Hola, PSOE: ¿queda alguien ahí?

"La autodeterminación y el separatismo solo traerán mayor fractura a una sociedad ya de por sí dividida", se decía en la resolución del comité federal del PSOE de 2015

Foto: Sánchez, en la pasada cumbre informal de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, el pasado mayo. (EFE)
Sánchez, en la pasada cumbre informal de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, el pasado mayo. (EFE)

El Partido Socialista se dispone a cruzar tres líneas rojas que se había autoimpuesto hasta ahora. Una, la formación de un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Dos, la negociación con ERC para alumbrar la investidura. La tercera es la necesaria abstención de Bildu (que si estos días no acapara las portadas es porque los socialistas han aparcado este último ingrediente hasta tener unas garantías mínimas de cruzar con éxito el segundo poste).

¿Cómo es posible que este triple salto mortal no haya provocado un huracán interno en un partido que históricamente evitaba las curvas, que se agarraba al suelo de la estabilidad política? La respuesta puede rastrearse en dos episodios del pasado reciente: los días posteriores a las elecciones de diciembre de 2015, y la negociación sobre el relator en febrero de 2019. Repasemos brevemente ambos episodios para arrojar luz sobre el presente.

Pocos días después de las elecciones de diciembre de 2015 (recordemos, el PSOE había obtenido 90 diputados, lejos de los 123 de Rajoy, un resultado que Pedro Sánchez había calificado de "histórico" en la noche electoral ante el asombro de muchos de sus compañeros), se reunía el comité federal socialista, aprobando una resolución que reconocía en primer lugar "un mal resultado que debe obligarnos a abrir una reflexión profunda que nos lleve a mejorar nuestro partido, nuestra estrategia y nuestras políticas".

Carteles con el lema 'Haz que pase', eslogan de campaña del PSOE para las elecciones del 28-A. (EFE)
Carteles con el lema 'Haz que pase', eslogan de campaña del PSOE para las elecciones del 28-A. (EFE)

La segunda decisión era dejar la iniciativa en manos de Rajoy y anunciar el voto contrario a su investidura. "El PSOE es lo contrario del PP", se decía. En tercer lugar, se marcaban las pautas en caso de que el PP fracasase.

El PSOE se dispone a cruzar tres líneas rojas autoimpuestas: la coalición con UP, la negociación con ERC y la necesaria abstención de Bildu

“Rechazamos, de manera tajante, cualquier planteamiento que conduzca a romper con nuestro ordenamiento constitucional y que amenace así la convivencia lograda por los españoles durante estos últimos 37 años. La autodeterminación, el separatismo y las consultas que buscan el enfrentamiento solo traerán mayor fractura a una sociedad ya de por sí dividida. Son innegociables para el Partido Socialista y la renuncia a esos planteamientos es una condición indispensable para que el PSOE inicie un diálogo con el resto de formaciones políticas”.

Nos encontrábamos en diciembre de 2015. Mucho antes, por tanto, de que el desafío soberanista en Cataluña escalase varios grados, consumándose con el referéndum ilegal y la declaración unilateral de independencia (otoño de 2017). Incluso antes de aquello, para el PSOE era una línea roja no ya negociar con los independentistas (algo que nadie planteaba abiertamente) sino también negociar con Podemos hasta que este partido renunciase previamente a sus planteamientos territoriales y en particular a la consulta sobre la autodeterminación.

Saltemos ahora a febrero de 2019. Los socialistas negocian con los independentistas catalanes un acuerdo para salvar la legislatura, o al menos prolongarla hasta 2020. Las encuestas apuntan a un resultado similar al de las elecciones andaluzas. Para evitarlo, los socialistas llegan más lejos que nunca en su negociación con ERC, aceptando una mesa de partidos con un 'relator' que medie entre las partes.

La incomodidad de los barones socialistas (ante la proximidad de las elecciones autonómicas y locales) es evidente. Llevado por las muchas voces internas que le piden un posicionamiento público, el propio Felipe González hace público un vídeo en el que rechaza tanto la figura del relator como la mesa de partidos. Aquella tormenta interna entre los socialistas terminaría de forma súbita pocos días después: la manifestación de Colón la cortaría de cuajo.

En estos dos episodios se resumen la mayoría de las claves para entender el silencio actual de los socialistas. La primera, las más pedestre, es la ausencia de citas electorales en el horizonte. Los barones socialistas viven con resignación la negociación para la investidura, no porque hayan recibido tranquilizadores mensajes de Moncloa (más bien lo contrario) sino por el simple motivo de que no tienen que rendir cuentas ante sus votantes hasta dentro de cuatro años. Tiempo suficiente, deben pensar, para cauterizar estas heridas.

