Los planes de Feijóo... y los de Casado

Si Feijóo revalida la mayoría, se producirá una parcelación del PP en dos mitades. Y, convertido en el líder de una facción, no tendría ninguna excusa para volver a postergar su salto a la política nacional

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, y el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, y el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. (EFE)
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Una de las decisiones políticas más huérfanas de una explicación convincente en los últimos años fue la 'espantada' de Alberto Núñez Feijóo en 2018, cuando renunció a participar en la carrera sucesoria de Mariano Rajoy. Feijóo no era entonces, ni mucho menos, un político en el crepúsculo de su carrera. Que sea ahora de nuevo el candidato del PP a la Xunta de Galicia así lo confirma. Y las explicaciones esgrimidas por el propio Feijóo, situando por delante su compromiso con el electorado gallego, eran de una consistencia raquítica. Después de 10 años al frente de la Xunta, y encontrándose en la segunda parte de la legislatura, julio de 2018 era un momento políticamente casi perfecto para dar el relevo al frente del PP gallego sin que nadie hubiese podido acusar a Feijóo de 'escapismo'.

¿Por qué entonces Feijóo no dio el paso? Tal vez la explicación más convincente la encontremos al otro lado del canal de La Mancha. Cuando en 2016, el resultado del referéndum sobre el Brexit puso fin a la carrera política de David Cameron, casi todas las miradas se dirigieron a uno de sus ministros: Boris Johnson. Después de varios giros y contorsiones (el actual primer ministro británico es uno de esos líderes actuales de principios elásticos), Johnson abrazó efusivamente la causa del Brexit pocas semanas antes del referéndum. Tras la victoria de los 'brexiters', el péndulo político apuntaba en una dirección: situar en Downing Street a uno de sus más fervientes partidarios, un creyente aunque fuese de fe conversa. Pero Boris Johnson hizo oídos sordos y también se echó a un lado. ¿Por qué lo hizo?

Johnson fue lo suficientemente hábil para dejar a May caminar sobre el fuego durante más de tres años, hasta efectivamente terminar carbonizada

Como Feijóo, Johnson nunca ha dado una respuesta convincente, pero mirado con retrospectiva, aquel fue uno de sus principales aciertos políticos. Gestionar el Brexit era un proceso endiabladamente complejo, que podía chamuscar hasta al más avezado político. Johnson fue lo suficientemente hábil para dejar a Theresa May caminar sobre el fuego durante más de tres años, hasta efectivamente terminar carbonizada. Solo entonces Johnson saltó al ruedo. Y lo hizo con la satisfecha molicie de los acreedores, de quien se sabe beneficiario, aunque sea solo durante un tiempo, de los favores de los dioses de la política.

Puestos a especular, no es descabellado pensar que un cálculo parecido guiase la decisión de Núñez Feijóo en 2018. En aquel momento, era una empresa hercúlea enderezar el rumbo de un partido en 'shock' postraumático, como el PP tras la moción de censura. Una formación que, como apuntaba José Antonio Zarzalejos el pasado lunes, siempre ha ido por detrás de su propio electorado a la hora de poner al día su proyecto político. Así ha ocurrido tanto en las victorias como en las derrotas. El intento del Aznar de la primera legislatura de crear un proyecto de amplio espectro político (el 'centro reformista') se frenó en seco en la segunda, cuando el propio Aznar fue incapaz de administrar con prudencia la mayoría absoluta que le habían confiado los votantes, entrando en una dinámica de choque frontal con la izquierda (Prestige, Irak, 11-M), que de alguna forma ha caracterizado la política española desde entonces.

Pudo pensar que la tarea era un regalo envenenado para quien le tocase gestionarla, que mejor esperar en un amigable pazo el momento para dar el salto

Todavía peor le ha ido al PP cuando ha tenido que administrar las vacas flacas. Su desorientación tras perder el Gobierno en 2004 se parece mucho a la que sufrió cuando volvió a hacerlo, también de forma inesperada, en 2018.

Así que —sigamos especulando— Feijóo pudo pensar que la tarea era un regalo envenenado para quien le tocase gestionarla, que mejor esperar en un amigable pazo el momento oportuno para dar el salto. La estrategia, por supuesto, no está exenta de riesgos: si perdiese la mayoría absoluta en las próximas elecciones autonómicas, la carrera de Feijóo estaría (esta vez sí) severamente comprometida. Porque sería muy complicado para Feijóo esperar a la intemperie varios años, aguardando una eclosión simultánea del Gobierno de izquierdas y del liderazgo de Casado entre los populares.

Pero si en cambio Feijóo logra revalidar la mayoría absoluta, se producirá una inevitable parcelación del PP en dos mitades: la que representarían Galicia y Andalucía (al menos en tanto Moreno Bonilla pueda seguir manteniendo la delicada orfebrería política de actuar como si no dependiese de Vox) frente a los que colaboran con la formación de Abascal sin mayores complejos, cuando no gozoso entusiasmo (como Ayuso en Madrid, que tiene más roces con Ciudadanos, su compañero de coalición, que con Vox, su apoyo parlamentario). Y en ese caso Núñez Feijóo, convertido (tal vez por primera vez en su carrera) en el líder de una facción, no tendría ninguna excusa para volver a postergar su salto a la política nacional, sobre todo si para entonces los hados de la política resultan más favorables para los populares.

¿Puede hacer algo Casado para evitar quedar reducido a cenizas? Hay veces, como ocurría con Theresa May, en que ninguna salida resulta viable, un determinismo político que casi parece una maldición. Es difícil decir si es también esta la situación de Casado. En mi opinión, con todos los matices que se quiera hacer (si la oposición de Alfonso Alonso al pacto con Ciudadanos era más de forma que de fondo, su reacción fue ciertamente extemporánea y dificultó cualquier salida consensuada), lo más preocupante del choque entre Génova y los populares vascos es la conclusión de que el mismo modelo de partido cesarista, sin equilibrios internos, que desde su nacimiento fue la carta de naturaleza de los partidos de nuevo cuño, como Podemos y Ciudadanos, y hacia el que ha mutado también el PSOE de Pedro Sánchez, es el modelo de organización del PP de Pablo Casado.

Las primarias internas, al menos en su versión española, solo sirven para ungir a un candidato y darle carta libre para tejer y deshacer a su antojo

Otro ejemplo más de que las primarias internas, al menos en su versión española, solo sirven para ungir a un candidato y darle carta libre para tejer y deshacer a su antojo. Por mucho que el PP haya sido siempre una organización más jerarquizada, los equilibrios políticos siempre han existido, tal vez no en un comité de barones regionales como en el caso de los socialistas, pero sí a través de la integración de diferentes corrientes ideológicas. Casado, que ya había demostrado una capacidad muy limitada para integrar al resto de dirigentes (es un precedente desolador que todos los participantes en las primarias populares, salvo el propio Casado, es decir, Sáenz de Santamaría, Cospedal y García Margallo, abandonasen la actividad política tras su derrota, demostrando que las primarias en España se han convertido en un actividad de alto riesgo, de la que solo se sale a hombros o en camilla), y tampoco mostró el mayor interés en integrar a los cuadros medios, en particular a los antiguos 'sorayistas', ha demostrado en este episodio una parecida falta de tacto político, sin conseguir evitar que una discrepancia menor (la posición de los candidatos de Ciudadanos en las listas electorales) se convirtiese en un ruidoso choque de trenes.

Pero Casado ha preferido dar un golpe sobre la mesa, apostando por esa forma de política tan actual del todo a nada. Estrella o estrellado. O César o nada. Aunque a veces, como han demostrado Sánchez e Iglesias, también se puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

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