La crisis de los 'BUMUS': por qué la polarización revienta EEUU y acosa a España

¿Por qué motivo la crisis del coronavirus ha disparado la confrontación política en algunos países, y en cambio la ha atemperado en otros?

Foto: Crisis en Brasil por el covid-19. (EFE)
Crisis en Brasil por el covid-19. (EFE)
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¿Existe algún elemento común entre los disturbios en EEUU y el incremento de la polarización política en otros países, entre ellos España? ¿Por qué motivo la crisis del covid-19 ha disparado la confrontación política en algunos países, y en cambio la ha atemperado en otros? "La polarización ha aumentado muchísimo en EEUU, en Brasil, en México, en España... pero ha disminuido en Alemania", declaraba Adam Przeworski a Pablo Suanzes el pasado fin de semana (discúlpenme si es la segunda vez que cito la misma entrevista en pocos días, es que tenía mucha sustancia). ¿Qué podría explicarlo?

Desde que comenzó la crisis del coronavirus, se han intentado trazar todo tipo de líneas divisorias, con el fin de clasificar a los diferentes países en grupos homogéneos. Al principio, se habló mucho de las presuntas ventajas de un régimen autoritario como China para ordenar el confinamiento masivo de la población, frente a las dificultades para adoptar estas medidas en las democracias liberales. Sin embargo, la realidad es que los países que han optado por respuestas menos restrictivas sobre las libertades, lo han hecho como estrategia epidemiológica, como Suecia, no por "escrúpulos liberales". El confinamiento ha sido generalizado, tanto en democracias consolidadas como en regímenes autoritarios.

También se han improvisado explicaciones de orden "cultural": no importa tanto la forma política, se decía, sino el carácter de las sociedades asiáticas, en donde la tradición confuciana de países como Japón, Corea o la propia China, eleva los valores colectivos por encima de los individuales. La asiática es una cultura de la "vergüenza", frente a la cultura de la "culpa" de inspiración judeocristiana que predomina en Europa, como decía Ruth Benedict. En Asia, se actúa colectivamente 'a priori', en Europa siempre individualmente 'a posteriori'. Aunque sugestiva, la "explicación cultural" tampoco resulta muy convincente: aunque es cierto que la mayoría de países asiáticos han reaccionado con mayores reflejos (seguramente por su experiencia reciente con otras enfermedades contagiosas) han existido confinamientos relativamente livianos en países como Japón y en cambio muy estrictos en otros tan cristianos e individualistas como el nuestro. Ha habido otras explicaciones, igualmente llamativas: se ha señalado que los países que mejor han respondido a la crisis (Alemania, Dinamarca, Finlandia o Nueva Zelanda) tenían a mujeres liderando sus Gobiernos. Otras explicaciones han sido más estrambóticas: la vicepresidenta Ribera dijo que Portugal se había beneficiado de estar situado "más al oeste", y la vicepresidenta Calvo trazó una línea recta entre "Nueva York, Madrid, Teherán y Pekín", "ciudades donde se ha dado el problemón del demonio".

Los 'Bumus' (Brasil, Reino Unido, México, EEUU y España) tienen varias cosas en común, empezando porque están entre los peor situados a nivel mundial en la incidencia del coronavirus

¿Existe algún otro patrón común? El más convincente, en mi opinión, es el que apuntaba Przeworski. Déjenme bautizar a este grupo de países como los 'BUMUS' (por las siglas en inglés de Brasil, Reino Unido, México, Estados Unidos y España). Estos cinco países tienen varias cosas en común, empezando porque están entre los peor situados a nivel mundial en la incidencia del coronavirus, tanto en fallecimientos como contagiados. El motivo no es ninguna maldición bíblica, sino que en todos estos países se adoptaron medidas de distanciamiento social demasiado tarde. En una pandemia, la velocidad de reacción es crucial y es con mucho la variable que mejor explica el impacto. Los países que peor están son sencillamente los que más tardaron en reaccionar.

