Una merienda

Respeto a las personas, que no son ni una unidad de producción, ni una unidad de gasto ni una unidad de nada. Son una unidad de cuerpo y alma, y así hay que tratarlas

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Merendé anteayer con un amigo. Aunque lo mío son los desayunos, a él no le venía bien y nos vimos a última hora de la tarde.

Hacía mucho tiempo que no hablábamos, pero 'enganchamos' inmediatamente. Sus circunstancias profesionales han cambiado. En la empresa en la que trabaja se ha producido un cambio de accionistas. La empresa, familiar de toda la vida, ahora es parte de una multinacional. El trato humano es muy distinto. Parece que es más 'trato' que 'humano'. La gente —los viejos— es invitada a irse.

A mi amigo le sugieren la jubilación. Tiene 61 años. Le ofrecen irse a casa. Nada más. Pasar del sueldo actual, un sueldo muy digno, a una jubilación normal, lo que le representaría un bajón de ingresos brutal.

Ya se ve que para hacer una oferta así no hace falta ser Master. Parece que el que la ha hecho se ha quedado un poco sorprendido al encontrarse con la negativa de mi amigo.

En un plan de formación que están preparando un grupo de amigas mías para chicas jóvenes, preocupadas por conciliar bien su trabajo profesional fuera de casa con su trabajo profesional en casa, me piden que dé una charla con el título de 'Liderar para la felicidad'. Como con ese título puedo hablar de mil cosas, me concretan: quieren que hable de coherencia en la vida, de respeto a las personas de mi familia y a las de la empresa donde trabajo; de unidad de vida, una de mis manías, que hace que si soy leal a mi mujer lo sea a la empresa y viceversa... O sea, de algo que se expresa fácilmente y se lleva a la práctica con un poco más de dificultad.

Liderar para la felicidad. El título da para una conferencia, para un seminario de una semana y para un curso de nueve meses

Respeto a las personas, que no son ni una unidad de producción, ni una unidad de gasto ni una unidad de nada. Son una unidad de cuerpo y alma, y así hay que tratarlas.

En el momento en que al Master —nombre genérico— le encargan que reduzca los gastos, lo del cuerpo y el alma le cae tan lejos que es incapaz de ver más allá de sus narices y piensa que alguien le felicitará si consigue eliminar el sueldo de mi amigo y que la Seguridad Social le pague otro sueldo. Y si es muy inferior, allá él.

Se convierte así la empresa —comunidad de personas— en un ente que se compra, se limpia con detergente y lija del 4, se adelgaza y se puede vender por segunda vez.

Liderar para la felicidad. Ja. Como si a ese Master le importara algo el liderazgo y que la gente sea feliz.

Mientras voy a la estación, oigo la radio. Dos presentadores. Comentan un acuerdo entre políticos. Uno pregunta si eso lo han hecho pensando en la ciudadanía. Al otro le entra la risa, como si la pregunta fuera una ocurrencia divertida de un payaso de circo con ganas de hacer reír a la gente. Los dos dan por supuesto que esos políticos —y quizá muchos— no piensan nunca más que en lo que les conviene a ellos.

Liderar para la felicidad. El título da para una conferencia, para un seminario de una semana y para un curso de nueve meses.

Hace años, en el IESE, hablábamos de dirigir con justicia y eficacia. La eficacia se entendía fácil. La justicia, el dar a cada uno lo suyo, es muy amplio

Hace años, en el IESE, hablábamos de dirigir con justicia y eficacia. La eficacia se entendía fácil. La justicia, el dar a cada uno lo suyo, es muy amplio. Porque cuando le ofrecen a mi amigo unas condiciones de jubilación claramente inaceptables, le están queriendo quitar algo de lo suyo, o, en palabras de la ministra de Trabajo con el asunto del sindicato de prostitutas, le pretenden meter un gol por la escuadra.

Y si queremos que los líderes sean eso, líderes, y no charlatanes de feria, como León Salvador, que cuando yo era chaval vendía en Zaragoza las hojas de afeitar Piel Roja "ni a cinco, ni a cuatro, ni a tres ni a dos, sino ¡¡a una peseta!!", momento en que, ayudado por los de la clac, vendía hojas y hojas; si queremos que sean líderes, repito, tenemos que formarles para que luchen por la eficacia y por la justicia, sabiendo que no podemos echar la culpa de muchos males al capitalismo brutal, sino a muchos brutos que, armados con un cierto poder y sin ninguna formación, parecen el caballo de Atila, aquella bestia que, por donde pasaba, conseguía que no volviera a crecer la hierba.

(Por cierto: la culpa se la llevaba el caballo, pero la bestia de verdad era el jinete).

Tenemos que formarles para que luchen por la justicia, sabiendo que no podemos echar la culpa al capitalismo brutal, sino a muchos brutos

Las cosas son difíciles y a veces cuesta tener ideas claras sobre lo que está bien y lo que está mal. El cortoplacismo, o sea, medir a la gente por unos resultados cuantitativos a conseguir ¡ya!, es fuente de muchos males.

La lejanía del centro de decisiones estropea más las cosas. Porque desde Berlín se puede decidir cerrar la fábrica de San Quirico y trasladarla a Brno en Chequia, sin que el que tome la decisión sepa dónde está San Quirico y dónde está Brno, porque, en confianza, a pesar de lo rimbombante del título, en alemán, que tiene en la puerta, por dentro es bastante de pueblo y no ha salido de Berlín en su vida: total, ¿para qué?

Humildad para que el Master sepa que actuar en busca de la eficacia y respetando la justicia es una manera de dirigir mucho más sofisticada que hacer de Terminator y que te tengan miedo en cuanto cruces la puerta.

La empresa es una comunidad de hombres que dan servicio a otros hombres utilizando medios suministrados por otros hombres

He encontrado papeles viejos sobre "la urgente necesidad de una reforma de la empresa". Trabajé sobre este tema hace muchos años. He guardado todos y voy a volver a estudiarlos. Porque es posible que hoy sea tan urgente, o más urgente, que entonces.

Y porque recordar a diario que la empresa es una comunidad de hombres que dan servicio a otros hombres utilizando medios suministrados por otros hombres siempre será fundamental.

Por lo de los hombres.

Desde San Quirico
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