"No podemos repetir los errores de 2008". Entonces, hagan esto

El diagnóstico, con el que coincido en gran medida, es que la crisis económica que transcurre en paralelo a la emergencia sanitaria no provoque, en los próximos meses, una crisis social y política

Foto: La ministra de Economía, Nadia Calviño, en el Congreso. (EFE)
La ministra de Economía, Nadia Calviño, en el Congreso. (EFE)

“No podemos repetir los errores de 2008”, se repite estos días desde el Gobierno. El diagnóstico, con el que coincido en gran medida, es que la crisis económica que transcurre en paralelo a la emergencia sanitaria no provoque, en los próximos meses, una crisis social y política en nuestro país comparable a la que vivimos aproximadamente hace una década.

Aun coincidiendo en el objetivo, discrepo de algunas de las medidas económicas que se están adoptando. Precisamente porque no creo que sirvan al objetivo declarado. Y echo en falta otras, que están ausentes del debate. Repasemos brevemente cuáles.

1. La temporalidad del empleo. Se habrá repetido mil veces, pero parece claro que no ha sido suficiente, porque en cada crisis se repite el mismo patrón: el primer golpe, el más violento, recae sobre los trabajadores con un contrato temporal. La semana pasada, conocimos los primeros efectos del coronavirus en el mercado laboral español: la afiliación a la Seguridad Social cayó en más de 800.000 trabajadores en poco más de 15 días de marzo (los datos eran positivos hasta la declaración del estado de alarma). Casi el 80% de la destrucción fue de empleos temporales, precisamente los más vulnerables. La economía española, con un peso muy importante de actividades como el turismo o la construcción, requiere de una flexibilidad que el mercado laboral no ofrece. La 'válvula de escape' es la destrucción del empleo temporal. Como en crisis anteriores, también ahora hay dos tipos de trabajadores muy distintos. Los más afortunados siguen recibiendo su sueldo todos los meses (ya sea porque pueden teletrabajar o porque su empresa se ha acogido a un ERTE). Estos trabajadores tienen lógicas incertidumbres sobre el futuro, pero de momento han esquivado el golpe. En cambio, para los trabajadores temporales, la crisis no es una amenaza que se cierne sobre el futuro, sino sobre el presente. La primera medida, la más urgente para no repetir los errores de 2008, es poner fin a esta inaceptable dualidad del mercado laboral español.

2. Facilitar liquidez no es suficiente: hay que sostener las rentas. No existen precedentes de mandar una economía a la 'hibernación' por un tiempo prolongado. La reacción española ha sido garantizar la liquidez para evitar la quiebra de negocios. Un paso necesario, pero insuficiente. Algunas voces (entre las que me incluyo) pedían algo más: sostener las rentas durante el periodo de confinamiento. En lugar de eso, el Gobierno ha puesto en pie una maraña de 'moratorias': hipotecas, alquileres comerciales, facturas de gas y electricidad y hasta el propio pago de impuestos se pueden posponer, incrementando el endeudamiento futuro. Si la situación se prolonga más de lo esperado (o si aparecen nuevos episodios, por ejemplo, en el otoño), el riesgo es que esta maraña provoque una cascada de impagos. El coste de sostener las rentas durante un periodo limitado puede ser muy alto. Pero incluso peor puede ser la alternativa: que se dispare el endeudamiento de Estado, empresas y familias, y se cronifique una cultura del impago, prolongándose en el tiempo. Entre hibernación o necrosis, corremos el riesgo de haber elegido lo segundo.

3. Los peligros de la ingeniería social: la renta básica. En el plazo de apenas 20 años hemos vivido ya tres crisis 'cataclísmicas', de las que solo sucedían una vez por generación: los atentados del 11-S en 2001, la gran recesión a partir de 2008 y la actual crisis del coronavirus. En todas las crisis, existe lo que podríamos llamar la 'tentación Roosevelt': aprovechar la emergencia para la ingeniería social, transformando los cimientos de la sociedad. Pero el caso de Roosevelt durante el New Deal fue único: en la mayoría de casos, intentar salvar el futuro durante una crisis en lugar de gestionar el presente es la mejor receta para destrozar ambos. Tras los atentados del 11-S, fue el intento 'neocon' de transformar la geopolítica de Oriente Medio, promoviendo la 'democratización' de la región. Tras la crisis económica de 2008, vino la reacción populista. También ahora se escuchan voces que mezclan interesadamente la respuesta de 'emergencia' con los cambios estructurales. Un ejemplo es la renta básica: como he explicado más arriba, me parece una magnífica idea garantizar una renta mínima de forma generalizada durante el tiempo que dure el confinamiento (incluso extenderla a autónomos y pymes). Una medida temporal y, por tanto, muy distinta a la propuesta de renta básica universal. Porque no es lo mismo aplicar un electrochoque que enchufar a alguien de manera permanente a la corriente eléctrica.

