Leyendo a San Lucas

A mí, San Lucas me cae bien. Era médico y, además, buen escritor. El otro día leí la parábola del hijo pródigo y, como uno es

A mí, San Lucas me cae bien. Era médico y, además, buen escritor. El otro día leí la parábola del hijo pródigo y, como uno es como es, se me fue la cabeza a otras cosas.
 
La parábola es muy conocida. Un padre tenía dos hijos. El más pequeño le dijo que le diera la parte de la fortuna familiar que le tocara. Supongo que se refería a la que le tocara después de que se muriera el padre. Pero el padre debía estar cansado del niño y se la dio. Pensaría: "Así me quito a este pelma de encima". Y el chaval se fue a un país lejano y allí se lo pasó en grande "con malas mujeres".
 
Una cosa así no podía acabar bien. Crisis, hambre, cuidado de los cerdos, ansiedad por comer las algarrobas de los puercos…y vuelta a casa. Y allí, el padre le recibe "comiéndoselo a besos". Gran festejo, enfado del hijo mayor y normalidad.
 
Cuando escribió esto, San Lucas no debía pensar en Cataluña, porque supongo que entonces no existía, aunque vaya usted a saber. Ahora, Cataluña ha ido a su padre y le ha dicho que quiere irse. Han salido a la calle muchos. Hablan de 1.600.000 personas haciendo la Vía catalana, que menos mal que fueron por la costa, que si llegan a ir por el interior, se me meten en Aragón y, unos hablando lapao y otros catalán, la organizan.
 
Hay una diferencia entre el hijo pródigo y Cataluña: que, en casa del padre, la Constitución era él y si el hijo quería irse, que se fuera. Aquí hay una Constitución, a la que, por lo menos, habría que echarle un ojo, digo yo. Porque irse "a lo hijo pródigo",  lo que antes se llamaba "irse a la francesa", o sea, sin despedirse de nadie, me parecería una falta de educación, y los catalanes serán lo que sean, pero maleducados, no. Y esto lo digo yo, que tengo 10 hijos catalanes, 6 yernos y nueras catalanes y 45 nietos catalanes. Si mi familia hubiera ido, la Vía catalana llega a un par de pueblos más.
 
O sea, que eso del diálogo, que no hubo en la parábola, sería ahora lo normal. Pero no diálogo por carta, en la que cada uno mide las palabras, los asesores ponen una coma aquí y un punto y coma allí, y así queda una carta-bodrio que diga lo que cada uno de los catalanes y cada uno del resto de los españoles quiera interpretar.

Sería importante saber qué opinan los catalanes.

En un programa de televisión, alguien dijo que en el mundo había 1.200 millones de católicos. Al cabo de un rato, se comentó que, en la visita de Benedicto XVI a España, había 2 millones de personas. El presentador preguntó: "¿Dónde estaban los 1.198 millones restantes?". Y la gente se rio y aplaudió la gracia.

Pienso que alguien podría preguntarse al ver las personas que fueron a la Vía (1.600.000): "¿Dónde estaban los 5.900.000 restantes?" Unos, en casa. Otros, de excursión. Otros, en Madrid, viendo una exposición (amigos míos). Otros, haciendo caca, porque son muy pequeños (nietos míos). Otros, en casa, de acuerdo con la Vía. Otros, en casa, en desacuerdo.

Antes me he referido al resto de los españoles porque hay un personaje, Felipe González, que nunca me había caído especialmente bien, hasta que lo comparé con algún otro de su partido, al que sufrimos unos años, momento en que mi opinión sobre Felipe mejoró, y mucho. El año pasado, en una conferencia que dio en Barcelona, dijo: “Vosotros queréis votar sobre la independencia de Cataluña. De acuerdo. Pero yo, también”.

Y Francesc de Carreras, un Catedrático de Derecho constitucional, ha añadido que deberían votar también los ciudadanos europeos, porque España forma parte de la Unión Europea y si algunos de una parte de España quieren irse de España, los europeos también tienen derecho a votar, no vaya  a ser que Cataluña se vaya de la UE y se apunte a la Liga de Estados Árabes y volvamos a tener a los moros (perdón) en la puerta de casa.

