El bulo que se convirtió en Gobierno

Los giros de Sánchez resultan inocuos desde el punto de vista electoral, de un modo parecido a lo que le ocurre a Trump, que llegó a decir que podría "bajar y liarse a tiros en la Quinta Avenida"

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (Cordon Press)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. (Cordon Press)

Que Sánchez es un político con una relación bastante abierta con la coherencia y los principios políticos es asunto bien conocido. Han sido tantos y tan dramáticos sus cambios de criterio, que el cuerpo electoral ha terminado por inmunizarse contra los mismos. Hasta el punto de que los giros de Sánchez resultan (para sus propios intereses) inocuos desde el punto de vista electoral, de un modo parecido a lo que le ocurre a Donald Trump, que llegó a decir, con tanta razón como descaro, que podría “bajar y liarse a tiros en la Quinta Avenida” sin que los votantes le castigasen por ello. A Sánchez le pasa algo similar: son tan compulsivas y reiteradas sus faltas a la verdad, que los votantes han dejado de medirle por estos parámetros.

Pero que sea habitual, o inocuo electoralmente, no quiere decir que también sea inofensivo desde el punto de vista político. Sobre todo cuando, como ha sido el caso, nos hemos dejado varios jirones de nuestras instituciones en su empeño por sacar adelante la investidura.

El mejor punto de partido en este relato lo escribió el propio Sánchez (o quien lo hiciese) en su 'Manual de resistencia': “Ahora se llaman 'fake news', pero siempre se llamaron 'bulos'. Uno de los más dañinos que he sufrido en mi vida política, y ha habido varios, fue el que se difundió aquel verano de 2016 y que aseguraba que yo estaba dispuesto a pactar con los independentistas e incluso a formar Gobierno con ellos”.

La lectura de aquel capítulo de las memorias de Sánchez no tiene desperdicio: “El bulo creció hasta hacerme parecer amenazante ante mucha gente”. Sánchez se permite citar a un viejo socialista al que hoy seguramente no le dirija la palabra: “Alfonso Guerra lo explicaba con esta frase: 'Los realmente capaces de negociar somos aquellos con los principios más firmes, porque sabemos cuáles son nuestros límites'. Y yo había dado muestras evidentes de conocer los míos”.

Son tan compulsivas y reiteradas sus faltas a la verdad, que los votantes han dejado de medirle por estos parámetros

Sigamos, porque no hay puntada sin hilo en aquel relato: “En el caso de que hubiera logrado un apoyo de los secesionistas, habría tenido que encargarme el Rey que formara Gobierno. ¿Alguien cree que lo hubiera hecho sobre esas bases?”, se pregunta Sánchez. Quizá por eso, cabe decir ahora, durante las pasadas semanas ha negociado el apoyo de ERC con absoluta falta de transparencia y solo después de recibir el encargo del Rey, nunca antes. “Y en cuanto al Partido Socialista”, continúa Sánchez, “en caso de haber alcanzado ese acuerdo, el Comité Federal lo hubiera tenido que ratificar antes de la votación en el Congreso, ¿no les hubiera bastado con votar en contra?”. Seguramente, también por eso, Sánchez no tiene intención de reunir ahora al Comité Federal socialista para refrendar los acuerdos.

Pero, como decía, lo más importante, en mi opinión, no es lo diezmada que esté la credibilidad de Sánchez. Lo verdaderamente grave es el daño que ya se ha hecho a nuestro sistema institucional. ¿A qué daño me refiero? Cualquier persona que viva fuera de España conoce el resultado de años de inacción de nuestra política exterior sobre el desafío soberanista en Cataluña. Fuera de España, las mentiras del independentismo, las medias verdades y los supuestos agravios históricos han permeado la conciencia de nuestros vecinos europeos, por el simple motivo de que durante años es el único relato que han escuchado. El propio Gobierno español coincidía en este diagnóstico, y tras la llegada de Borrell al Ministerio de Exteriores, nuestro servicio exterior se lanzó a ofrecer, al menos, una versión alternativa al trucado relato soberanista. Es incalculable el daño que a esta actuación ha hecho ya la negociación con un partido, ERC, cuyo principal dirigente está condenado en firme por gravísimas actuaciones en contra de la igualdad de todos los españoles.

