PP en las encuestas es hasta cierto punto natural (de hecho, bastante más que el estancamiento socialista en las mismas).

El segundo motivo es el carácter pirotécnico de los partidos nuevos. En ocasiones, en política, lo mejor que se puede hacer es ponerse de perfil. Esto lo ha demostrado Pablo Casado en los últimos meses. En cambio, tanto Ciudadanos como Podemos (que todavía se ven a sí mismos como los 'mavericks' de la política española) tienen dificultades para pasar de puntillas sobre algunos temas. Las jugadas de última hora, como la oferta de Iglesias a Sánchez en la tribuna del Congreso durante su sesión de investidura (reclamando las políticas activas de empleo) o la oferta de Rivera para una abstención en el último momento, deben estar muy bien atadas para que salgan bien. De lo contrario, se corre el riesgo de que parezcan ataques de ansiedad.

Y el tercer motivo es, en mi opinión, idiosincrático a Ciudadanos. Llama la atención que cuando mejor le ha ido a Ciudadanos ha sido cuando ha incumplido su palabra (como cuando votó a favor de la investidura de Rajoy en 2016) y en cambio ahora los votantes lo castiguen por haber sido fiel a la palabra comprometida durante la campaña. Tan llamativo que seguramente no sea casualidad.

Albert Rivera, en un acto de precampaña de Ciudadanos. (EFE)
Albert Rivera, en un acto de precampaña de Ciudadanos. (EFE)

Rescataba hace unos días Mariano Rajoy, en coloquio con Felipe González, una cita de Churchill: “La dieta que mejor le sienta a un político es la de comerse sus propias palabras”. Ha sido precisamente el caso de Ciudadanos. Quizás (esta es una hipótesis difícil de testar) porque cada vez hay menos votantes de izquierdas o de derechas, conservadores o liberales. Los votantes viven bastante menos tiempo sumergidos en la política que quienes vivimos pendientes de ella. Cuando se acercan a las urnas lo hacen de una manera parecida a como gestionan sus problemas cotidianos.

Entre las muchas clasificaciones del comportamiento humano, hay una especialmente relevante en este contexto. Las personas, se dice, somos de dos tipos: están los que solo ven dificultades y problemas (los 'trouble-makers') y en el otro extremo los que siempre buscan resolver los conflictos (los 'problem-solvers'). Los primeros valoran la fidelidad a la palabra dada, el respeto a los principios. Los segundos buscan respuestas, encontrar una salida aunque por el camino haya que desdecirse mil veces.

Mi impresión es que el sustrato de votantes de Podemos lo forman los primeros, y el de Ciudadanos los segundos. El votante morado valora la persistencia, y le resulta indiferente si el resultado es el bloqueo. El de Ciudadanos, en cambio, sigue la dieta de Churchill: no castiga el cambio de criterio (la 'veleta naranja'), pero lo que no tolera es que su formación se convierta en un problema en lugar de en parte de la solución.

Y es por eso, precisamente, por lo que creo que Podemos puede aguantar en estas elecciones mejor de lo que pensaban los gurús socialistas cuando decidieron apretar el botón electoral: porque Iglesias ha demostrado que a cabezón solo le iguala el presidente Sánchez; y, también, mi impresión es que a Ciudadanos le queda una carrera cuesta arriba pero que no le debería resultar imposible recorrerla: convencer a sus votantes de que ha recuperado la torsión completa de su cintura, de que es la única formación que puede sacar algo de agua potable de este gran lodazal en que se ha convertido la política española.

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