El divorcio del PP y la conspiración del 11-M

Cuando el 31 de octubre de 2007 el magistrado Javier Gómez Bermúdez dictó la sentencia del juicio sobre los atentados del 11 de marzo de 2004

Cuando el 31 de octubre de 2007 el magistrado Javier Gómez Bermúdez dictó la sentencia del juicio sobre los atentados del 11 de marzo de 2004, ocurridos en un tren de cercanías en Madrid en los que murieron 192 personas, en la planta séptima de Génova 13, sede del Partido Popular, hubo una persona que respiró profundamente con una inmensa sensación de alivio.

Se trataba del presidente del partido, Mariano Rajoy, para quien los años transcurridos entre la comisión del atentado y el juicio celebrado en la Audiencia Nacional habían sido un auténtico calvario, obligado por las circunstancias –y por la enorme presión del entorno de un Partido Popular todavía secuestrado por la presencia omnipotente de José María Aznar– a tragar con aquello que se llamó Teoría de la Conspiración y que, desde las elecciones de marzo de 2004 y hasta ese octubre de 2007, condicionó la labor de oposición del PP.

“Todavía recuerdo cómo desde el diario El Mundo se nos dictaban las preguntas, a veces en número considerable, que a continuación acudíamos como corderitos a registrar en el Congreso de los Diputados. Había que escuchar todas las mañanas la tertulia que dirigía Jiménez Losantos y en la que participaba Pedrojota y, a partir de ahí, construir un argumentario a sabiendas de que todo aquello era una locura y de que, por mucho que algunos se empeñaran, nunca se iba a poder demostrar que el 11-M fuera el resultado de una conjura entre ETA y el PSOE para echar a Aznar del poder”, cuenta alguien que entonces –y ahora– estaba muy cerca de Mariano Rajoy.

Un Mariano Rajoy que aquel 31 de octubre de 2007 obligó a su partido a dar un giro de 180 grados aceptando y respaldando la sentencia del juez Bermúdez y dando la espalda a los conspiradores. Los movimientos de distanciamiento habían empezado antes, pero fue ese el punto de inflexión, y fue también el momento en el que Rajoy se ganó una serie de enemigos que intentarían pasarle factura tan sólo unos meses después cuando en marzo de 2008 pierde las elecciones y, entonces sí, se produce la otra conspiración entre todos aquellos que habían estado buscando el rédito político y económico de mantener viva la llama de la cuestión a la verdad oficial para apearle de la primera línea de mando en el PP.

Rajoy siempre fue consciente de que la estrategia era peligrosa, y por eso es difícil encontrar de aquella época alguna declaración suya o una intervención parlamentaria referida al 11-M en la línea de Zaplana o Acebes

Pero la verdad oficial era la única verdad posible, no había otra: “El atentado lo cometió una célula islamista, y el problema es que nosotros lo supimos desde el primer momento”, me recuerda esta misma fuente. En efecto, aquella mañana del 11 de marzo de 2004, cuando las primeras informaciones ya hacían prever la magnitud del atentado, llamé a una fuente de información del Ministerio del Interior muy puesta en terrorismo islamista que no dudó en asegurarme que se trataba de eso, de un atentado yihadista probablemente ordenado por Al Qaeda. De hecho, El Confidencial fue entonces, si no me equivoco, el primer medio de comunicación que esa misma mañana señalaba la autoría islamista del atentado.

“Pero entonces algunas fuentes policiales dudaron y en Moncloa se pusieron sobre la mesa las dos alternativas: si era un atentado islamista, perdíamos las elecciones, pero si era ETA, las ganábamos de calle”, añade esta fuente. Ese fue el gran error de entonces: “Aznar se negó a compartir con el resto de la oposición la estrategia a seguir tras el atentado porque creía que si asumía él solo toda la responsabilidad el PP tendría mayoría absoluta, y entonces las encuestas estaban muy ajustadas… Se obsesionó, hasta el extremo de que cuando ya era evidente que el atentado no era de ETA, él seguía manteniendo lo contrario”.

El PP no fue el único que hizo una lectura y un aprovechamiento electoralista del atentado. También la efectuó Ferraz, que acabó convocando manifestaciones a las puertas de las sedes del PP. Nadie olvida a Rubalcaba y aquel “España se merece un Gobierno que no nos mienta” de la noche electoral. Pasó lo que pasó, pero la herida abierta en la sociedad española fue brutal, hasta el extremo de partirla en dos y acabar etiquetando a las víctimas de derechas o de izquierdas según fueran de ETA o del 11-M.

“Rajoy siempre fue consciente de que esa estrategia era muy peligrosa –añade esta fuente–, y por eso es difícil encontrar de aquella época alguna declaración suya o una intervención parlamentaria referida al 11-M en la línea que, sin embargo, seguían su portavoz parlamentario, Eduardo Zaplana, y su secretario general, Ángel Acebes, que además había sido el ministro del Interior cuando los atentados”. Pero no podía evitar que la estrategia dirigida por Aznar condicionara al PP, porque la suya era una situación de extrema debilidad.

No hay nada más vil que hacer negocio con el dolor, y entre pinos y peones hubo unos cuantos que se forraron a cuenta de las lágrimas ajenas

“Diez años después hemos aprendido de los errores, lo cual no quiere decir que no vuelvan a cometerse, y lo estamos viendo ahora en relación con la política antiterrorista del Gobierno y las discrepancias con los sectores más a la derecha del partido, pero va a ser difícil que vuelva a darse una situación de confrontación tan dura entre los dos partidos mayoritarios en relación al terrorismo”.

La verdad es que se ha tardado diez años en pasar la página de la confrontación y llegar a la de la reconciliación, y para ello ha tenido que dejar su puesto el director del diario que más abiertamente había dado la batalla por seguir manteniendo, todavía en los últimos tiempos, la duda sobre la autoría de los atentados, y llegar otro director valiente que ha dicho “hasta aquí hemos llegado”.

La Teoría de la Conspiración ya sólo es el recurso agónico de una serie de personajes que hicieron su agosto a cuenta del sufrimiento de miles de personas. No hay nada más vil que hacer negocio con el dolor, y entre pinos y peones hubo unos cuantos que se forraron a cuenta de las lágrimas ajenas, pero aunque al principio consiguieron engañar a muchos –yo entre ellos–, pronto fue evidente el interés lucrativo de una minoría que, sin embargo, hizo un daño terrible a la convivencia.

¿Se acabó? “Sí, aunque en su fuero interno sigue habiendo unos pocos en el PP, entre ellos el propio Aznar, que mantienen viva la convicción de que el atentado se preparó contra ellos, pero por eso precisamente es necesario que le quede claro a la sociedad española que aquel PP ya no está, ya no es el que dirige los destinos del país, y que este PP se parece mucho más a una sociedad que nunca quiso poner otro color político al terrorismo, sea de ETA o sea el que sea, que el del dolor y el acompañamiento de las víctimas”.

 

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