Otro tema es el dinero. El hijo del padre de la parábola debía de tener buena fama. Era un pájaro, como pudo verse, pero, amparado por su padre, tendría un cierto prestigio en su pueblo. Sus amigos le reirían las gracias por ser el hijo de papá. Y, dada su afición por las mozas, como pudo verse después, las de su barrio le harían todo tipo de carantoñas, aunque no fuera guapo guapo, lo que se dice guapo. Pero tenía estáteres en abundancia. Y como cada estáter valía cuatro dracmas y cada dracma era el salario de un día, las invitaría a copas día sí y día también.
 
Aquí es más difícil, porque el padre y el hijo tendrían que sentarse a hacer cuentas. Con una condición que he repetido muchas veces: queriendo dejar las cosas claras y no partiendo de la base de que uno de los dos, o los dos, son unos trileros sin escrúpulos. O sea, que no me imagino una negociación entre Montoro y Mas-Colell que empiece diciendo: “Hola, Cristóbal de las narices, aquí vengo para llegar a un acuerdo. Y deprisita. Porque esos que chillan ahí abajo, son 1.600.000 personas que, como no me des lo que exijo, piden la independencia de Extremadura y nos fusionamos con ellos”. A lo que Cristóbal contestaría: “Andreu, desgraciao, bastante hago con levantarme a estas horas para atenderte y darte este café asqueroso que he sacado de la máquina y me ha costado un euro”.
 
Acabada la negociación, el hijo debería sentarse solo y hacer un balance: lo que tengo menos lo que debo igual a lo que tengo de verdad.
 
Si por casualidad lo que tengo es menos de lo que debo, que todo puede ser, nueva cuestión: “Cuando me vaya de casa de mi padre, ¿de dónde saco el dinero? Porque cuidar cerdos no me gusta. Puedo sacarlo de los impuestos que paguen mis empresas, que son muy buenas (es verdad), puedo autorizar, previo cobro, al Barça a que cambie el nombre del Nou Camp y le llame Qatar Generalitat Nou Camp (puestos a poner nombres, como ya tenemos patrocinador, para qué vamos a cambiar.) Y así vendrán cataríes y se animará más el turismo…”
 
Luego habrá que ver qué pasa con el euro, porque como la UE no se decida a admitirnos y se pase siete años discutiendo ventajas e inconvenientes, y, mientras tanto, no nos preste dinero nadie (hoy somos bono basura) ni nos pague las nóminas nadie y tengamos que devolver 45.000 millones de euros (o así) en pesetas, a ver de dónde los sacamos, majos.
 
Después, otra cosa: el sistema financiero catalán. La Caixa es una entidad más o menos seria (o sea, como las demás), pero con una importante parte de su negocio en el extranjero, o sea, fuera de nuestras fronteras (las de Cataluña). Y sacar el dinero de La Caixa y llevárselo al Santander, por ejemplo, es tan fácil…
 
También habría que ver qué estructura debería tener el nuevo Estado:
 
1.- No necesitaríamos Casa Real, con lo que los autores de los libros contra los malvados Borbones se hundirían en la miseria. Pero nunca llueve a gusto de todos.
 
2.- Consell Superior de Justícia, ya tenemos
 
3.- Parlament, ya tenemos
 
4.- Govern. Habría que ver cuántos ministerios necesitaríamos:
a) El de Defensa, no
b) El de Administraciones Públicas, no
c) Relaciones exteriores. Ya tenemos embajadas. Harían falta más
d) Sobraría el Delegado del Govern en Madrid
e) Etc.
 
5.- Sobrarían los representantes de partidos catalanes en el Congreso de los Diputados
 
6.- Etc.
 
Luego tendríamos que plantearnos cómo se controla todo lo anterior, no vaya a ser que, ahora que se han ido los malos y nos hemos quedado solo los buenos, algún bueno quiera seguir haciendo cosas malas. Que los hay.
 
Y sería muy triste que, después de gastarnos el dinero con malas mujeres (es un símil), tuviéramos que forrarnos de comer algarrobas, que me dan mucho asco y por eso no las he probado nunca.
 
Sería terrible que, al cabo de un tiempo, muertos de hambre, tuviéramos que volver a la casa paterna, porque no sé si el padre nos recibiría con cariño. Y los sucesores de los sucesores de Artur tendrían que hacer una eliminación de estatuas de Artur por todo el territorio antes independiente y encargar a prestigiosos historiadores que reescribieran, una vez más, la historia, diciendo que Arturo Mas, que volvería a llamarse entonces así, fue un español, quizá madrileño, quizá (¡horror!) borbónico, que quiso arruinar a Cataluña, haciéndole emprender un viaje a lo desconocido.
Desde San Quirico
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