Dolor, rabia, indignación

Lo malo o bueno de esta profesión es que conoces a mucha gente y con el tiempo te acabas llevando muchas sorpresas, algunas buenas, otras regulares, y, por desgracia, más de una desagradable

Foto: Agentes de la Guardia Civil registran los despachos del grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Valencia. (EFE)
Agentes de la Guardia Civil registran los despachos del grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Valencia. (EFE)

Trabajé, como casi todo el mundo sabe, durante unos años como director de Comunicación del PP valenciano -la campaña de las elecciones de 1996 que llevaron al PP al poder- y después en una consejería, la de Economía, hasta que volví a Madrid. En ese tiempo, casi cuatro años, pude conocer allí a mucha gente y hacer, también, buenas amistades. Conocí, cómo no, a Alfonso Rus, entonces solo alcalde de Xàtiva, un personaje singular que se movía en un Ferrari y que tenía -y tiene- una mujer de lo más pintoresca y que a todo el mundo llamaba la atención por lo extravagante de su aspecto. Rus parecía un buen tipo, uno de esos políticos pegados al terreno, a los que saluda todo el mundo y vota hasta el más comunista. Porque en el fondo era un populista que sabía ganarse el favor de la gente.

Conocí a un joven David Serra, que no recuerdo si todavía entonces dirigía las Nuevas Generaciones del PP valenciano, pero que ya apuntaba alto de la mano de Eduardo Zaplana. Conocí, cómo no, a Máximo Caturla, que empezó su carrera en la Generalitat en la misma consejería en la que yo trabajaba, y entonces era un 'chiquet' que prometía, y en aquella época nos hicimos bastante amigos. Conocí a María José Alcón y a buena parte de los que ahora están imputados y detenidos por esta nueva operación contra la corrupción en la Comunidad Valenciana.

Como conocí, también, y en algunos casos llegué a tener una buena relación, a algunos de los imputados en el caso Gürtel. Lo malo, o lo bueno, según se mire, de esta profesión nuestra, es que conoces a mucha gente y con el paso del tiempo te acabas llevando muchas sorpresas, algunas buenas, otras regulares, y, por desgracia, más de una desagradable. Para mí, la corrupción es uno de los delitos más reprobables que puede cometer el ser humano, por su profundísima inmoralidad, porque hay que ser verdaderamente un canalla para aprovecharse de una situación de poder en beneficio propio y en perjuicio de las personas de bien. Y si eso lo hace alguien que conoces, se te revuelven las entrañas. Por eso, lo que sentí el martes, cuando las noticias de las detenciones y del alcance de la red criminal inundaban las noticias digitales, fue dolor, fue rabia, fue indignación.

Hay que ser un canalla para aprovecharse de una situación de poder en beneficio propio. Y si eso lo hace alguien que conoces, se te revuelven las entrañas

Fue, perdónenme la expresión, un cabreo de narices. Tengo que darle toda la razón a la líder de Compromís, Mónica Oltra, cuando horas después de conocerse los hechos afirmaba que el PP estaba inhabilitado para gobernar. Al menos allí, sí. Y por mucho tiempo. No deja de ser curioso cómo se repiten determinados comportamientos: mientras la Justicia investigaba la red Gürtel, en Madrid crecía al amparo de esa aparente impunidad que ofrecía el despiste una red de extorsión, llamada Púnica por la policía, organizada y dirigida por el exsecretario general del PP madrileño y exnúmero dos de Esperanza Aguirre Francisco Granados, hoy en prisión, y ojalá sea así por mucho tiempo.

Del mismo modo, y amparados en la misma aparente impunidad, en la Comunidad Valenciana se montaba otra red de extorsión empresarial bajo las órdenes de Rus y que implicaba a numerosos cargos del PP en la región. Madrid y Valencia, siempre unidas por el mismo pecado original de la corrupción, ambas de la mano a la hora de estafar, engañar y perjudicar a los ciudadanos y al interés general. Qué injusto, qué tremendamente injusto para toda esa gente de bien que trabaja para el PP en Valencia, en Castellón, en Alicante, en Madrid, mientras los próceres del partido se forraban a expensas de los ciudadanos, y al mismo tiempo que mucha gente sufría los efectos de la crisis.

Madrid y Valencia, siempre unidas por el pecado de la corrupción, de la mano a la hora de estafar, engañar y perjudicar a los ciudadanos y al interés general

Pero ¿cómo puede pretender el PP que no haya gente que quiera votar, con los ojos cerrados, a quienes prometen acabar con tanto ladrón? ¿Qué han hecho ellos durante todo este tiempo? ¿Dónde estaban los actuales dirigentes del PP valenciano mientras sus colegas se lo llevaban crudo? ¿Por qué no dimite ya, pero ya, hoy mismo, sin esperar un día más, toda la dirección del PP en aquella comunidad y se van a la puta calle, a su casa, a donde sea pero lo más lejos posible? No se puede hacer tanto daño a un partido y quedarse de brazos cruzados, porque luego no podrá sorprender a nadie que haya quien les escupa en la cara cuando salgan a la calle, porque de eso es de lo que entran ganas.

En las pasadas elecciones generales, el PP valenciano tuvo la oportunidad de dar pasos en la dirección de la renovación. En lugar de eso, el partido que dirige Isabel Bonig volvió a meter en las listas a los mismos chupatintas de siempre. ¿Qué hace Rajoy? ¿A qué espera para dar un puñetazo en la mesa y decir “basta ya, hasta aquí hemos llegado”? ¿Es que nadie en el PP se da cuenta del inmenso daño que hace todo esto, no ya al partido, que sería lo de menos, si no al país? ¿Cuánto va a tardar en proponer una gestora en Valencia, y otra en Madrid, que corrija de una maldita vez todos los errores que se han cometido y ponga el contador del partido a cero en ambas comunidades? Si no lo hace, no estará legitimado para seguir gobernando, y seguirá dando argumentos a quienes no quieren sentarse a hablar con él porque, al menos en apariencia, habrá mirado para otro lado.

Dos Palabras
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