Orwell para los paseos, Nostradamus para los test

Voy a serles franco. Creo que nos vamos al carajo. Mejor dicho: creo que este Gobierno se va al carajo. Lo que me preocupa es que por el camino nos arrastre a los españoles

Foto:  El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c). (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c). (EFE)
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Hay dos razones por las que la crisis del coronavirus va a ser mucho peor en España que en otros países: la primera tiene que ver con elementos estructurales de nuestra economía. La segunda, con la respuesta de nuestras autoridades, singularmente del Gobierno de la nación, que dirige en solitario la respuesta a la crisis desde que así se lo autoatribuyó el pasado 14 de marzo, en la primera declaración del estado de alarma.

La crisis que sufrirá nuestro país no solo será sanitaria; seguramente lo peor de esta ya ha pasado. Habrá rebrotes, pero para entonces nuestro sistema sanitario, después de haberse reforzado, estará en mejores condiciones de atender los picos de hospitalizaciones. También es de esperar que las autoridades respondan con mayores reflejos cuando se produzcan los inevitables rebrotes. Una epidemia es como un incendio: la primera llama se puede apagar fácilmente con el pie. Pero como el fuego se extienda sin control, puede ser casi imposible detenerlo.

El pecado original en la respuesta del Gobierno fue la tardanza en decretar medidas de distanciamiento social. Ya nada se puede hacer al respecto, pero aquel lamentable error está detrás de la cadena de tropiezos que se han sucedido desde entonces. Tampoco creo que tenga mayor sentido especular sobre los motivos de la tardanza, pero es obligado señalar que fue lo que permitió la propagación de brotes descontrolados de contagio en varios puntos de nuestra geografía.

"La epidemia había llegado a tantos países que durante días se colapsaron los mercados de equipamiento médico"

Que el virus llegase a España solo después de Italia, entre los países europeos, fue sin duda una cuestión de azar. Pero fue precisamente una casualidad que nos situaba en una situación difícilmente más ventajosa para haber respondido de forma eficaz. Tras Italia, teníamos suficientes evidencias para responder con contundencia. Si lo hubiésemos hecho rápido, las dos semanas de adelanto respecto al resto de países europeos y EEUU, hubiese sido una bendición, al permitirnos aprovechar esa ventana de oportunidad para abastecernos de material sanitario y de protección, aquellos días disponible en el mercado. Pero esas dos semanas clave se malgastaron, primero entre la pasividad de nuestras autoridades, y después en el torpe enredo del arranque del mando único. Cuando el Ministerio de Sanidad cayó en la cuenta de que necesitaba la colaboración de las CCAA, ya era demasiado tarde. La epidemia había llegado a tantos países que durante días se colapsaron los mercados de equipamiento médico.

La extensión del contagio en España obligó al Gobierno a adoptar uno de los confinamientos más duros del mundo, que la sociedad española ha cumplido con una disciplina encomiable. Era la única respuesta posible ante el colapso del sistema sanitario, pero su contrapartida fue provocar una caída de la actividad económica también más pronunciada que en los países de nuestro entorno (el PIB español cayó en el primer trimestre un 5.2% frente a un 3.8% de media en la eurozona). Lo peor, en todo caso, no es la caída puntual, sino que hay razones para pensar que la crisis económica en España va a ser más duradera que en los países de nuestro entorno. Al menos por las siguientes razones.

La primera es el mayor peso en la economía española de aquellos sectores que, previsiblemente, más van a sufrir durante los próximos meses, como el turismo, la restauración o el comercio.

La segunda es la estructura de nuestro mercado laboral. El porcentaje de trabajadores cubiertos por un ERTE en Francia, con una paralización de la actividad semejante a España, es prácticamente el doble (45.6% asalariados frente a 25.1% en España, como ha señalado Floren Felgueroso). Una vez más, la dualidad de nuestro mercado laboral está haciendo añicos a los más débiles. Los ERTE, sugieren los números, protegen a los trabajadores "de primera" (los que disfrutan de un contrato fijo) mientras los "de segunda", los temporales, se han ido a las colas del desempleo.

A la crisis de 2008 llegamos con superávit presupuestario y un endeudamiento inferior al 40% del PIB

Nuestra tercera gran debilidad es la situación de partida de nuestras cuentas públicas. A la crisis de 2008 llegamos con superávit presupuestario y un endeudamiento inferior al 40% del PIB. A esta crisis llegamos sin margen, con un déficit del 2.8% y un endeudamiento cercano al 100% del PIB. Sin apenas margen para maniobrar en la salida.

Y la cuarta es la estrategia de salida diseñada por el Gobierno. No se me ocurre mejor forma de definirla que así: Orwell para los paseos, Nostradamus para los test. Prolija hasta el absurdo en los detalles nimios. Y, en cambio, en lo verdaderamente importante, un vacío absoluto.

