Zapatero visita al Rey al estilo Aznar
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Matías Vallés

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Zapatero visita al Rey al estilo Aznar

Misil Obama ha imprimido carácter. Su visita exprés a Marivent, en la que la sesión fotográfica duró más que la comida, fue imitada ayer mismo por

Foto: Zapatero visita al Rey al estilo Aznar
Zapatero visita al Rey al estilo Aznar

Misil Obama ha imprimido carácter. Su visita exprés a Marivent, en la que la sesión fotográfica duró más que la comida, fue imitada ayer mismo por Zapatero, que apenas si tuvo tiempo de desembarcar antes de emprender de nuevo el vuelo. Imprimió al encuentro una velocidad lindante con la precipitación, y que recuerda los acelerados despachos con el Rey de su antecesor. Para acentuar la sensación de urgencia, Aznar acostumbraba a utilizar el helipuerto que brinda el complejo de Marivent, y que el pasado domingo ya sirvió a los Reyes para desplazarse a una fiesta de la familia March en el otro extremo de la isla.

El último presidente del Gobierno del PP -tranquilos, habrá más, aunque no Rajoy- se lanzaba del helicóptero prácticamente en vuelo, saludaba al Jefe del Estado a la distancia suficiente para que quedara constancia de la ausencia total de empatía entre ambos, despachaba sumariamente y desaparecía raudo hacia sus chalets de Porcelanosa.

Los tiempos han cambiado, y las denominadas 'photo op' y la diplomacia de puente aéreo o 'shuttle diplomacy' se enfrentan hoy a consideraciones de eficiencia. Ayer relatábamos el daño que la escapada española había infligido a la imagen de Misil Obama en Estados Unidos. Del mismo modo, una llamada telefónica o una videoconferencia en condiciones hubiera suplido el alambicado ceremonial del encuentro de Estado. El único rastro de la cumbre fue la rueda de prensa de Zapatero con los periodistas.

La ‘buena salud’ del Monarca

Este año sorprende la insistencia de todos los visitantes de Marivent en resaltar la buena salud que rebosa Juan Carlos de Borbón, como si fuera obligatorio disolver las dudas al respecto. A diferencia de la gélida relación con Aznar, el Rey favorece al actual presidente del Gobierno con su aprecio, véase el manto protector que tendió sobre la negociación con ETA.

El jefe del Estado ha desarrollado un elaborado protocolo salutatorio, para graduar cuidadosamente el afecto hacia su interlocutor. El saludo a la distancia del brazo, el apretón de manos atrayendo a la otra persona hacia sí, el contacto del segundo brazo con el cuerpo, el semiabrazo y, en el extremo de la sintonía, el abrazo del oso que le sirve al monarca para distinguir a sus súbditos más amados. Zapatero cotiza alto en esta escala, como se advertirá en propiedad cuando abandone La Moncloa.

La parquedad de ayer no sólo se explica por la existencia de un despacho previo la semana pasada, sino también porque los jefes de Estado y de Gobierno no atraviesan su mejor momento. En estos encuentros se mantiene la ficción -aventada por los periodistas– de que ambos gobernantes abordan todos los asuntos que no pueden solucionar, y que la agenda se vacía de las cuestiones que pertenecen a su esfera íntima.

Las ‘no vacaciones’ de Zapatero

Se necesita muy buena voluntad para aceptar que la última querella con Marruecos ocupó más espacio, en la languidez a treinta grados del verano mallorquín, que las disputas familiares de los socialistas madrileños y de los allegados del monarca. Ningún observador atento encajará que el Rey no solicitara una detallada información sobre la rebelión de Tomás Gómez, dada la acentuada sensibilidad de los reyes hacia los doses de mayo. Es probable que la rueda de prensa se aleje más de la realidad que el imaginario intercambio:

–Si vieras a mi Gómez.

–Pues si tú tuvieras que sufrir a mi Ortiz.

Y así sucesivamente. De hecho, el presidente del Gobierno se mostró cortante y secante al referirse a las primarias madrileñas que ganará Gómez o Jiménez, pero que Rodríguez sólo puede perder. Al igual que ocurre con las reuniones sobre el cambio climático, la única conclusión de un despacho en Marivent es la fecha del siguiente. Será el 27 de agosto. Zapatero sucumbe de nuevo a la tentación de unas largas vacaciones, probablemente una de sus medidas más sabias para arrancar al país de la crisis.