La segunda es la ausencia de contrapesos internos en el Partido Socialista. El liderazgo de Pedro Sánchez, en su vertiente interna, se parece al de Atila: cualquier cabeza que asoma unos centímetros corre el riesgo de ser decapitada (es justo decir que en el ejercicio del gobierno ha demostrado mayor capacidad de delegación). A menudo se escuchan criticas al 'hiperliderazgo' de los partidos nuevos (un argumento recurrente para explicar la caída de Ciudadanos, por ejemplo), pero se olvida añadir que los 'partidos tradicionales', especialmente el PSOE (Casado ha corregido su dirección inicial, recuperando algunas figuras de la etapa de Rajoy), han evolucionado en el mismo sentido a una velocidad de vértigo. A día de hoy, el juego de tronos más auténtico es el que empieza en Moncloa y termina en Ferraz.

Abascal (2i), Casado (4i) y Rivera (d), en la 'foto de Colón'. (EFE)
Abascal (2i), Casado (4i) y Rivera (d), en la 'foto de Colón'. (EFE)

La tercera explicación está en el patinazo de la 'foto de Colón'. La convergencia de los tres partidos de la derecha (refrendada después a nivel autonómico y municipal) no solo sirvió para movilizar al electorado de izquierda sino también como disolvente de todas las contradicciones internas socialistas. En mi opinión, la única de manera de salvar esta contradicción era la crítica sin cuartel de los postulados más reaccionarios de la formación de Abascal. Pero hasta ahora, tanto Ciudadanos como el PP han mostrado un excesivo comedimiento en su relación con Vox (al revés, por cierto, sucede justo lo contrario).

El cuarto motivo está también en aquellas líneas. Una pregunta que a muchos nos escuece estos días es la siguiente: ¿cómo es posible que el PSOE negocie con una formación como ERC (cuyo líder está condenado por sedición y su número dos, huida de la Justicia) antes que con PP o Ciudadanos? ¿Cómo pueden ofrecer los socialistas contrapartidas a los primeros mientras a los segundos se limita a pedirles su "abstención gratuita"?

La triste respuesta está en aquella declaración de principios: "El PSOE es lo contrario del PP". Desde hace mucho tiempo (diría que desde la segunda legislatura de Aznar), el PSOE se ha definido políticamente en negativo: desde el pacto del Tinell en 2003, pasando por el pacto del 'abrazo' con Ciudadanos en 2016, o el del 'insomnio' con Iglesias en 2019, la única constante de la acción política de los socialistas ha sido la exclusión de los populares de toda posibilidad de acuerdo.

Sánchez expresa a Rajoy su respeto como "expresidente" del Gobierno de España

La quinta razón, quizá la de más peso, es el pegamento del poder. En mayo de 2018, poco antes de la moción de censura, Sánchez buscaba no caer en la irrelevancia política, deslizándose peligrosamente hacia el umbral del 20% de apoyo. Pero el púrpura, como ya advirtió Andreotti, les sienta muy bien a los políticos. Solo con entrar en la Moncloa, el apoyo a Sánchez (también a muchos candidatos socialistas autonómicos y municipales) subió varios peldaños.

Rajoy felicita a Sánchez tras la segunda jornada de la moción de censura, el 1 de junio de 2018. (EFE)
Rajoy felicita a Sánchez tras la segunda jornada de la moción de censura, el 1 de junio de 2018. (EFE)

Gracias a ello, el PSOE ha completado un círculo con pocos precedentes: el acuerdo con Podemos y ERC, inaceptable en 2015, que casi rompe el partido en 2016 simplemente por sobrevolar como mera hipótesis, aceptado en 2018 para la moción de censura, 'en negativo', como instrumento puntual para desalojar a Rajoy, se acepta ahora 'en positivo', como la hoja de ruta de los socialistas para los próximos años.

Solía decir Zapatero que el PSOE era el partido que más se parecía a España, y quizás esta sea una trágica verdad. Porque, a lo largo de su historia, el PSOE ha intercalado luces y sombras, periodos de orgullo (como su papel a principios del siglo XX en la extensión de los derechos laborales y ciudadanos a la nueva clase industrial, o su liderazgo en la década de 1980 para la transformación social y económica de España) con otros de vergonzante bochorno (el apoyo a la dictadura de Primo de Rivera, o su negativa a entrar en el Gobierno de la República poco antes del alzamiento militar de julio de 1936, uno de los pasajes más amargos de los diarios de Azaña). Luces y sombras, exactamente como las ha habido en la propia historia de España.

Ahora, si alguien no lo evita, la que está a punto de escribirse, mucho me temo, será de tono más que grisáceo, de color oscuro, casi negro.

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