El ejemplo de UCD en el que nadie del PP quiere fijarse, y es un error

El problema para el PP es que los pensionistas son su nicho de mercado. Ha perdido el apoyo de los jóvenes y de los hombres y mujeres entre 35 y 50 años

Foto: Mariano Rajoy en un acto en Zaragoza. (EFE)
Mariano Rajoy en un acto en Zaragoza. (EFE)

El jueves por la mañana un destacado miembro del Consejo de Ministros se mostraba especialmente dolido por el hecho de que miles de pensionistas hubieran conseguido llevar su protesta contra el Gobierno hasta las mismas puertas del Palacio de la Carrera de San Jerónimo. No entendía por qué. Si había algo, según su versión, que había hecho este Gobierno era descongelar la revalorización de las pensiones y subirlas un 0,25%. Bien, vale, no es mucho, ya lo sabemos, pero el Gobierno se siente satisfecho por haber podido conseguir subir las pensiones y cree —lo cree, no es broma— que los pensionistas deberían estar agradecidos, no sé si eternamente como en la canción de Rosendo, pero casi.

El viernes en rueda de prensa, Mariano Rajoy pidió a los demás partidos que no hicieran política con las pensiones y vino a decir algo así como que es imposible subir las pensiones lo que a algunos les gustaría porque volveríamos a entrar en una crisis como la que ya hemos pasado. O sea, mejor no tocar el asunto. Pero, mientras tanto, la realidad es que en términos de poder adquisitivo nuestros pensionistas no hacen más que perder recursos y parece bastante lógica su protesta. Yo no tengo la solución, ni tengo por qué tenerla. Lo que me preocupa es que tampoco la tenga el Gobierno y fíe toda su política a la esperanza de una recuperación económica sostenida en el tiempo.

La realidad es que en términos de poder adquisitivo nuestros pensionistas no hacen más que perder recursos y parece bastante lógica su protesta

El problema para el PP es que su nicho de mercado, dicho en términos economicistas, ha envejecido considerablemente. Ha perdido el apoyo de los jóvenes —que votan a Podemos— y de los hombres y mujeres entre 35 y 50 años que votan mayoritariamente a Ciudadanos, y se ha quedado con el voto de los mayores de 50 —y cada vez menos— y los jubilados. ¿Qué puede ocurrir si también pierde a estos últimos? Desde que las encuestas empezaran a decir que la brecha electoral entre el PP y Ciudadanos se estrecha alarmantemente para los populares, los nervios se han instalado en la sede central de este partido. Allí son plenamente conscientes de lo que está pasando.

No ocurre lo mismo en el Gobierno, que vive inmerso en una especie de autocomplacencia colectiva motivada por los buenos resultados de las distinta estadísticas macroeconómicas. Y han perdido, por completo, el contacto con la realidad. La mayoría de los pensionistas viven con menos de lo que deberían tener para vivir y, de alguna manera, se ha vulnerado su derecho adquirido de una pensión digna para la vejez. Y es lógico que protesten, como es lógico que los jóvenes protesten porque el mercado laboral al que tienen acceso es precario y con sueldos de miseria, o lo hagan las clases medias a las que el Gobierno ha exprimido a impuestos durante estos años y a las que ahora les cuesta dios y ayuda poder llegar a fin de mes.

Concentración de pensionistas en Bilbao. (EFE)
Concentración de pensionistas en Bilbao. (EFE)

Añadan a eso el irritante goteo diario de casos de corrupción y la flagrante dejación de funciones que ha conducido al conflicto catalán, y ya tienen los condimentos para el caldo de la debacle. Hasta hace un par de años, sin embargo, todo eso daba igual porque la única alternativa al PP era el PSOE y difícilmente se iba a producir un trasvase de votos que fuera más allá de la inclinación de la balanza a uno u otro lado para favorecer la alternancia en el poder. Ahora, sin embargo, existe la posibilidad de elegir. Y ese es el gran peligro al que se enfrenta el Partido Popular, aunque sus dirigentes no quieran verlo: la desaparición por sustitución. Ellos dicen que no, que es imposible que un partido como el PP, con la estructura que tiene el PP y la presencia en los diferentes ámbitos de poder, no puede desaparecer.

Pero lo cierto es que es algo que puede ocurrir. Ya le pasó a la UCD, y tampoco entonces sus dirigentes se lo creían. Tenemos ejemplos recientes en Europa —en Grecia, en Francia, en Italia— de como los partidos tradicionales incapaces de aceptar los cambios sociales que se estaban produciendo han acabado sucumbiendo a manos de los emergentes… ¿Por qué no va a pasar aquí, donde además siempre llegamos tarde a todos los cambios, pero con más intensidad si cabe que en el resto de nuestro entorno? No verlo, o no querer verlo es, probablemente, la primera aproximación a que se cumpla.

Dos Palabras
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