Los pies de cristal de nuestras estatuas políticas: Juan Carlos, Felipe y 1986

La infancia está llena de estatuas que no se olvidan. Pero cuando dejamos de ser niños, a los españoles parece que se nos empieza a olvidar todo

Foto: El rey emérito Juan Carlos y el expresidente del Gobierno Felipe González (i). (EFE)
El rey emérito Juan Carlos y el expresidente del Gobierno Felipe González (i). (EFE)

El verano de 1986, en mi casa, empezó unos días antes del solsticio. Concretamente, el 18 de junio. Por la tarde, ya entrada la madrugada. Tarde en Querétaro, México, y madrugada en España. La selección de fútbol se jugaba el pase a cuartos de final contra Dinamarca, una de las favoritas. Me mandaron a dormir mucho antes de que empezase el partido. Yo me fui sin rechistar porque escondía una radio en la almohada, con la que planeaba escuchar los goles del Buitre. Butragueño era bajito y lento; dentro del área, se metía por debajo de las piernas de los defensores. Más que un jugador de fútbol, se parecía a Tico, el ratón-mascota de Willie Fogg, otro de mis ídolos aquel verano.

Por supuesto, caí dormido antes de que empezase el partido. Pero debí dejar la radio encendida, porque cuando mi madre me sacó de la cama, tras el segundo gol del Buitre, yo ya sabía —lo habría escuchado entre sueños— que habíamos remontado el gol inicial de Dinamarca, y también sabía —lo habría soñado, esta vez por anticipado— que todavía marcaríamos tres más, dos de ellos de Butragueño.

Aquel año, 1986, pasó de todo. Hasta pasó el cometa Halley, que atravesó los cielos. En mi casa, nos hicimos con unos prismáticos para verlo, aunque nunca supe si lo que vi a través de ellos fue el cometa, su estela u otra cosa. Me pasaría lo mismo muchos años después mirando las ecografías de mis hijos.

De 1986 arranca también mi primer recuerdo político: el referéndum de la OTAN (juro que esto no lo soñé). Yo lo viví como otro partido de fútbol, porque en mi casa estábamos divididos —los jóvenes, en contra; los adultos, a favor—. Tiempo después, comprendí que aquel fue seguramente uno de los momentos decisivos de los gobiernos de Felipe González. Hay pocos ejemplos mejores en nuestra historia reciente, en mi opinión, que den la verdadera talla de un gobernante: un político que se administra una ración de lo que se ha denominado la 'dieta de Churchill', comerse sus propias palabras (“OTAN, de entrada no”) porque piensa que hacerlo es lo mejor para su país.

Aquella decisión ahora nos parece obvia (¿queríamos estar más cerca de Alemania y del resto de países de la alianza atlántica o de Argelia y los países 'no alineados'?), pero entonces era muy controvertida. De hecho, solo contó con el apoyo de los socialistas. El resto de partidos políticos, la AP de Manuel Fraga, IU, CIU o el PNV (nunca cuentes con los partidos nacionalistas para las decisiones más difíciles) se desmarcaron del sí en aquel referéndum. Curiosamente, entre todos los logros que habitualmente reivindican los socialistas como parte de su legado histórico, nunca incluyen el referéndum de la OTAN. Es como si aquel episodio, de un valor político incalculable (basta preguntarse qué hubiese ocurrido en caso de triunfar el no), nunca hubiese existido. Como si aquella estatua tuviese los pies de barro. O de cristal.

Curiosamente, entre todos los logros que reivindican los socialistas como parte de su legado histórico, nunca incluyen el referéndum de la OTAN

1986 marca también, de acuerdo con la magnífica serie de 'podcasts' XRey, de Álvaro de Cózar, una especie de transición personal de nuestro anterior jefe de Estado, Juan Carlos de Borbón. Juan Carlos I vivió una infancia complicada, separado de su familia, tras ser enviado con apenas 10 años a Madrid, por exigencia de Francisco Franco. Vivió solo y aislado en el seno de una corte franquista que le dedicó todo tipo de desplantes. Frente al rechazo general, del búnker franquista pero también de la oposición democrática, accedió a la jefatura del Estado, y para asombro también generalizado, desmontó pieza a pieza el edificio franquista en una de las transiciones políticas más ejemplares del siglo XX.

