Ese periodismo obsceno y vomitivo

La historia era demasiado bonita como para dejarla escapar: una familia de cuatro miembros, padre y madre y dos hijas de 14 y 13 años, el

La historia era demasiado bonita como para dejarla escapar: una familia de cuatro miembros, padre y madre y dos hijas de 14 y 13 años, el padre fontanero en paro, desahuciados de su domicilio en el que viven como okupas, sin ayudas, sin calor en el hogar, sin otra comida que llevarse a la boca que la obtenida tras una intensa búsqueda en los cubos de basura y en contenedores de las trastiendas de los supermercados… Era fácil imaginárselos, con aspecto de pordioseros hurgando entre la basura y gritando “¡Eureka!” tras encontrar un muslo de pollo carcomido…

¿Qué más podían esperar las redes sociales y los programas de televisión? La muerte de tres de los cuatro miembros de esa familia, presuntamente por intoxicación de un alimento en mal estado recogido en un contenedor, tenía todos los ingredientes necesarios para aliñar una historia sobre la crueldad de las crisis y las consecuencias de los recortes sociales y, de paso, echarle la culpa al Gobierno y poner los tres muertos encima de la mesa del Consejo de Ministros. Desde luego, si esas muertes, en lugar de un ayuntamiento socialista de una comunidad autónoma socialista, se hubieran producido en un consistorio y en una comunidad gobernadas por el PP, entonces ya tendríamos organizada otra marea pictórica y a toda la izquierda pancartera en la calle pidiendo la dimisión inmediata del Gobierno en pleno.

Cuando la investigación nos desvela hechos que ya no son noticia, el asunto deja de interesar a los próceres de la prensa, que lo mandan de la portada a la última página de sucesosPero hemos corrido demasiado. Y no es la primera vez. No sé si es fruto de la crisis de la prensa o es que ya hemos perdido por completo cualquier resquicio de moralidad, pero parece que cualquier cosa vale para construir un titular a cuatro columnas y descargar toda la carnaza de la miseria humana sin pararse ni un segundo a pensar en las consecuencias. Yo no soy culé, pero me repugna ver un titular a todo lo ancho de la pantalla de mi ordenador que prácticamente da por hecho que el padre de Leo Messi es un narcotraficante de la peor calaña y que luego desaparezca cuando las cosas parece que son de otra manera y ni siquiera salga algún responsable de ese medio a pedir disculpas, no ya a Messi y a su familia, sino a los lectores a los que se ha engañado.

Parece que todo da igual, y cuando la investigación de lo ocurrido en Alcalá de Guadaíra nos desvela hechos que ya no son noticia –la familia comía productos comprados en las tiendas, no buscaba la comida en la basura, tenía una renta de inserción y, sí, tenía problemas muy importantes pero no eran indigentes–, el asunto deja de interesar a los próceres de la prensa, que lo mandan de la portada a la última página de sucesos sin dar explicación alguna a los miles de lectores que se creyeron el docudrama de los buscadores de comida-basura.

¡Qué fácil es hurgar en las entrañas de la miseria humana, y qué difícil reparar el daño causado al hacerlo! ¿Recuerdan lo que pasó con el crimen de la niña Asunta? ¿Cómo se llegó a poner bajo sospecha incluso la muerte de sus abuelos? ¿Cómo se dijo que era la única heredera de su fortuna? ¿Cómo se insinuó que la niña sabía que la estaban envenenando…? Y eso me lleva a otra pregunta: ¿cuándo se nos olvidó que la razón última de esta profesión hermosa era contar la verdad?

Dos Palabras
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