Catexit (XXIII): y Carles se marchó a Bruselas

Intento ponerme en el lugar de Carles, porque lo que ha hecho este hombre es, por lo menos, incómodo

Foto: El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont posa en el interior del club de la prensa de Bruselas. (EFE)
El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont posa en el interior del club de la prensa de Bruselas. (EFE)

De repente, Carles está en Girona. De repente, está en Bruselas.

Pienso en posibles causas del viaje. Que ha huido, que quiere hacerse la víctima, que piensa que así se internacionaliza el conflicto, que ha ido para buscarse un abogado, que va a pedir asilo, que quiere dirigir Cataluña desde Bruselas con medio gobierno aquí y medio gobierno allí, incluido él...

Hace tiempo, hablábamos de una persona. Pretendíamos comprender su postura. Alguien dijo: "Ponte en su lugar". Y otro contestó: "En su lugar ya está él. Yo me quedo en el mío".

A pesar de eso, intento ponerme en el lugar de Carles, porque lo que ha hecho este hombre es, por lo menos, incómodo.

Después de pasear con su mujer el domingo por Girona, de hacerse selfis y de comer con unos amigos, va y se escapa. Sale en coche a Marsella y allí, en avión, a Bruselas, a un hotel de tres estrellas, dando la impresión de que alguien, no sé quién, le ha dado dinero para el viaje, pero con la condición de que lo administre bien.

No ha ido solo. Se ha llevado unos cuantos 'consellers' y ha dado una rueda de prensa, diciendo en varios idiomas las posverdades habituales, con la convicción de que una posverdad repetida muchas veces se convierte en verdad. O sea, lo mismo que sucede con las mentiras, que, mil veces repetidas, se convierten en verdad.

Sigo desoyendo la recomendación de mi amigo. Continúo poniéndome en el lugar de Carles. En primer lugar, me doy cuenta de que es un lugar molesto, a medio camino entre la heroicidad y la traición, entre dar la cara con gallardía y no darla, a la misma hora que las personas que han ido a Madrid han aguantado en Atocha los gritos de "¡viva España!", proferidos siempre por la ultraderecha y nunca por los que no queremos que un trozo de España se vaya al garete. Mientras tanto, él no da la cara y su abogado empieza a decir que quizá puede testificar por videoconferencia.

Carles es del PDeCAT, nombre elegido para ocultar ingenuamente las vergüenzas anteriores. En España se han quedado Artur Mas, presidente del partido, y otros, como la pobre Marta Pascal, coordinadora, que, cándida como ella sola, ha dicho que "hemos dado por fácil una cosa que no era tan fácil".

Hasta ahí llegaba yo, Marta, y no soy político. Pero un mínimo de sentido común me dice que coger un trozo de España y llevárselo debe ser difícil. Y si, además, te has buscado unos socios amigos de la gresca y a los que les gusta resolver las cosas a patadas mientras chillan por la calle y llaman traidor a Carles, me sorprende que te sorprendas cuando las cosas se ponen feas y te citen en la Audiencia Nacional o en el Tribunal Supremo.

La vida es difícil. Las trampas se descubren en seguida. En Bruselas quedan Carles y unos pocos 'consellers'. Ya sé que De Gaulle, desde Inglaterra, dirigió la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. Pero Carles, no te lo creas. Quizá piensas volver en olor de multitudes diciendo: "¡Ja soc aquí!". Pero eso ya lo dijo Tarradellas y tú, Carles, no eres Tarradellas, ni el entorno político español es el que era entonces. Tampoco eres De Gaulle.

Intentad, Carles y los acompañantes, que algún médico en Bruselas certifique que todos habéis cogido la gripe y que por eso no habéis podido venir a tiempo. Mandáis el certificado por correo electrónico y venís en coche, evitando que los del "¡viva España!" os molesten. Llamad a los 30 que han vitoreado hoy a vuestros compañeros, para que os vitoreen cuando lleguéis. Y estad seguros, el juicio será justo. No sé si podréis presentaros a las elecciones del 21 de diciembre, pero si no, ya se presentarán otros.

Hay un problema serio en la aplicación del 155: la desaparición de muchos cargos. Muchos, muchos. Y muchos cargos equivalen a muchos sueldos. Y a una familia, cuando pierde el sueldo, vete a decirle que quizá no hacía falta.

Y si resulta que la autonomía catalana funciona con el 'president' y unos 'consellers' en Bruselas, con unos cuantos aquí y poco más, igual hasta podemos prescindir de los de Bruselas. Que se busquen un empleo allí y los de aquí, a dirigir la Generalitat, una vez resueltos el sueño independentista, que ya se ve que es difícil y caro.

Paso por un quiosco y veo la portada de 'El Periódico'. Me va bien para acabar. "President': ¡DÉJELO YA!".

Desde San Quirico

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