El asombroso parecido del IMV que ha pasado desapercibido para Iglesias

Si el IMV se reduce automáticamente cuando se reciben rentas salariales, ¿no es realmente otra cosa? ¿No se parece más a un complemento salarial que a una renta mínima?

Foto: El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, junto a María Jesús Montero y José Luis Escrivá. (EFE)
El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, junto a María Jesús Montero y José Luis Escrivá. (EFE)
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El pasado lunes, comparecía en el Congreso de los Diputados el ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, para presentar el ingreso mínimo vital (IMV), aprobado por el Gobierno la semana pasada mediante real decreto-ley, pendiente de convalidación parlamentaria. Durante su comparecencia, Escrivá informaba de que en el desarrollo reglamentario del IMV se establecerá un mecanismo de ajuste de la prestación en caso de que sus perceptores obtengan también ingresos salariales. Es decir, si un perceptor del IMV se encuentra en situación de desempleo y posteriormente encuentra trabajo, el IMV se reducirá automáticamente. De esta forma, se busca evitar que el IMV desincentive la búsqueda de empleo. Que se convierta en una 'paguita', como dicen sus detractores con un lamentable tono de desprecio hacia las muchas situaciones de pobreza que todavía existen en nuestro país.

Para cualquier lector que haya seguido con interés las propuestas laborales formuladas en los últimos años, esta simple mención debería haber hecho saltar una alarma. Si el IMV se reduce automáticamente cuando se reciben rentas salariales, ¿no es realmente otra cosa? ¿No se parece más a un complemento salarial que a una renta mínima? El parecido se vuelve más asombroso al repasar la presentación utilizada por Escrivá durante su comparecencia el pasado lunes: en la página 18, se incluye el siguiente gráfico, que es casi calcado al que utilizaban dirigentes de Ciudadanos como Luis Garicano o Toni Roldán para explicar su propuesta de 'complemento salarial'. El propio Garicano, ahora eurodiputado, se hacía eco en Twitter de esta coincidencia.

No se trata, claro está, de una disputa por la autoría intelectual de la propuesta. Los complementos salariales existen desde hace años en muchos países, pero ¿no sería curioso que el ingreso mínimo vital que ahora exhibe con tanto orgullo el vicepresidente Iglesias —ha dicho que “dignifica nuestra democracia” y que constituye “el mayor avance en derechos sociales desde la Ley de Dependencia de 2006”— sea en realidad la misma propuesta que presentó por primera vez Luis Garicano en febrero de 2015?

De aquella propuesta, el complemento salarial pasó al llamado 'pacto del abrazo'. Veamos lo que decía el pacto entre PSOE y Ciudadanos, firmado en febrero de 2016: “El complemento salarial garantizado se prestará como prestación complementaria a los hogares con rentas más bajas, y cuya cuantía variaría en función del valor de los ingresos salariales de la persona principal y la situación familiar de esta, siempre que el montante total de ingresos se encontrase por debajo de un determinado umbral. El programa se estructuraría en tres tramos: uno creciente, uno fijo y finalmente un tramo decreciente, a los que se accedería a medida que aumente la renta y hasta un nivel máximo por encima del cual dejaría de percibirse”.

¿Qué le parecía a Iglesias este complemento en 2016? No solo no lo aplaudía sino más bien al contrario: lo utilizo para votar no a Sánchez

“Prestación complementaria a los hogares de rentas más bajas”, que varía según “la situación familiar” y los “ingresos salariales”. Hasta los mismos tres tramos (creciente, fijo y decreciente) que aparecen en el gráfico del ministro Escrivá. Caramba, muchas coincidencias.

¿Qué la parecía a Iglesias en 2016 este complemento salarial? Pues no solo no lo aplaudía con el mismo entusiasmo que ahora sino más bien lo contrario: el complemento salarial del acuerdo PSOE-Ciudadanos fue uno de los motivos que esgrimió Podemos para justificar su voto en contra de la investidura de Pedro Sánchez. En una nota circulada entonces entre los medios, Podemos afirmaba que el complemento salarial suponía “premiar con dinero público a los empresarios que pagan bajos salarios”. Una línea roja que Podemos no podía aceptar.

Solo cabe concluir que a Podemos, ahora, le han dado gato por liebre. Que el asombroso parecido entre ambas propuestas ha pasado desapercibido para el vicepresidente Iglesias, que ha creído estar aprobando una 'renta mínima' cuando en realidad lo que ponía en marcha era un 'complemento salarial'. De creer “dignificar la democracia” a estar “subvencionando a los empresarios que pagan salarios bajos”. Nunca el cielo estuvo más cerca del infierno. Apenas a unos centímetros de desarrollo reglamentario de distancia.

Hay otra posibilidad, aunque esta la dejo para los más descreídos. Y es que a Iglesias una y otra propuesta, en el fondo, le resulten indiferentes. Que le dé igual “gato blanco o gato negro, mientras cace ratones”. Es decir, que a Iglesias le interese menos el detalle o el contenido de las propuestas, y mucho más la brocha gorda, el titular. Hay algún motivo para pensar que sea así. El propio Iglesias afirmó durante la investidura de Sánchez el pasado mes de enero: “No nos van a atacar por lo que hagamos, sino por lo que somos”. El corolario es casi inmediato: si les atacan —o su reverso, si les aplauden— por lo que 'son', ¿qué más da 'lo que hagan'? La participación de Podemos en el Gobierno se justificaría por sí misma, como una verdad religiosa autorrevelada, más que por las medidas concretas que impulsen o las políticas que lleven a cabo. Es la culminación de la 'política hiperidentitaria'.

Más allá de la evidente contradicción de Podemos, hay una segunda derivada en esta historia. El hecho de que a una parte del Consejo de Ministros le 'dé igual' el contenido concreto de las medidas tiene un impacto negativo sobre su calidad técnica. Cuenta Carlos Solchaga en sus memorias que obligó varias veces a Ernest Lluch a rehacer el proyecto de ley de seguridad social, al discutirle aspectos concretos que mejoraron el equilibrio final entre la cobertura y eficiencia de nuestro sistema de salud. La mejor técnica legislativa es la que incorpora diferentes sensibilidades cuando ambas bajan a los detalles.

El IMV es una medida adecuada, pero podría ser mejor si hubiese habido una discusión técnica pormenorizada entre ministerios. Uno de los aspectos más criticables de la propuesta aprobada por el Gobierno, en mi opinión, es la falta de criterio sobre su compatibilidad con los actuales ingresos mínimos autonómicos. ¿Qué ocurriría, por ejemplo, si el Gobierno vasco sustituye por completo el actual IMV vasco por el estatal? ¿No estaríamos manteniendo el 'statu quo', pero con la importante diferencia de que la medida pasaría a ser financiada por la caja común en lugar de por la Hacienda vasca? ¿Qué ocurre si algunas comunidades deciden, al contrario, mantener el IMV autonómico, creando importantes diferencias en el territorio nacional?

Otro aspecto debatible del IMV es si debe ser financiado a través de la caja de la Seguridad Social (como propone el Gobierno) o del resto de impuestos, así como el papel que corresponde a las CCAA en su gestión. Todos ellos son aspectos que se podrían haber mejorado con una discusión concienzuda entre los diferentes ministerios. Algo que desgraciadamente es inviable cuando la mitad del Consejo de Ministros está a otras cosas, más interesado en el titular que en los detalles. Asaltar los cielos era el objetivo. Qué hacer después siempre dio la impresión que era algo secundario.

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