Día 55. Siete millones de niños en el limbo del coronavirus

Abuelos aislados, padres trabajando y niños en casa. Si esto no es el apocalipsis, se parece

Foto: Niños paseando en Madrid. (EFE)
Niños paseando en Madrid. (EFE)
Autor
Tiempo de lectura5 min

Hola, yo soy William Golding, y usted no lo es. William Golding, autor de 'El señor de las moscas' y nuevo asesor del gobierno para Infancias Descarriadas.

Bienvenidos a los diarios de la pandemia.

Vagar por Goa

Tengo la sensación de que nos hemos relajado. Una vez que el Gobierno ha garantizado nuestro derecho a hacer deporte, nos hemos relajado. 'Running', peluquerías y terracitas. La santísima trinidad. Y al tajo en breve. Todo en orden. Como un tiro hacia la nueva normalidad. El drama vendrá el primer día de trabajo, cuando salgamos de casa y una vocecilla diga: “Papá… ¿adónde vas?”. ¡Coño! ¡Los niños! ¿Por qué nadie nos avisó de que se quedaban solos? 7 millones de niños españoles.

La situación es la siguiente tras dos meses de confinamiento infantil:

-Colegios cerrados hasta septiembre (y luego ya veremos).

-Mejor que los niños no vean a sus abuelos.

-Los padres que se incorporan a trabajar.

Ojo, que igual estamos ante el plan más redondo desde que a) Bartolín fingió su propio secuestro a manos de la ETA, b) Jesulín sacó un disco de baladas y c) Michael Jordan cambió el baloncesto por el beisbol.

Un plan sin fisuras. Bueno... más que fisuras, lo que tiene el plan es un agujero tan grande que se ve desde el espacio y tapa la Gran Muralla china.

Podemos hablar del imposible metafísico de estar en casa y en la oficina al mismo tiempo. O igual nos quejamos por vicio, porque, ¿quién no se ha desdoblado alguna vez?, ¿quién no ha tenido una salvaje experiencia extracorporal?, ¿quién no se ha salido del cuerpo en un viaje astral y criado a sus hijos en espíritu mientras su cuerpo vagaba por las playas de Goa, eh, quién?

El teletrabajo era una fiesta

Pongamos que nos quedamos en casa. Estos meses, hemos comprobado que teletrabajar mientras tus hijos hacen los deberes y prenden fuego al salón no es sencillo. El otro día, un agente de bolsa en Kansas compró un millón de acciones de Fórum Filatélico por error.

—¡TE DIJE QUE VENDIERAS, IDIOTA!

—Perdón, jefe, mi hija me estaba soplando una vuvuzela en el oído y no me enteré bien.

—Ah, vale.

Vamos a hacernos los locos y a hacer como si fuera posible ir a la oficina y cuidar a los niños sin abuelos y sin canguros

Pero al margen de currar, también hay que cuidar, a ser posible sin recurrir a: 1) ponerles todas la películas de Marvel seguidas (y luego todo Tarkovsky, no importa el contenido mientras la película sea larga); 2) no ducharles nunca y dejarles las uñas más largas que las de Rosalía; 3) darles Pizzabel Díaz Ayuso para desayunar, comer y cenar (nota mental: que sigamos llamando 'pizza' a lo de Telepizza debería ser delito, ¿qué queremos?, ¿que Italia nos declare la guerra?).

Si uno cumple a rajatabla este plan de tres puntos, le garantizo lo siguiente: la UCO entrará en su casa y le quitará la custodia por tener a un niño con una barba absurda metido en una jaula con Netflix.

De que los alumnos precarios saldrán más precarios del confinamiento, ya hablamos otro día. Más información, en esta entrevista:

Pero no importa. Vamos a hacernos los locos, a hacer como si fuera posible ir a la oficina y cuidar a los niños sin abuelos (por prescripción facultativa) y sin canguros (por falta de presupuesto). Ahí va un plan maestro:

1) Dejar a los niños en un cesto junto a un hospicio de monjitas y salir a la carrera.

Monja: ¡OIGA! ¡OIGA! ¡Que se deja usted esto!

Usted: Ah, como son ustedes unas monjitas piadosas, pensaba que podían criar a mi bebé.

Monja: Hombre, a un bebé sí, pero es que este niño tiene bigotito.

Usted: Ya… Perdone... Tengo prisa [echa a correr sin mirar atrás].

2) Mantener la siguiente conversación con su primogénito:

—Hijo, llegó el momento, mañana entras en Harvard, iremos a verte en Navidad.

—Pero, papá, ¡si tengo siete años!

—Dame un abrazo, Marcial, te echaremos de menos.

3) Usted se va a trabajar y les deja a los niños 50 euros, dos litros de Tang y la tele puesta. El resto de padres españoles hace lo mismo. Ocho horas después, hordas de menores desnudos arrasan las ciudades y se enfrentan a la policía con lanzas con cabezas de cerdo.

El problema no es que esto no le importe a nadie: como poco, les importa a las familias, es decir, a muchísima gente. Simplemente, no es un asunto prioritario. No es que a los políticos les dé igual. Tampoco es exactamente culpa del Gobierno. Es peor. Es estructural. Es una inercia social. Estamos tan acostumbrados a invisibilizar los cuidados —ya se apañarán las familias, donde no llega el estado de bienestar, ya llegarán las madres o los abuelos—, que ahora nos urge más saber cuándo podemos salir a hacer deporte que saber qué hacer con los niños (que se dice pronto). Todos haciendo zumba en la calle mientras los niños ven 'Los vengadores', comen pizza y se mesan sus largas barbas. Si esto no es el apocalipsis, yo ya no sé.

Resumiendo: la desescalada es echarse a correr y que sea lo que dios quiera.

[Pinche aquí para ver los artículos anteriores]

Diario de la pandemia
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios