Gobierno 'florero': lo que viene tras el 10-N

Si se confirman los vaticinios de las encuestas, no habrá mayorías ni a izquierdas ni a derechas para la formación de un Ejecutivo estable. Y ese puede ser un escenario calamitoso

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Casado, junto a la periodista Ana Blanco, antes del inicio del debate electoral. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Casado, junto a la periodista Ana Blanco, antes del inicio del debate electoral. (EFE)

Si se confirman los vaticinios de las encuestas, después del 10-N no habrá mayorías ni a izquierda ni a derecha para la formación de un Gobierno estable. En esas circunstancias, se dibujan varios escenarios poselectorales, incluida la posibilidad de una tercera repetición de los comicios. Me inclino por pensar, sin embargo, que el escenario más probable será otro: una abstención 'blanda' de Pablo Casado para facilitar la investidura de Pedro Sánchez, a cambio de unas exigencias mínimas, sin entrar a formar parte del Gobierno, manteniéndose los populares como principal fuerza de la oposición.

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¿Será un escenario positivo o negativo? Depende de para quién. Para España, para el bienestar de sus ciudadanos, para las reformas pendientes y los retos del futuro, será calamitoso. Otra oportunidad perdida, un aplazamiento más del momento de embridar la permanente huida hacia adelante en que vive la política española desde hace tantos años.

Pero para los dos partidos tradicionales, para el PSOE y el PP (y esto está pasando relativamente desapercibido en esta campaña), será una victoria rotunda, el resultado que ni en sus mejores sueños hubiesen acariciado: Sánchez tendrá por fin su Gobierno en solitario, con libertad plena para hacer y deshacer a su antojo. Recuperará lo que había disfrutado hasta abril, y lo que se ha resistido a ceder desde entonces: ocupar todo el espacio de poder. Sánchez se llevará, además, una propina: el extra de credibilidad de recabar el apoyo del principal partido de la oposición, mucho más lustroso en los cenáculos internacionales que tener colgado de la chepa a un socio tan incómodo como Podemos.

A Sánchez le faltará, eso sí, un pequeño detalle: no tendrá mayoría para gobernar. Pero ¿alguien cree a estas alturas que es eso y no lo otro —el control de su gabinete— lo que le quita el sueño? Porque este pequeño inconveniente será en realidad una bendición. Sánchez podrá dar rienda suelta a su perfil de estadista internacional (en realidad, el único oficio de gobernante por el que ha demostrado interés).

Pondrá su mejor cara de estadista, de último líder de la socialdemocracia mundial, saltará de cumbre en cumbre sin pararse en nuestro país más que a repostar. Para qué perder más tiempo sin una mayoría clara para sacar adelante los Presupuestos o cualquier otra iniciativa política de calado. Los socialistas postergarán 'sine die' no solo las reformas pendientes sino su propio programa electoral, pondrán el piloto automático para seguir gobernando como si estuviesen en funciones, de vez en cuando con mucho ruido, pero siempre con pocas nueces. Larga vida a los Presupuestos de Montoro.

Pedro Sánchez y Pablo Casado, durante el debate de este lunes. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Casado, durante el debate de este lunes. (EFE)

¿Y por qué se iba a prestar Pablo Casado a permitir este desaguisado? Porque, en el fondo, también es para él un escenario muy goloso. Si finalmente se confirma la caída de Ciudadanos, Casado habrá alejado el resuello de Rivera, que tan cerca sintió de su cogote en las pasadas elecciones. ¿Para qué arriesgar el liderazgo de la derecha, logrado casi por azar en esta feliz repetición electoral, jugándoselo a la ruleta en unos terceros comicios? Casado, en cambio, hará caso al proverbio chino: “Siéntate en tu puerta a ver pasar el cadáver de tu enemigo”. Con un Gobierno en minoría y una fuerte desaceleración económica en ciernes, Casado se sentará, en posición marianista, a esperar que llegue su oportunidad.

Solo le perturbará la nueva sombra que asoma en la derecha, la de Santiago Abascal, pero será todavía una sombra lejana. Por muy bien que le salgan las cosas a Vox el próximo domingo, todavía le separará un océano de distancia del Partido Popular. Así que Casado (al contrario de lo que pasaba con Sánchez en 2016, que sentía el acoso de Podemos mucho más cerca) podrá permitirse ahora una abstención 'técnica' en la investidura de Sánchez. Para no armar mucho ruido, será un apoyo a cambio de casi nada.

Desde luego, olvídense de que Casado entre en un Gobierno de coalición con los socialistas. A ninguno de los dos le interesaría. A Sánchez, que ya ha demostrado su alergia a compartir el gabinete, le van las exhibiciones musculosas de poder. Anunciar durante el debate en televisión quién será su próxima vicepresidenta económica, por ejemplo. O la creación de un nuevo ministerio para luchar contra la despoblación. Que suele ser la mejor receta para que parezca que se hace algo sin hacer nada. ¿Se acuerdan cuando el Gobierno de Zapatero decidió acabar con la burbuja inmobiliaria creando un Ministerio de Vivienda? Pues eso.

Y a Casado, insisto, tampoco le interesará entrar en un Gobierno presidido por Sánchez. ¿Para qué dejar todo el espacio de la oposición expedito para Abascal, a cambio del dudoso premio de convertirse en vicepresidente de un Gobierno socialista, con el riesgo además de que una fuerte contracción económica acabe también llevándoselo por delante?

Casado se abrirá a negociar solo la investidura, y nada más, poniendo condiciones que parecerán duras en apariencia, pero que serán todas de fácil cumplimiento. El compromiso de que no haya indultos en Cataluña, y tal vez la ruptura del acuerdo de gobierno en Navarra. Seguramente, condiciones muy parecidas a las que puso Rivera en el último suspiro antes de la convocatoria electoral, que aunque recibidas de forma glacial por el resto de actores políticos, tengo el convencimiento de que buscaban realmente evitar la convocatoria de elecciones (es probable que ya entonces desde Ciudadanos manejasen sondeos internos que augurasen una importante caída).

Albert Rivera, durante el debate electoral. (EFE)
Albert Rivera, durante el debate electoral. (EFE)

Del mismo modo que Rivera puso entonces esas condiciones para que Sánchez las aceptase, Casado pondrá ahora condiciones similares. Para que sean rápidamente aceptadas, para pasar de la manera más indolora el trago de abstenerse en la investidura de Sánchez, aguantando el chaparrón que previsiblemente vendrá de Vox.

España, otra vez, volverá al dulce sueño del bipartidismo gatopardiano. Parecerá que pasa algo (¡el PP absteniéndose en una investidura socialista!) pero realmente no habrá pasado nada. Unos se quedarán con el bastón de poder. Y los otros, con el siguiente turno en el reparto del Gobierno. Tan redondo todo que apuesto a que algún gurú electoral, de aquellos que siempre aciertan, intentará convencernos de que, en realidad, todo estaba planeado. Como si fuese uno de los protagonistas de aquella serie irrepetible de los ochenta, que después de que su furgoneta diese varias vueltas de campana, como si no hubiese salvado la vida por varias coincidencias milagrosas, se incorporaba y atusándose el pelo decía: “Me gusta que los planes salgan bien”.

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