Día 8. La fuga de Colditz: España ya es el mayor experimento social de la historia

¿Todo el país encerrado en casa durante varias semanas? Ni a un conductista californiano enajenado se le hubiera ocurrido. Pronóstico reservado

Foto: Vida cotidiana en medio de la pandemia de coronavirus. (EFE)
Vida cotidiana en medio de la pandemia de coronavirus. (EFE)
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Hola. Yo soy Bartolín, y usted no lo es.

Un experimento sobre recrear una cárcel y meterte en roles de presos y guardias que acaban a palo limpio (Experimento de la cárcel de Stanford). Otro en el que unos voluntarios dan descargas eléctricas a otros sin saber que es un simulacro para medir sus niveles de acatamiento de órdenes arbitrarias (Experimento de Milgram).

Los experimentos sesenteros/setenteros de encierros, roles y abuso de autoridad seguían fascinando e inquietando medio siglo después, hasta que llegó el coronavirus... y los convirtió en un bromazo universitario. Bienvenidos a los diarios de la pandemia.

Armas para el pueblo (infantil)

Si alguien nos hubiera dicho en enero que en dos meses toda la población española estaría confinada en sus casas, le hubiéramos llevado directo al loquero. Pero los que hemos acabado en el frenopático somos nosotros.

Ni al más perverso conductista californiano se le hubiera ocurrido semejante 'performance' clínica. Millones de personas atrapadas en sus casas mientras la televisión les fríe la cabeza con noticias pavorosas sobre el virus.

Y decenas de odiseas cotidianas más.

1) Los niños se suben por las paredes porque no pueden salir de casa. El otro día pillé a mi hija de dos años en el baño haciendo un túnel con una cucharilla. El pasadizo llegaba hasta la frontera con Francia. La niña llevaba varios días sacando sacos de tierra y cascotes al patio, pero no até cabos (ahora que caigo: también llevaba varios días con la cara cubierta de carbonilla; tampoco até cabos). Según la UCO, era un plan coordinado con varios vecinos menores y bautizado como La fuga de Colditz. Varios niños han logrado escapar. Se les ha visto en una noria en Port Aventura, desafiando a las autoridades: "No nos pillaréis vivos. Antes la muerte que volver a ese encierro soporífero". No les puedo culpar, porque:

2) Hay tantos deberes online que uno se pregunta. ¿Esto qué es? ¿Un confinamiento improvisado o unas oposiciones infantiles al Instituto Tecnológico de Massachusetts? En serio: está guay que los niños estudien algo a diario, ¿pero se tienen que sacar dos carreras y un doctorado antes del fin de la cuarentena? ¿La sociedad les va a dar la espalda si no lo hacen? ¿Nos hemos vuelto todos cretinos de golpe?

3) Cuando los padres intentan teletrabajar, las criaturas se dedican —lógicamente— a sabotearles. Si notan cierta dispersión en mis textos (Ola k ase?), que nada tiene ni pies ni cabeza (próxima estación: Pitis), que es todo un absoluto delirio (me va, me va, me va, me va, me va, me va la fiesta, la madrugada, me va el cantar), tengan en cuenta que, mientras escribo esta frase, mi hijo me está soplando una trompeta en el oído con todas sus fuerzas. En concreto, la trompeta de Jericó. Tararí. Tararíííííííííííííííííííííííííííííííí.

4) Las redes sociales están repletas de 1) paletos reconvertidos en expertos en virus y pandemias, 2) peña contando los muchos libros y películas que consumen a diario (que se metan su maldito tiempo libre por donde les quepa), y 3) listillos plastas (OS DIJE QUE HABÍA QUE TOMARSE EL VIRUS EN SERIO) y listillos oportunistas: al principio se tomaron el virus a broma, ahora cargan contra el gobierno por imprevisor.

"Si alguien nos hubiera dicho en enero que en dos meses toda la población española estaría confinada en sus casas, le hubiéramos llevado al loquero"

Para colmo: El día que salgamos al exterior, nos recibirá la recesión con los brazos abiertos.

Lo único que nos libra de chiflar quizá sea el aplauso de las 8 de la tarde a los héroes de los servicios públicos. Y entonces piensas, leches, peor están ellos, que se están jugando el tipo por todos nosotros. Aplaudes más fuerte. Al escuchar los aplausos de los vecinos, te brota el sentido de comunidad (empatía, euforia), las endorfinas se ponen a bailar durante unos segundos y todo vuelve a tener sentido. Siempre nos quedará el mambo. ¡Weah!

Diario de la pandemia
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