Día 65. Carta de un 'cayetano' rebelde a Sánchez: "Mi dinero no duerme tranquilo"

Crónica de la deriva revolucionaria de un rentista de Núñez de Balboa tras dos meses de encierro, saturación televisiva, insomnio y pesadillas venezolanas

Foto: Un hombre acude a la concentración de Núñez de Balboa. (Carmen Castellón)
Un hombre acude a la concentración de Núñez de Balboa. (Carmen Castellón)
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Yo soy Ramón Gómez, y usted no lo es. ¿No les suena mi nombre? Quizá me hayan visto ustedes en las protestas de Núñez de Balboa. Nos llaman los Cayetanos. Dicen que somos El Palmar de Troya de los Pocholos. Sí, sé que a algunos no les gusta que rompamos el distanciamiento social; a mí tampoco, créanme, pero era una cuestión de vida o muerte: o salía a la calle a aporrear algo o reventaba. Durante las jornadas de ruido y furia del barrio de Salamanca, escribí un diario. Me gustaría que lo leyera Pedro Sánchez, confuso presidente del Gobierno, con la vana esperanza de sacarle del marasmo bolivariano en el que vive. Va por ustedes.



Viernes: Día 57 del confinamiento con mi mujer y mis tres hijos en el piso de Núñez de Balboa. Sin servicio desde el 11 de marzo. Llevo tres semanas con insomnio. Tengo una rutina nocturna de hierro. Me levanto a las 3 de la madrugada, me pongo un copazo de Soberano, enciendo la tele y reviso las tertulias. Oigo que el covid-19 está descontrolado. Oigo que Pablo Iglesias quiere nacionalizar las mercerías. Así cada noche. Vuelvo a dormirme a las 5. Tengo pesadillas sombrías. Me levanto extenuado.

Sábado: Videoconferencia con mi primo Lucas. Está pasado de rosca. Me cuesta seguirle el hilo. Dice que el ejército va a ocupar el Club de Campo. Dice que hay que retirar los fondos del banco antes de que sea tarde. "¡MI DINERO NO DUERME TRANQUILO!", chilla. ¿Estaremos exagerando? ¿Estaremos perdiendo el aplomo y el saber estar? ¿Nos venimos abajo a la mínima? O salimos pronto a los restaurantes o vamos a acabar todos mal.

Domingo: Voy a tener que contratar a una secretaria para que me lleve al WhatsApp. Hoy no he podido ni ducharme. 200 mensajes políticos durante el día. Hago una selección. 1) El Gobierno cambiará el nombre de Madrid por Nueva Caracas. 2) Monedero firmará expropiaciones a las 19:30 en El Corte Inglés. 3) "Sánchez ha secuestrado a mis hijos, necesito dinero". Firmado: una princesa nigeriana. 4) Vídeo de unos negros bailando con un ataúd encima. 5) Vídeo de Alfonso Merlos explicando cómo hacer el carrete filipino sin desnucarte. 200 mensajes así. Acabó mareado. Oigo voces. Me meto en la cama.

Lunes. Vivimos con un perro enano: Colmillo. No le está sentando bien el confinamiento. Cada vez que alguien dice "Venezuela" en la tele, se pone a ladrar como un loco. No sé si debería llevarle al veterinario o al terapeuta.

Martes: Mis hijos están alterados, como leoncitos enjaulados, más gamberros que nunca. Me hincho tanto a café que me cuesta dormir la siesta. Hoy lo he conseguido... Zzzzzz... ¡BOOOOOM! Los chiquillos han tirado una traca valenciana en el salón. Me he despertado al borde del telele. Iracundo. Entre los petardos y mis alaridos, se ha presentado la policía en casa. Me multan por violar el estado de alarma (el caso es sacarte los cuartos). Se corre la voz. Mis vecinos empiezan a aporrear cacerolas y a bramar contra Sánchez. Salimos todos a la calle. Me he convertido en héroe por accidente.


Miércoles: Me he levantado oliendo a quemado. Los chiquillos me han calcinado el 'ABC' con el sol y una lupa. Más gritos. Llaman a la puerta. ¿La policía otra vez? Es el vecino, José, muy excitado. Dice que la prensa internacional ya habla de lo de ayer. Vienen más vecinos a felicitarme. Un periodista me llama para entrevistarme. Me pregunta por mi ideología "¿Yo? Apolítico, de derechas, como mi padre". Hablo con mi madre por teléfono. Le digo que esta noche iré a la manifestación. No le gusta la idea: "Moncho, por el amor de dios, no te signifiques". Bajo a la cacerolada. Está hasta arriba de gente: manifestantes, policía, prensa. Mi madre se santigua cuando me ve en la tele. En medio del tumulto, me encuentro a Gonzalito, el hijo de los López. No le veía desde que se fue a EEUU tras repetir COU. Gonzalito grita por un megáfono: "EL COLETAS ESTÁ MAL DE LA CHAVETA". La calle se viene abajo. Gonzalito tiene la cabeza llena de serrín, pero ¡qué gracioso es el jodío!

"Oigo gritos contra la policía. Creo que así no tumbaremos al Gobierno ¿Qué somos? ¿Alta burguesía o animales?"

Jueves: Comida. Intento fallido de siesta. Encuentro a mi mujer metiendo 9.000 euros y las joyas en una maleta. Quiere esconderla en el falso hueco de la escalera. "España se irá a pique, pero mis joyas no las tocan", dice alterada. No sé si puedo con la presión. Tomo una decisión drástica: me bebo un copazo de Soberano con cuatro lexatines. Bajo a la manifestación. Me siento muy bien. Empieza a llover a cántaros. Veo todo a cámara lenta. La gente se apelotona por las esquinas. El ruido de las sirenas se funde con el de las cacerolas. Me quedo petrificado bajo el aguacero. Oigo gritos contra la policía. Tengo una iluminación. Creo que así no tumbaremos al Gobierno. ¿Qué somos? ¿Alta burguesía o animales? Vuelvo a casa en trance melancólico. Le digo a mi mujer que vuelva a poner las joyas en su sitio. Me meto en la cama. Noto cierto alivio interior. Igual la revolución no es para mí. ¡Orden! ¡Lo que necesito es que vuelva el orden! Los paseos por Serrano, los largos en la piscina del Club de Campo, la Liga de fútbol, la partidita de los viernes, el cochinillo en el reservado. Que todo cambie, pero que todo siga igual. No es mucho pedir, señor Sánchez. Me siento en paz con el mundo. Duermo a pierna suelta por primera vez en un mes.

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