José María Lassalle prepara en la Casa de Campo su carrera como ministro

Madrid, Casa de Campo, ocho de la mañana. El calor todavía no ha despertado a las chicharras, que apuran el fresco arrinconadas en lo alto de

Madrid, Casa de Campo, ocho de la mañana. El calor todavía no ha despertado a las chicharras, que apuran el fresco arrinconadas en lo alto de los pinos. El rocío ha dejado en las profundidades del parque un profundo olor a heno húmedo y los caminos esperan a sus primeros visitantes. Al fondo se descubre una mancha roja que avanza sin descanso y a marcha alegre. Bordea los límites del pulmón de la ciudad, ha superado las cuestas del Teleférico y ahora somete su pulso descabalgado a un tramo rompepiernas mítico entre los corredores que devoran kilómetros en la zona.

Pantalón corto ancho negro -no rocky, ni malla- , camiseta roja, gafas y auriculares. Al borde de los cincuenta años, José María Lassalle trabaja en silencio su carrera. Madruga y sube al metro que le lleva hasta una de las dos paradas que abren sus puertas en el oasis madrileño. A esas horas encuentra los detritos de los últimos excesos nocturnos que han acudido a saciarse al refugio de la oscuridad. Cada mañana, antes de su jornada, antes de comenzar su agenda, se calza las zapatillas y remata algo más de una hora de carrera a pie.

Quizá una de sus mayores virtudes como político sea su naturalidad y una amabilidad que ha tenido que encararse con el enojo de los profesionales de la cultura en alguna que otra ocasión. Quizás la más tensa fuera con el público que atendía su conferencia en el Museo Reina Sofía, con motivo del foro de industrias culturales, organizado por Fundación Alternativas y Fundación Santillana.

Aquel día arrancó la ira del respetable, que se movilizó a la espera de una fecha para la puesta en marcha de la Ley de Mecenazgo y se encontró con una cita de Thomas Mann, otra de Walter Benjamin, es posible que algo de Diderot, y una frase que fue como un jarro de gasolina sobre una fogata: “Es una lucha lenta que implica un cambio de cosmovisión”. Al borde de los dos años desde que anunciara que iba a acabar con el antiguo modelo de financiación cultural, la industria cultural sigue esperando el nuevo, ese que debe acabar con “el monopolio que tiene el Estado sobre la política cultural y con él el control de los gobernantes sobre las artes”.

Lassalle es un político con fuerza de voluntad, un verso libre irredento que prepara su próximo asalto a la cartera ministerial que le birlaron en el último momento y fue a parar a su antítesis, a su némesis, a Wert. Nuestro corredor matutino y maratoniano es doctor en Derecho y profesor de Filosofía del Derecho, dedica tanto tiempo a leer como a hacer deporte, pero no es el ministro de Educación, Cultura y Deporte. Y, en unos días, padre.

Sí, reúne todas las condiciones para lucir cargo ministerial. Pero algo falla para que su presidente no reconociera en su día la labor de guerrilla que dio desde el banquillo de la oposición, y los aprietos en los que puso a César Antonio Molina y Ángeles González Sinde. Algo falta, algo sobra. Es el único político que lee y hace deporte, un bicho raro. Un mal ejemplo… para la clase política. Su equipo reproductor atado en funda al brazo izquierdo le anima la carrera. Habrá que adivinar: un motete renacentista del gran polifonista andaluz Cristóbal de Morales o euforia atleta con Lady Gaga y Lana del Rey. Lo que necesita es el grito “¡Vincerò!”, del aria "Nessun Dorma" de Turandot. Esta ópera acaba como Rocky: Lassalle corre, sube las escaleras, llega arriba, levanta los brazos y suena a todo trapo Puccini. “¡Vinceròooo!”.

El Confidente