La alegría de los griegos

Grecia ha salido del rescate. Ha recuperado su soberanía y ha dejado de depender de la tutela de los acreedores. O no

Foto: Alexis Tsipras.
Alexis Tsipras.

Alexis Tsipras está contento. En una foto, le veo sonriente, quitándose la corbata, de la que nunca ha sido muy partidario.

Grecia ha salido del rescate. Ha recuperado su soberanía y ha dejado de depender de la tutela de los acreedores.

O no.


En primer lugar, hay que recordar que los griegos hicieron una serie de trucos contables para entrar en la UE. Y cuando haces trucos contables para entrar en la UE o en el bar de San Quirico, donde se reúnen todos los días los poderes fácticos del pueblo, coges mala fama y los acreedores se ponen chulos y exigen todo lo exigible. O sea, el principal más los intereses. Y si te has retrasado en los pagos, más intereses.

Desde 2010, Grecia ha recibido 289.000 millones de euros para poder sobrevivir, porque los malvados acreedores querían cobrar, según la definición de acreedor que da el Diccionario de la Real Academia: "Que tiene derecho a que se le satisfaga una deuda".

Cuando uno se aprieta el cinturón, puede notar síntomas de asfixia, según el grado de apretadura


Como Grecia ha tenido que pagar deudas ingentes, cursilada que considero necesario poner aquí para no decir deudas ENORMES, resulta que ha tenido que apretarse el cinturón. Y cuando uno se aprieta el cinturón, puede notar síntomas de asfixia, según el grado de apretadura.

En el caso de Grecia, los síntomas de asfixia no han sido solo síntomas. Ha sido asfixia REAL: un millón de personas han perdido su empleo; unos 400.000 griegos se han ido del país; se han cerrado 300.000 empresas privadas; las pensiones se han recortado brutalmente; y la bolsa griega está un 60% por debajo de los niveles de 2010.

No sé si es el momento de reflexionar, porque bastantes personas en Grecia no están para reflexionar. Pero intento hacerlo, aunque solo sea porque reflexionar es bueno y porque sería terrible que, animados por las buenas noticias, los griegos se lanzasen a repetir sus locuras.

Una mujer en Grecia. (Reuters)
Una mujer en Grecia. (Reuters)

Y, en confianza, para que animados por las buenas noticias griegas, nosotros, los españoles, no nos lancemos a la repetición de sus locuras, porque no hay que olvidar que nuestra deuda pública actual es de 1.162.946 millones de euros, o sea, lo que en Zaragoza se llamaría una animalada, por la que pagamos al año 31.547 millones de intereses, un 2,71%, que está muy bien. Pero es una deuda vulnerable, porque como a Draghi se le ocurra subir los intereses, la hemos fastidiado y nos van a brear de impuestos: primero a los ricos, que no se sabe quiénes son; luego a los menos ricos y, al final, a todo hijo de vecino. Todo ello, por supuesto, al grito de "¡viva la justicia social!".

Como a Draghi se le ocurra subir los intereses, la hemos fastidiado y nos van a brear de impuestos: primero a los ricos, que no se sabe quiénes son

(Aquí hay que recordar que en Maastricht nos comprometimos a que la deuda pública no pasase del 60% del PIB. Partiendo de que el PIB de 2017 fue de 1.163.662 millones y de que Bruselas prevé un aumento del 2,8% en 2018, resultaría un PIB para 2018 de 1.196.244 millones, cuyo 60% es 717.746 millones. Como la deuda es de 1.162.946 millones, resulta que, a estas alturas del año, nos hemos pasado en 445.200 millones).

Grecia, mal. La troika ha apretado mucho, muchísimo. ¡Qué malos son! ¡Y qué malos los que quieren cobrar!

Pero nadie se acuerda de los gobernantes responsables de la situación actual. Porque los griegos engañaron con sus cifras falsas a la UE, pero sus gobernantes les engañaron a ellos basando su teórico bienestar en el engrase de los bancos que prestaron dinero, engrase que hizo crecer la economía y que transmitió a los griegos la idea de que, como somos ricos, podemos vivir de película.

Corremos el peligro de creernos los cuentos que nos contamos a nosotros mismos y nos animamos unos a otros a gastar más


Ahora viene la cruda realidad. No eran ricos. Eran pobres apalancados y cuando les han quitado el apalancamiento han vuelto a ser lo que eran: pobres.

Y, en vez de quejarse, deberían dar gracias a Dios por esos años en los que, convenientemente engrasados, intentaron vivir como ricos.

Lo malo es que muchos se lo creyeron.

Y como nosotros también somos mediterráneos, corremos el peligro de creernos los cuentos que nos contamos a nosotros mismos y nos animamos unos a otros a gastar más, y, como el Gobierno es muy débil, cada uno de sus socios le exige cosas que cuestan dinero y que no se le ocurra a nadie decir que vivimos 445.200 millones por encima de nuestras posibilidades, porque esas cosas no se dicen.

Desde San Quirico
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