4. La 'tentación reindustrializadora'. Otro ejemplo de confusión interesada entre lo urgente y lo estructural, que a menudo se repite estos días, son los argumentos a favor de 'reindustrializar' nuestras economías. El propio presidente Sánchez se sumó a esta postura hace unos días. Dada la escasez de equipamientos médicos de las últimas semanas, dice el argumento, debemos producirlos nosotros mismos, y reorientar nuestra actividad hacia la industria sanitaria para evitar situaciones parecidas en el futuro. En mi opinión, es un análisis simplista y apresurado. Igual que tras la crisis petrolera de 1973 (por cierto, la crisis económica que más se parece a la actual, en mi opinión) los países consumidores no se plantearon empezar a producir petróleo ellos mismos (era obvio que no podían hacerlo) sino establecer reservas estratégicas y planes de emergencia. Como señalaba Scott Greer hace unos días en 'The New York Times', la UE dispone de RescEU, una organización embrionaria para dar respuesta a crisis como la que vivimos. Antes de plantearnos reorientar nuestras economías, sería conveniente dotarse de los instrumentos necesarios para responder a las emergencias.

5. Acumular colchones fiscales en las fases expansivas. Durante años, se repetía que la economía española dependía excesivamente del sector constructor… y no se hizo nada. En los últimos años, hemos vivido una bonanza sin precedentes en el sector turístico… y tampoco se ha hecho nada. Quizá debamos concluir que es difícil hacer nada, al menos en el corto plazo: que tenemos (para bien y para mal) una estructura económica muy procíclica. Lo que sí podemos hacer es ahorrar más durante las fases de bonanza: el esfuerzo fiscal de nuestro país durante los últimos cinco años de expansión económica ha sido mínimo. Alemania acaba de demostrar que el mejor escudo social es disponer de un escudo fiscal: gracias a él, ha aprobado un programa de garantías sin precedentes para sostener las pymes. En España no podemos hacerlo porque hemos llegado a la crisis con el agua al cuello: nuestro escudo fiscal lo hemos malgastado en los últimos años en rebajas fiscales o inventos como los viernes sociales, con los que el Gobierno actual endulzó la penúltima campaña electoral. El déficit público en 2019 alcanzó el 2,7% del PIB, muy por encima de los compromisos adquiridos. Si ahora no podemos sostener rentas, sino solo limitarnos a proponer moratorias, si no podemos reaccionar con la misma envergadura que los alemanes, es, sobre todo, debido a ello. No deberíamos echarnos las manos a la cabeza cuando pedimos solidaridad a nuestros vecinos europeos y nos recuerdan que el reverso de la solidaridad en tiempos de crisis es la responsabilidad en los de bonanza.

6. Transparencia y regeneración democrática. Una de las cartas de presentación de este Gobierno cuando triunfó la moción de censura fue que llegaba para 'regenerar' la vida pública. Lo cierto es que se ha predicado muy poco con el ejemplo: nombramientos de afines en instituciones y empresas públicas; falta de transparencia y de rendición de cuentas. Y todo, me atrevería a decir, ha ido a peor en estos días.

Como decía el alcalde de Madrid hace unos días, los ciudadanos necesitamos creer en las instituciones. Pero no podemos hacerlo cuando el ministro Marlaska repite el bulo sin fundamento de que en España se han hecho más test que ningún otro país (es justo al contrario); cuando los ministros se saltan la cuarentena que exigen cumplir a la población; cuando no se reconoce el monumental error de haber actuado tarde (lo hicimos al mismo tiempo que el resto de países europeos, cuando la curva en España estaba adelantada en al menos dos semanas); cuando el Congreso se encuentra cerrado a cal y canto (¿es el único centro de trabajo de este país en el que no se puede teletrabajar?) o cuando la Secretaría de Estado de Comunicación tarda una eternidad en descubrir una cosa llamada videoconferencia.

Uno de los peores errores de la crisis de 2008 fue la pérdida de confianza en un Gobierno que insistía en restar importancia a la crisis económica (los “brotes verdes”, el “mejor sistema financiero del mundo”). Para salir de esta crisis, tal vez tengamos que compartir nuestra geolocalización y estado de salud con el Gobierno, y confiar que nuestros datos sean tratados de forma adecuada, proporcional y respetando nuestra privacidad. Necesitamos confiar en el Gobierno: la pregunta que muchos nos hacemos es si nos está dando algún motivo para hacerlo.

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