Su papel durante el golpe de Estado del 23-F, pese a las muchas leyendas que siempre lo han rodeado, fue inequívoco y decisivo. Inequívoco porque todas las decisiones del monarca aquellos días fueron en la misma dirección, la de parar el golpe. Y decisivo porque sin su actuación seguramente nunca hubiese fracasado de la forma incruenta en que lo hizo. Quizá Juan Carlos I, en los meses anteriores, “se dejó decir” demasiadas cosas, como afirma Miguel Ángel Aguilar. Pero convertir aquella procacidad de oyente en otra cosa es una flagrante falta a la verdad histórica.

A partir de 1986, como decía, tal vez llevado por la satisfacción de ver completados casi todos los grandes hitos de nuestra transición democrática (la alternancia política, la normalización del ejército, el ingreso en la UE, la propia incorporación a la alianza atlántica), Juan Carlos I se dedicó menos a los asuntos públicos y más a sus propios asuntos personales, episodios que también se abordan en el 'podcast', incumpliendo en algunos casos el deber de ejemplaridad exigible a nuestra más alta magistratura.

La humanidad, desde la antigüedad clásica, siempre ha buscado inmortalizar modelos y prototipos ideales, ya sea en la religión o en el arte. Tal vez por eso, porque los hombres siempre hemos estado por debajo de esas expectativas, la iconoclastia y el derribo de las imágenes ha sido un fenómeno recurrente en la historia.

Lo sorprendente en España no es que las estatuas se derriben, sino que no existan, que nadie las levante. Uno de los momentos de más tensión narrativa en XRey es la que a la postre fue la última entrevista de Alfredo Pérez Rubalcaba. En ella, relata la batalla interna que se vivió en el seno del Partido Socialista a cuenta de la abdicación del rey Juan Carlos. Como dice Rubalcaba, la monarquía había cumplido con el pacto constitucional. En ese momento, les tocaba hacerlo a ellos. Pero gran parte del grupo socialista no lo entendió así, aunque solo fuese porque notaban demasiado cerca el aliento de Podemos, o porque había unas primarias internas en juego. De hecho, no hacen falta muchas cábalas para pensar que la postura socialista sobre la abdicación hubiese sido muy distinta de producirse seis meses después, ya con Pedro Sánchez al frente del partido.

Seamos sinceros: llevamos cerca de 40 años sin forjar consensos sobre las cuestiones más básicas. Lo dejamos de hacer a mediados de los ochenta

Ni Felipe, ni el referéndum de la OTAN, ni la transformación económica, ni la transición democrática ni el papel de Juan Carlos. Ni siquiera Adolfo Suárez disfrutó de un reconocimiento unánime, poco más que apenas unos meses de su vida postrera. La polarización no ha llegado ahora a nuestro país. Seamos sinceros: llevamos cerca de 40 años sin forjar consensos sobre las cuestiones más básicas. Lo dejamos de hacer desde mediados de los ochenta.

Durante el confinamiento, me he acordado muchas veces de 1986. Yo tenía entonces prácticamente la misma edad que mi hijo mayor tiene ahora. Y en los momentos más duros del encierro, me preguntaba qué recordaría de estos meses. Si habría un cometa Halley o una noche de Querétaro. Durante el confinamiento, ha descubierto a Calvin and Hobbes, ha leído la saga entera de Harry Potter y hasta ha aprendido a montar en bicicleta. Así que 2020 se le ha dado bastante mejor que lo que se me dio a mí 1986. La infancia está llena de estatuas que no se olvidan. Pero cuando dejamos de ser niños, a los españoles parece que se nos empieza a olvidar todo.

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