Empecemos por Nostradamus. Como se señalaba ayer en este medio, casi todos los países tienen una estrategia de salida diseñada en torno a las "tres T": 'test, track and trace'. Testar, localizar y rastrear. No se trata tan solo de hacer test masivos, sino de gestionar la información que se extrae de los mismos. España ha hecho menos test que la media de países de la OCDE (por mucho que los portavoces oficiales, empezando por el presidente, repitan lo contrario). Pero hay algo mucho peor: la información que se extrae de los test no se gestiona. No sabemos ni contarlos. En estas circunstancias, hacer test no sirve prácticamente para nada. En la salida vamos a oscuras.

Es como si nos guiase Nostradamus.

El resultado de este vacío absoluto en la estrategia de salida es que, cuando aparezcan nuevos rebrotes, que los habrá, mientras los países de nuestro entorno tendrán los sistemas preparados para aislar esos focos, en nuestro caso tendremos que recurrir otra vez a medidas mucho más duras como el confinamiento, con el consiguiente efecto económico y social. No solo nos ha salido más caro que a Alemania el primer foco de contagio. Los sucesivos nos resultarán, en comparación con otros países, muchísimo más caros. Cuanto más tiempo transcurra, la crisis se hará cada vez más asimétrica. Y España estará en el vagón de cola.

Tal vez para compensar la ausencia absoluta de cualquier estrategia de testo y rastreo, el plan de salida del Gobierno es en cambio prolijo en los detalles más absurdos. Se regula el horario de salida por franja de edad, en qué momento los congresos científicos pueden pasar de 50 a 80 personas, o cuándo la distancia mínima en la barra de los bares pasa de 2 a 1.5 metros. Un reglamentismo orwelliano que tampoco existe en ningún otro país de nuestro entorno. En Luxemburgo, donde vivo, las reglas de salida son mucho más simples y claras: mantener una distancia de dos metros con las personas con las que no se convive. Donde no se puede guardar esta distancia (como el autobús o el supermercado), es obligatorio llevar mascarilla. Y, por supuesto, las autoridades recomiendan continuamente el lavado de las manos. Las reglas son parecidas en Alemania, Bélgica o Francia. Es absurdo tratar de reglamentar todos la casuística de las relaciones sociales. Y no me vale la excusa de que los españoles no respetamos la reglas. La sociedad española lleva mes y medio demostrando mucho más criterio y sentido común que su Gobierno.

La receta que siguen la mayoría de países es justo lo contraria: Orwell para el testeo y rastreo. Y para las relaciones humanas, mensajes claros y simples: distancia social y lavado de manos.

En otro artículo tocará analizar las causas del estrepitoso gatillazo de la respuesta de las autoridades españolas. Hay elementos sistémicos, sin duda. No existe un sistema nacional de salud como tal cuando no existe un sistema único de información. La comunicación de los datos desde las CCAA estos días se ha hecho por teléfono o metiendo datos en un Excel, que es a grandes rasgos como se hubiese hecho hace veinte años. Y también, hay que decirlo, hay elementos sistémicos en este Gobierno que entorpecen la gestión. Uno es el excesivo peso de la oficina del presidente y la secretaria de comunicación (que según testimonio de sus integrantes, ha tenido un protagonismo destacado en la elaboración del plan de salida).

"Voy a serles franco. Creo que nos vamos al carajo. Mejor dicho: creo que este Gobierno se va inevitablemente al carajo"

Otro es el desprecio del presidente por la profesionalización de las instituciones. Organismos como el CIS o empresas como Correos podrían haber tenido un papel fundamental en la gestión de esta crisis. Pero eso no se improvisa de la noche a la mañana, mucho menos después de dedicarse a saquear políticamente estos organismos. Existe un alto comisionado para la infancia y otro para la agenda digital. Pero en este Gobierno los comisionados actúan más bien como comisarios políticos. En parte es responsabilidad de ellos; pero sobre todo de quien los recompensa. Vayan sumando todos los demás factores en la ecuación: una coalición contranatura, con dos socios sin confianza mutua, atentos únicamente a acaparar méritos y endosar errores; la hipertrofia del Consejo de Ministros; la inversión de las cadenas jerárquicas, con vicepresidentas a las que desautorizan continuamente jefes de gabinete (el grupo de trabajo para la desescalada que encabezaba Teresa Ribera ha desaparecido súbitamente), o vicepresidente sociales que marcan la agenda económica. Los tropiezos no obedecen a la mala fe, ni tampoco a la falta altos cargos preparados en el Gobierno. Obedecen a errores de diseño en cómo se toman las decisiones.

Voy a serles franco. Creo que nos vamos al carajo. Mejor dicho: creo que este Gobierno se va inevitablemente al carajo. Lo que me preocupa es que por el camino nos arrastre a los españoles.

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