¿Existe alguna explicación de por qué Bolsonaro, Johnson, AMLO, Trump y Sánchez —los dirigentes de los países BUMUS— tardaron en adoptar medidas? Más allá de las muchas diferencias, hay algunos patrones parecidos. Los dirigentes de estos cinco países se caracterizan por su marcado personalismo. Todos ellos alcanzaron el poder por cauces no convencionales, al margen de los conductos tradicionales de sus formaciones políticas. Al calor del éxito de sus campañas electorales, imprimieron el mismo estilo a su acción de Gobierno: las decisiones se toman en un círculo muy pequeño, tanto en los sistemas presidenciales como EEUU, como también en otros tradicionalmente más colegiados como Reino Unido o España. Además, el núcleo más cercano (de Cunnings a Iván Redondo) está formado por expertos en comunicación. El resultado es que en los países BUMUS han primado desde el principio de la crisis las consideraciones políticas o comunicativas (el "relato") en detrimento de las técnicas.

Pero sería una visión demasiado simplista pensar que la personalidad de los dirigentes es el único motivo detrás de la polarización de las sociedades. Hay otros factores importantes: uno de ellos es la precaria mayoría que los sostiene. Donald Trump obtuvo el peor resultado de un presidente americano (perdió el voto popular por 2.1 puntos) desde Rutherford Hayes en 1876. Entre nosotros, Pedro Sánchez obtuvo apenas un 28 por ciento de apoyo en las últimas elecciones, el porcentaje más bajo de cualquier presidente durante nuestro periodo democrático. No solo es la debilidad de los resultados, sino también el contexto en el que se produjeron. Muchos demócratas americanos todavía consideran que las elecciones presidenciales de 2016 fueron manipuladas; en Brasil, gran parte de la población piensa que el expresidente Lula fue apartado de la carrera presidencial por un "golpe judicial" ('lawfare'), de un modo parecido a aquellos que en España consideran que la moción de censura que llevó a Sánchez a la Moncloa fue ilegítima, aunque legal, o al revés, los que ahora agitan el fantasma de una operación de acoso y derribo por parte de la Guardia Civil al Gobierno.

La estrategia identitaria como arma política sería no solo la causa de la polarización política, sino también su consecuencia

La estrategia identitaria como arma política, como González Férriz repasaba hace unos días en este medio citando el último libro de Ezta Klein, sería no solo la causa de la polarización política, sino también su consecuencia. Trump ataca a la población negra del mismo modo que Nixon lo hacía en los años sesenta: porque no tiene nada que rascar entre una mitad de la población americana, y en cambio necesita hacer más honda la zanja para consolidar a sus partidarios. "Law and order", tuiteaba el presidente Trump hace unos días, con el sabor añejo de la "mayoría silenciosa" a la que se dirigió Nixon en noviembre de 1969. En España el bucle es parecido, aunque en cierto modo opuesto: el presidente Sánchez lleva desde principios de 2019 dirigiéndose a su propia "mayoría silenciosa", que en nuestro país es una masa electoral ligeramente escorada al centro-izquierda, para quien el verdadero fantasma es el "trifachito". Del mismo modo que EEUU nunca ha conseguido reconciliar sus tensiones raciales, escondidas debajo de la superficie, o el Reino Unido nunca supo gestionar sus tensiones eurófobas, España nunca ha conseguido asimilar a la derecha más radical al proceso político, cuyos postulados estaban hasta ahora camuflados en la plataforma política de amplio espectro que constituía el Partido Popular.

El problema de fondo es que la estrategia de polarización siempre acaba desbordándose del terreno electoral al político, y de allí al institucional o al social. Puedes pensar que hacer un video de un dóberman en una campaña electoral es una idea brillante. Pero, cuando se acaba la campaña, y llega el momento de gobernar, tienes problemas para votar lo mismo que el dóberman, incluso aunque estés de acuerdo. Y finalmente, con el paso del tiempo, se hace difícil incluso dirigirle la palabra al dóberman. Lo vimos en Cataluña, donde una campaña de polarización terminó envenenando a la sociedad hasta hacer el clima irrespirable; lo estamos viendo en EEUU y, mucho me temo, lo veremos (y no será la primera vez en nuestra maldita historia) también en España.

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