Y si Aznar le gana las elecciones a Artur Mas... ¿qué?

¿Qué pasará si Aznar, o sea, todos los demás, suman más que la lista de Mas aun añadiendo a la CUP? ¿Cómo se va a gestionar, y quién, la frustración a la que conducirá la 'no independencia' de Cataluña?

Foto: El expresidente del Gobierno español, José María Aznar. (EFE)
El expresidente del Gobierno español, José María Aznar. (EFE)

Corría el año 1996 cuando el Partido Popular (antes Alianza Popular) conseguía el objetivo de ganar sus primeras elecciones generales. Lo hacía de la mano de un José María Aznar que después de una tensa relación con su propio partido y con la sociedad lograba un respaldo suficiente aunque no mayoritario para gobernar. Aquello le obligó a buscar apoyos, y lo hizo en las filas del nacionalismo moderado. Rodrigo Rato, hoy denostado por muchas cuestiones, fue el en cargado de negociar los acuerdos que dieron lugar a un pacto de investidura con el apoyo de CiU y del PNV. Era la época en la que Arzalluz iba a Moncloa y decía que Aznar era el hombre más sincero que había visto en su vida, y en la que el propio Aznar reconocía que hablaba catalán en la intimidad para agradar los oídos de Jordi Pujol.

El PP entonces, como antes hiciera el PSOE de Felipe González, miró para otro lado en lo que a los temas de corrupción se refiere y Pujol siguió engordando sus cuentas y las de su partido con el 3% que ya sería el 5%. Pero todo era en beneficio de la gobernabilidad del Estado y de la estabilidad política. Objetivos que se llevaron por delante a Alejo Vidal Quadras y que favorecieron uno de los periodos de mayor acumulación de transferencias -Sanidad, Educación- a Cataluña, incluida la aprobación de una Ley de Normalización Lingüística que tiene mucho que ver con el ostracismo del castellano en los colegios catalanes. Pero todo fuera por la gobernabilidad y la estabilidad.

Una de las premisas consustanciales al radicalismo en este país parece ser la de situar a Aznar en el centro de la diana como culpable de todos los males

Es verdad que en esa época, gracias a esa gobernabilidad y estabilidad, a los españoles nos fue muy bien, ganamos riqueza y empleo y entramos en el euro cuando unos años antes nadie creía que pudiéramos hacerlo. Después vino la mayoría absoluta del PP, pero incluso entonces CiU siguió apoyando al Gobierno de la Nación en cuantas leyes era necesario y, sobre todo, en los Presupuestos anuales salvo los del último año que era electoral. Después de todo eso perdió el PP las elecciones y Zapatero gobernó dos legislaturas. Luego vino Rajoy, y en el año 2012 un hijo político de Pujol, Artur Mas, arrebataba al tripartito de izquierdas la Generalitat para devolverla a manos de CiU, y no le hacía ascos -ya que no tenía mayoría absoluta- a gobernar con la complacencia de un PP que le prestaba sus 19 escaños para sacar adelante sus cuentas, y casi sus cuentos.

Ese mismo Artur Mas es el que ahora nos ha condenado -y, sobre todo, ha condenado al pueblo de Cataluña- a una ensoñación imposible que inevitablemente ha radicalizado los discursos como ocurre cada vez que desde el nacionalismo se deja de apelar a la razón y se apela a los sentimientos. Y una de las premisas consustanciales al radicalismo en este país parece ser la de situar a Aznar en el centro de la diana como culpable de todos los males que nos, perdón, que les aquejan. Así, el mismo Aznar que pactó con CiU, que gobernó gracias a CiU, que transfirió competencias a Cataluña y que les permitió crecer como nacionalidad histórica más de lo que ningún otro gobierno había hecho antes, resulta que hoy es la encarnación del diablo centralista, la extrema derecha en estado puro según la expresión de Artur Mas que califica de aznarista a todo el que, directamente, no sea independentista.

Todo el que no es independentista, forma parte de la extrema derecha de Aznar, del mismo de cuya mano ha ido cogido el nacionalismo catalán durante años

En su delirio, ha comparado con Aznar al mismísimo Pablo Iglesias, que a su vez en su radicalidad también tiene a Aznar como su bestia negra. Es recurrente en los radicalismos, sobre todos en los radicalismos totalitarios, la búsqueda de enemigos sobre los que descargar su sinrazón, y si el enemigo puede tener nombre y apellidos, mejor que mejor. Así, todo el que no es independentista, forma parte de la extrema derecha de Aznar, del mismo Aznar de cuya mano ha ido cogido el nacionalismo catalán durante tantos años.

La deriva en la que se han metido Artur Mas y su lista de Junts pel Sí ha tomado tintes patéticos intentando negar las evidencias que sitúan a Cataluña fuera de todos los organismos internacionales si se produce unilateralmente la independencia. Pero el problema es que resulta muy difícil convencer desde la razón a quienes se escudan en la sinrazón de los sentimientos. Cuando se gobierna desde las emociones, o se pretende alcanzar objetivos utilizándolas y manipulándolas, se acaba en el totalitarismo, y ese es el camino que lleva recorrido ya en buena parte Artur Mas.

Por eso todos los demás son Aznar. Pero, ¿qué pasará si Aznar, o sea, todos los demás, suman más que la lista de Artur Mas aun añadiendo a la extrema izquierda de la CUP? ¿Cómo se va a gestionar, y quién va a gestionar, la frustración a la que conducirá la 'no independencia' de Cataluña? Será entonces cuando el aznarismo -o sea, todos los demás- haga lo que siempre ha hecho, que no es otra cosa que sentarse a hablar para buscar soluciones a un problema creado por un solo hombre con una visión mesiánica de su papel en la historia. Con minúsculas.

Dos Palabras
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