De Venezuela a Aragón

Me preocupa lo que pueden hacer unos gobernantes con un país bonito, rico, en el que la corrupción lo invade todo y en el que no se sabe qué puede ocurrir

Foto: Manifestación de simpatizantes del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. (EFE)
Manifestación de simpatizantes del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. (EFE)

Hace años, por temas profesionales, fui bastantes veces a Caracas. Hice muchos amigos allí. Como con frecuencia perdía la maleta, uno de ellos en su casa me guardaba un traje y una muda para estar presentable en caso de quedarme sin equipaje.

Como algo pintoresco, recuerdo que en un viaje Lima-Guayaquil-Caracas-Madrid, perdí una cartera llena de los papeles con los que había trabajado en Lima. La busqué por todas partes y, al final, la di por perdida. Mientras tanto, volví a Caracas, y perdí otra maleta. Me llamaron para decirme que ya la habían encontrado, fui a buscarla y... encontré las dos, la recién perdida y la otra, la 'perdida definitivamente'.

Los viajes eran pesados y llegaba a casa muy cansado... para volver a los pocos días y seguir metido en la vorágine de una ciudad que siempre me pareció incómoda. Cené una noche con un matrimonio español. Ella había hablado con su madre de cómo era aquella ciudad. La madre le había recomendado que pasease por el centro. Ese era el problema: "¿Cómo le explico a mi madre que aquí no hay centro?".

Me da mucha pena lo que está ocurriendo en Venezuela. Me acuerdo de mis amigos, que, si viven, serán mayores como yo. Sé que están pasando necesidades muy básicas.

Me preocupa lo que pueden hacer unos gobernantes con un país bonito —no todo es incómodo, hay verdaderas maravillas naturales—, rico, en el que la corrupción lo invade todo y en el que no se sabe qué puede ocurrir. El ofrecimiento de Bolton, consejero de Seguridad Nacional de la Administración Trump, un chico amable, ha sido claro. Le ha hablado a Maduro de lo bien que estaría jubilado en una playa bonita, con palmeras y daiquiris a pie de agua, y la ha comparado con otra playa, Guantánamo, donde las palmeras y los daiquiris están más lejos.

La mención de Guantánamo me sirve como amenaza, nada más. En sí, aquello me parece una animalada, que, por lo que se ve, tiene difícil solución. Pero si hablar de eso sirve para que ese mozo se vaya a toda velocidad, me va bien.

En el IESE, durante una temporada, di clases sobre 'La responsabilidad social de la empresa'. Me ayudó un profesor de Harvard, al que yo veía como un señor mayor. Su libro 'Business, Society and the Individual', me sirvió mucho. Me gustaba el título, que citaba dos grandes entes, las empresas y la sociedad, y acababa en el ente básico, fundamental: el individuo.

La responsabilidad social de Maduro, enorme. La de Maduro y la de Sánchez. Y la de Casado y la del otro, y la del otro y la del otro. Yo nunca he tenido una responsabilidad así. Ni la tendré. Y pienso que debe ser difícil, cuando estás soltando un discurso ante mucha gente, no ver a la gente. Ver a muchos 'individuals'. Cada uno con sus 'cadaunadas'. Algunas buenas, algunas menos buenas.

Y debe ser difícil no ver esa masa de gente como peldaños para subir, para conseguir un puesto, para conseguir una buena remuneración, sobre todo si tú no vales demasiado y nunca has ganado cuatro chavos y ahora ves la posibilidad de ganarlos. Si, además, no tienes claras las ideas de lo que está bien y lo que está mal, ves otras posibilidades: desde poner los fondos reservados en la caja de caudales de tu despacho hasta meter la mano en esa caja. Con lo que has trabajado, qué menos. Y cuando lo haces una vez, lo haces varias, porque igual a tu mujer/marido le empieza a gustar.

Se hable de lo que se hable, siempre acabamos en el tema de la formación. Una amiga mía de ese pueblo imaginario, San Quirico, el del alcalde gordo, con mostacho y gayata que le da una cierta autoridad y le apoya en su artrosis, me contó que, comiendo en casa con su marido, Manel, comentaron algún caso de violencia doméstica, en el que uno le había dado una somanta de palos a su mujer. Al margen de la indignación por la brutalidad, Manel solo dijo una palabra: "Inculto".

Es verdad. Ese es un inculto y, por lo que se ve, no es el único. Y fuera del terrible tema de la violencia doméstica, hay mucho inculto, en los que mandan y en los 'mandados'. Y una nación de incultos es peligrosísima. Y más peligrosísima cuando llegan las elecciones.

Formación de los políticos. No para que sepan, sino para que sean. Que sean decentes, respetuosos con el 'individual', que vayan con la verdad por delante

Que están llegando. Y lo de 'un hombre, un voto' es mentira. 'Un hombre, una papeleta', eso es verdad. Porque, en algunas elecciones, un escaño en Girona 'cuesta' menos votos que en Barcelona. O sea, que si el hombre soy yo, y vivo en Barcelona, un hombre, un tercio de voto o así.

Formación de los políticos. No para que sepan, sino para que sean. Para que sean decentes, respetuosos con el 'individual', para que vayan con la verdad por delante.

Ya sé que hay que ser respetuoso con el medio ambiente, pero no se puede olvidar que, en ese medio ambiente, está ese señor que, tenga un voto o un trozo de voto, es una persona entera.

Ya sé que hay que reciclar y que hay que hacer todo lo posible para que el cambio climático no se lleve medio mundo por delante, pero no olvidemos que ese medio mundo, y también el otro medio, está compuesto por miles de criaturas humanas.

Formación de las masas, para que dejen de ser masas y sean conjunto de 'individuals' pensantes.

No vaya a ser que sepamos al dedillo las heroicidades (¡?) de Rafael Casanova y resolvamos los problemas familiares a cuchilladas

Vuelvo con mis manías. Isabel Celaá, ministra de Educación, tiene un trabajo precioso: conseguir que el español se forme como persona. He dicho 'el español', y aquí se incluyen las personas de cada una de las 17 comunidades y de las dos ciudades autónomas. Aunque la educación sea una competencia transferida, Isabel, no te descuides.

Porque no vaya a ser que sepamos al dedillo las heroicidades (¡?) de Rafael Casanova, el del monumento al que le ponen flores en Barcelona todos los 11 de septiembre, y no sepamos ceder el paso a una señora o resolvamos los problemas familiares a cuchilladas.

Como el inculto del que hablaba Manel.

P.S.

1. He dicho que el mundo está compuesto por miles de criaturas humanas. No digo esto por obedecer al presidente de la Diputación General de Aragón, que, en un alarde de discurrir fuera del tiesto, ha ordenado a sus funcionarios que no utilicen las palabras 'niño' o 'niña'.

2. A partir de ahora, todos, 'criaturas'.

3. ¡Ay, criaturica mía!

Desde San Quirico
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