El segundo zarpazo contra nuestras instituciones ha venido a cuenta del ya célebre escrito de la Abogacía del Estado. No me voy a detener mucho en el fondo del asunto. Simplemente, señalar que la sentencia del Tribunal de Luxemburgo dice lo que dice (que al “preso provisional Junqueras” se le debía haber permitido recoger el acta de eurodiputado), pero respecto al “condenado en firme Junqueras” guarda silencio; mejor dicho, dice expresamente que corresponde al Tribunal Supremo determinar sus efectos (párrafo 93 de la sentencia).

Con todo, lo verdaderamente grave han sido las formas. ERC ha mantenido el suspense durante días, vinculando abiertamente su voto en la investidura con el escrito de la Abogacía, no por casualidad ni tampoco por sus efectos prácticos sobre la situación de Junqueras. Ha sido un intento deliberado de 'politizar' la vía judicial, de mandar el mensaje de que la suerte de los condenados se negocia como si fuesen inversiones o transferencias pendientes. Que todo cabe en el cambalache político, una manera de decir que las sentencias judiciales son también políticas. Que el Gobierno de Sánchez se haya prestado a participar de ese espectáculo, filtrando a ERC el informe de la Abogacía para confirmar su beneplácito antes de su remisión al Tribunal Supremo, es uno de los capítulos más vergonzantes que se hayan escrito en la política española.

ERC ha mantenido el suspense durante días, vinculando abiertamente su voto en la investidura con el escrito de la Abogacía, no por casualidad

Hay quien piensa que el PNV hará de dique para el nuevo Gobierno, que los nacionalistas vascos evitarán las veleidades más excéntricas. Permítanme dudarlo. No solo porque tengo una opinión bastante peor del papel de los nacionalistas vascos en la estabilidad política, sino porque además aritméticamente no son imprescindibles. Una vez se han roto las compuertas del voto de ERC (13 diputados) y hasta de Bildu (con cinco), el PNV deja de ser imprescindible para formar mayorías. PSOE (120), Podemos (35), ERC (13), Bildu (5) y Más País (3) suman ya 176 diputados, y aparte están los diputados de BNG, Nueva Canarias, BNG, PRC o Teruel Existe.

Así que no nos engañemos. Lo que empieza ahora es un Gobierno 'free-wheeling', que en español podríamos traducir como un Ejecutivo 'sin red'. No habrá apenas diques ni internos ni externos para este Gobierno: dentro del PSOE no los hay. Los socios de gobierno no van a moderar su actuación, sino todo lo contrario. Y hasta la que podríamos llamar conciencia crítica del socialismo (da para otro artículo el silencio de muchos columnistas y opinadores con lo ocurrido en los últimos días) está adormecida, tal vez porque haya concluido (una de las grandes jugadas políticas de Sánchez) que todo lo situado a la derecha del PSOE es equivalente a Vox. El nuevo Gobierno solo estará constreñido por su general sometimiento a las normas y al ordenamiento constitucional. Pero este es un perímetro amplísimo, sobre todo cuando varios de los socios tienen el objetivo declarado de romperlo.

En uno de los mejores capítulos de las primeras temporadas de la serie de televisión 'El ala oeste de la Casa Blanca', el equipo del presidente Bartlet se conjura para que este pueda dar rienda suelta a su talento político (“Let Bartlet be Bartlet”), después de unos primeros meses de mandato caracterizados por los patinazos y el bloqueo político. La situación ahora de la política española es exactamente la contraria: como decía José Antonio Zarzalejos, de lo que se trataba era de “salvar a Sánchez de sí mismo”. O dicho de otro modo: “Let Sánchez not be Sánchez”. Ponerle el corcho al actual presidente en funciones y volver a meterlo en la botella. Ha ocurrido lo contrario. Se nos ha escapado el genio del bulo. Veamos qué ocurre ahora.

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